domingo, 10 de marzo de 2019

Soliloquio del individuo

Yo soy el Individuo.
Primero viví en una roca
(Allí grabé algunas figuras).
Luego busqué un lugar más apropiado.
Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos,
Buscar peces, pájaros, buscar leña,
(Ya me preocuparía de los demás asuntos).
Hacer una fogata,
Leña, leña, dónde encontrar un poco de leña,
Algo de leña para hacer una fogata,
Yo soy el Individuo.
Al mismo tiempo me pregunté,
Fui a un abismo lleno de aire;
Me respondió una voz:
Yo soy el Individuo.
Después traté de cambiarme a otra roca,
Allí también grabé figuras,
Grabé un río, búfalos,
Grabé una serpiente
Yo soy el Individuo.
Pero no. Me aburrí de las cosas que hacía,
El fuego me molestaba,
Quería ver más,
Yo soy el Individuo.
Bajé a un valle regado por un río,
Allí encontré lo que necesitaba,
Encontré un pueblo salvaje,
Una tribu,
Yo soy el Individuo.
Vi que allí se hacían algunas cosas,
Figuras grababan en las rocas,
Hacían fuego, ¡también hacían fuego!
Yo soy el Individuo.
Me preguntaron que de dónde venía.
Contesté que sí, que no tenía planes determinados,
Contesté que no, que de allí en adelante.
Bien.
Tomé entonces un trozo de piedra que encontré en un río
Y empecé a trabajar con ella,
Empecé a pulirla,
De ella hice una parte de mi propia vida.
Pero esto es demasiado largo.
Corté unos árboles para navegar,
Buscaba peces,
Buscaba diferentes cosas,
(Yo soy el Individuo).
Hasta que me empecé a aburrir nuevamente.
Las tempestades aburren,
Los truenos, los relámpagos,
Yo soy el Individuo.
Bien. Me puse a pensar un poco,
Preguntas estúpidas se me venían a la cabeza.
Falsos problemas.
Entonces empecé a vagar por unos bosques.
Llegué a un árbol y a otro árbol;
Llegué a una fuente,
A una fosa en que se veían algunas ratas:
Aquí vengo yo, dije entonces,
¿Habéis visto por aquí una tribu,
Un pueblo salvaje que hace fuego?
De este modo me desplacé hacia el oeste
Acompañado por otros seres,
O más bien solo.
Para ver hay que creer, me decían,
Yo soy el Individuo.
Formas veía en la obscuridad,
Nubes tal vez,
Tal vez veía nubes, veía relámpagos,
A todo esto habían pasado ya varios días,
Yo me sentía morir;
Inventé unas máquinas,
Construí relojes,
Armas, vehículos,
Yo soy el Individuo.
Apenas tenía tiempo para enterrar a mis muertos,
Apenas tenía tiempo para sembrar,
Yo soy el Individuo.
Años más tarde concebí unas cosas,
Unas formas,
Crucé las fronteras
y permanecí fijo en una especie de nicho,
En una barca que navegó cuarenta días,
Cuarenta noches,
Yo soy el Individuo.
Luego vinieron unas sequías,
Vinieron unas guerras,
Tipos de color entraron al valle,
Pero yo debía seguir adelante,
Debía producir.
Produje ciencia, verdades inmutables,
Produje tanagras,
Di a luz libros de miles de páginas,
Se me hinchó la cara,
Construí un fonógrafo,
La máquina de coser,
Empezaron a aparecer los primeros automóviles,
Yo soy el Individuo.
Alguien segregaba planetas,
¡Árboles segregaba!
Pero yo segregaba herramientas,
Muebles, útiles de escritorio,
Yo soy el Individuo.
Se construyeron también ciudades,
Rutas
Instituciones religiosas pasaron de moda,
Buscaban dicha, buscaban felicidad,
Yo soy el Individuo.
Después me dediqué mejor a viajar,
A practicar, a practicar idiomas,
Idiomas,
Yo soy el Individuo.
Miré por una cerradura,
Sí, miré, qué digo, miré,
Para salir de la duda miré,
Detrás de unas cortinas,
Yo soy el Individuo.
Bien.
Mejor es tal vez que vuelva a ese valle,
A esa roca que me sirvió de hogar,
Y empiece a grabar de nuevo,
De atrás para adelante grabar
El mundo al revés.
Pero no: la vida no tiene sentido.
 
De Poemas y antipoemas (Santiago, Nascimento,1954) 
Recuperado de: https://www.nicanorparra.uchile.cl/antologia/poemasyantipoemas/soliloquio.html

sábado, 9 de marzo de 2019

¿Dónde está el presente?

