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lunes, 24 de febrero de 2020

Chernóbil y la puesta en tela de juicio de la visión del mundo

Yo soy testigo de Cherbóbil..., el acontecimiento más importante del siglo xx, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. Han pasado veinte años de la catástrofe, pero hasta hoy me persigue la misma pregunta: ¿de qué dar testimonio? ¿del pasado, o del futuro? Es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror.

Pero yo miro a Chernóbil como al inicio de una nueva historia, Chernóbil no solo significa conocimiento, sino también preconocimiento, porque se el hombre se ha puesto en cuestión con su anterior concepción de sí mismo y del mundo. Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción de tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?
(...)

Chernóbil es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del sigo xxi. Un reto para nuestro tiempo. Ha quedado claro que además de los desafíos comunista y nacionalista y de los nuevos retos religiosos entre los que vivimos y sobrevivimos, en adelante nos esperan otros más, más salvajes y totales, pero que aún siguen ocultos ante nuestros ojos. Y, sin embargo, después de Chernóbil, algo se ha vislumbrado.

La noche del 26 de abril... Durante aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no solo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación. Se ha roto el hilo del tiempo. De pronto el pasado se ha visto impotente; no encontramos en él en qué apoyarnos; en el archivo omnisciente (al menos así nos lo parecía) de la humanidad no se han hallado las claves para abrir esta puerta.
(...)

Entre el momento en que se produjo la catástrofe y cuando se empezó a hablar de ella se produjo una pausa. Un momento para la mudez. Y lo recuerdan todos. Allá por las altas esferas de tomaban decisiones, se confeccionaban instrucciones secretas, se mandaba que levantan vuelo los helicópteros, o que se trasladaran por las carreteras enormes cantidades de transportes, abajo se esperaba recibir información y se pasaba miedo, se vivía a base de rumores, pero todos guardaban silencio sobre lo principal: ¿qué es lo que realmente había sucedido? No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar, así es como podemos definir hoy nuestro estado entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos, aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía. Estábamos ante el efecto de una conmoción (...).

Ante Chernóbil todo el mundo se ponía a filosofar. Las personas se convertían en filósofos. Los templos se llenaron de nuevo. Se llenaron de creyentes y de gente que hasta el día anterior era atea. Gente que buscaba respuestas que no les podían dar ni la física ni las matemáticas. El mundo tridimensional se abrió y dejé de encontrarme con valentones que se atrevieran a jurar sobre la biblia del materialismo.

De pronto, se encendió cegadora la eternidad. Callaron los filósofos y los escritores, expulsados de sus habituales canales de la cultura y la tradición. Durante aquellos primeros días, con quien resultaba más interesante hablar no era con los científicos, los funcionarios o los militares de muchas estrellas, sino con los viejos campesinos. Gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo. Y su conciencia no se destruyó.
(...)

Todo lo que conocemos de los horrores y temores tiene más que ver con la guerra. El gulag estalinista y Auschwitz son recientes adquisiciones del mal. La historia siempre ha sido un relato de guerras y de caudillos; y la guerra constituía, digamos, la medida del horror. Por eso, la gente confunde los conceptos de guerra y catástrofe. En Chernóbil se diría que están presentes todos los rasgos de la guerra: muchos soldados, evacuación, hogares abandonados... Se ha destruido el curso de la vida. Las informaciones sobre Chernóbil están plagadas de términos bélicos: átomo, explosión, héroes... Y esta circunstancia dificulta la comprensión de que nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes... Pero el hombre no quiere pensar en esto, porque nunca se ha parado a pensar en esto, se esconde tras aquello que le resulta conocido. Tras el pasado. Hasta los monumentos a los héroes de Chernóbil parecen militares.

En mi primer viaje a la zona, los huertos se cubrían de flores, brillaba alegre al sol la hierba joven. Cantaban los pájaros. Era un mundo tan familiar..., tan conocido. La primera idea que te asaltaba era que todo estaba en su lugar, como siempre. La misma tierra, el mismo agua, los mismos árboles... En ellos, tanto las formas como los colores, así como los olores, son eternos, y nadie será capaz de cambiarlos, ni siquiera un poco. Pero ya el primer día me explicaron que no hay que arrancar las flores de la tierra, que es mejor no sentarse en el pasto, como tampoco hay que beber agua de los manantiales. Al atardecer, vi como los pastores querían dirigir hacia el río al cansado rebaño, pero las vacas se acercaban al agua y, al instante, daban media vuelta. De algún modo intuían el peligro. Y los gatos, me contaban, dejaron de comer los ratones muertos de los que estaba lleno el campo y los patios. La muerte se escondía en todas partes, pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso.

El hombre se vió sorprendido y no estaba preparado para esto. No estaba preparado como especia biológica, pues no le funcionaba todo su instrumental natural, los sensores diseñados para ver, oír, palpar... los sentidos ya no servían para nada: los ojos, los oídos y los dedos ya no servían, no podían servir, por cuanto que la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorpórea. Nos hemos pasado la vida preparándonos para la guerra, tantas cosas que sabemos de ella, ¡y de pronto esto!. Ha cambiado la imagen del enemigo. Nos ha salido un nuevo enemigo... enemigos. Mataba la hierba segada. Los peces pesados en el río, la caza de los bosques... las manzanas... el mundo que nos rodeaba, antes amoldable y amistoso, ahora infundía pavor. La gente mayor, cuando se marchaba evacuada y aún sin saber que era para siempre, miraba el cielo y se decía: "Brilla el sol. No se ve humo, ni gases. No se oyen disparos. ¿Qué tiene esto de guerra? En cambio, nos vemos obligados a convertirnos en refugiados". Un mundo conocido, convertido en desconocido.