Lo que menos parece ser, es el presente. A veces se dice que hay que vivir el presente. Y es un consejo razonable. Pero ¿Dónde está el presente? ¿Y cómo puede vivirse en el presente? Se dirá: viva el día presente. Pero el día presente se puede dividir en 12 horas que ya fueron (o sea, pasadas) y 12 horas que aún no han sido (es decir, futuras). ¿Dónde puedo vivir ahora, entonces? ¿En la hora presente? Pero también ella puede dividirse en treinta minutos pasados y treinta minutos futuros. Y si se me pide que viva el minuto o el segundo presente, pasará exactamente lo mismo. ¿Dónde está, entonces, el presente? Está entre el pasado y el futuro, uniéndolos, y eso que ahí está - el límite - y no está ahí en ningún momento, sino que su "ser" es exactamente "dejar de ser".

Jorge Rivera (filósofo chileno) en Bentué A. (2003) "Muerte y búsquedas de inmortalidad" Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago.



jueves, 21 de febrero de 2019

El peligro de una moral autoritaria

Hoy no basta ya la repetición de unas normas, por muy verdaderas que sean, sino se indican al mismo tiempo los valores que encierran. La imposición autoritaria de unas obligaciones éticas sólo sirve para mantener una sumisión infantilizada en aquellos que no aspiran a vivir de una manera adulta. Toda persona tiene derecho a saber el por qué de lo mandado como imperativo moral, y esa pregunta no es siempre fruto de rebeldía o de falta de docilidad, aunque a veces se proponga en ese clima, sino una manifestación de la madurez humana y evangélica. El esfuerzo por encontrar la respuesta adecuada es la tarea de una ética actual, y no la mera repetición de lo que siempre se ha dicho. Si esa respuesta no existe, o no sabemos darla, de poco servirá la propuesta que se ofrece.

A nadie se le puede obligar a aceptar una norma obligada sin un convencimiento interno de que así debe actuar para su propio bien y para agradar a Dios, en el caso de los creyentes. Es el mayor desafío que se plantea a los educadores del mundo actual: saber dar razón y justificar aquellos valores que ofrezcan. Si hay que estar "dispuestos siempre a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicación" (1 Pe 3,15), con mayor motivo aún tenemos que estar preparados para justificar una determinada conducta que, si es válida y buena para la persona, no puede serlo simplemente por el hecho de estar mandada.

Eduardo López Azpitarte (2001). "Simbolismo de la sexualidad humana". Sal Terrae: Santander
Pág. 17

domingo, 6 de enero de 2019

Lenguaje, chismorreo, ficción y colaboración

Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70.000 años les permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podrían expandirse en cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más estrecha y refinada.

La teoría del chismorreo puede parecer una broma, pero hay numerosos estudios que la respaldan. Incluso hoy en día la inmensa mayoría de la comunicación humana (ya sea en forma de mensaje de correo electrónico, de llamadas telefónicas, o de columnas de periódicos) es chismorreo. Es algo que nos resulta tan natural que parece como si nuestro lenguaje hubiera evolucionado para este único propósito. ¿Acaso el lector cree que los profesores de historia charlan sobre las razones de la Primera Guerra Mundial cuando se reúnen para almorzar, o que los físicos nucleares pasan las pausas para el café de los congresos científicos hablando de los quarks? A veces. Pero, con más frecuencia, hablan de la profesora que pilló a su marido mientras la engañaba, o de los rumores según los cuales un colega utilizó fondos de investigación para comprarse un Lexus. El chismorreo se suele centrar en fechorías. Los chismosos son el cuarto poder original, periodistas que informan a la sociedad de esta manera la protegen de tramposos y gorrones.

Lo más probable, es que tanto la teoría del chismorreo como la teoría de "hay un león junto al río" sean válidas. Pero la característica realmente única de nuestro lenguaje no es la capacidad de transmitir información sobre los hombres y los leones. Más bien es la capacidad de transmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto. Hasta donde sabemos, solo los sapiens pueden hablar acerca de tipos enteros de entidades que nunca han visto, ni tocado ni olido.

Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución cognitiva. Muchos animales y especies humanas podían decir previamente "¡Cuidado! ¡Un león!". Gracias a la revolución cognitiva, Homo Sapiens adquirió la capacidad de decir: "El león es el guardián de nuestra tribu" Esta capacidad de hablar sobre ficciones es la característica más singular del lenguaje de los sapiens.

(...) Pero la ficción nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino que hacerlo colectivamente.

Yuval Noah Harari (2018), "De animales a dioses"