¿Cómo comprender dónde nos encontramos? ¿Qué nos está pasando? Aquí. Ahora. No hay a quién preguntar.

En la zona y su alrededor, asombraba la enorme cantidad de maquinaria militar. Los soldados marchando en formación con sus armas recién estrenadas. Con todo el armamento reglamentario completo. No sé por qué razón no se me quedaron grabados los helicópteros ni los blindados, sino solo esos fusiles. Las armas. Hombres armados en la zona de Chernóbil. ¿A quién iban a disparar o contra qué defenderse? ¿De la física? ¿De las invisibles partículas? ¿Ametrallar la tierra contamina o los árboles? (...)

Asistí a cómo el hombre anterior a Chernóbil se convirtió en el hombre post Chernóbil.

Más de una vez - y aquí hay que pararse a pensar - me han llegado opiniones según las cuales el comportamiento de los bomberos de la primera noche apagaron el incendio de la central atómica, así como el de los liquidadores, recordaba al de los suicidas. Un suicidio colectivo. Los liquidadores trabajaban a menudo sin los uniformes especiales de protección, se dirigían sin protestar allí donde morían los robots, se les ocultaba la verdad sobre las altas dosis recibidas, y ellos se resignaban a aquello, y luego se alegraban al recibir los diplomas y medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte. Y a muchos ni siquiera llegaron a tiempo de entregárselos.

Así pues, ¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviética? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa. ¿Quién puede imaginarse aunque sea por un segundo el panorama si hubieran explotado los tres reactores restantes?

Son unos héroes. Héroes de la nueva historia. Se los compara con los héroes de las batallas de Stalingrado o de Waterloo, pero ellos han salvado algo más importante que su patria, han salvado la vida misma. El tiempo de vida. El tiempo vivo. Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros seres vivos. Animales y plantas.

Cuando fui a verlos... Y cuando escuchaba sus relatos sobre cómo se dedicaban (¡los primeros y por primera vez!) a una nueva tarea, humana e inhumana a la vez, que era la de enterrar la tierra en la tierra, la de enterrar en búnkeres de hormigón especiales las capas contaminadas junto con todos sus habitantes: escarabajos, arañas, crisálidas... Los más diversos insectos cuyos nombres incluso desconocían. O no recordaban.

Estos hombres tenían una idea completamente distinta de la muerte, y esta idea se extendía a todo: desde el ave a la mariposa, su mundo ya era otro mundo; un mundo con un nuevo derecho a la vida,  con un nuevo sentido de la responsabilidad y un nuevo sentimiento de culpa.
(...)

El tiempo se había mordido la cola. El principio y el fin se habían unido. Para aquellos que estuvieron allí, Chernóbil no terminaba en Chernóbil. Y estos hombres no regresaron de una guerra... sino se diría que regresaron de otro planeta. Yo comprendí que de manera completamente consciente aquellos hombres convertían sus sufrimientos en un nuevo conocimiento. Nos lo regalaban diciéndonos: habrán de hacer alguna cosa con este conocimiento y emplearlo de algún modo.

Los héroes de Chernóbil tiene un monumento. Es el sarcófago y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del sigo XX.

En la tierra de Chernóbil, uno siente lástima del hombre. Pero más pena dan los animales. Y no he dicho una cosa por otra. Ahora lo aclaro... ¿Qué es lo que quedaban en la zona muerta cuando se marchaban los hombres? Las viejas tumbas y las fosas biológicas, los así llamados cementerios para animales. El hombre solo se salvaba a sí mismo, traicionando al resto de los seres vivos.

Después de que las poblaciones abandonaran el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiro a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanos..., también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.

Hubo un tiempo en que los indios de México e incluso los hombres de la Rusia precristiana pedían perdón a los animales y a las aves que debían sacrificar para alimentarse. Y en el Antiguo Egipto, el animar tenía derecho a quejarse del hombre. En uno de los papiros conservados en una pirámide se puede leer: "No se ha encontrado queja alguna del toro contra N". Antes de partir hacia el reino de los muertos, los egipcios leían una oración que decía: "No he ofendido a animal alguno. Y no le he privado ni de grano ni de hierba".

¿Qué nos ha dado la experiencia de Chernóbil? ¿Ha dirigido nuestra mirada hacia el misterioso y callado mundo de los "otros"?

En una ocasión vi como soldados entraron en una aldea de la que se habían marchado sus habitantes y se pusieron a disparar. Gritos impotentes de los animales... Gritaban en sus diferentes lenguas. Sobre este hecho ya se ha escrito en el Nuevo Testamento: Jesús llegó al Templo de Jerusalén y vio allí a unos animales dispuestos para el sacrificio ritual: con los cuellos cortados y desangrándose. Entonces Jesús gritó: "Habéis convertido la casa de oraciones en una cueva de ladrones". Podía haber añadido "en un matadero". Para mí, las centenares de "biofosas" abandonadas en la zona representan aquellos mismos túmulos funerarios de la Antigüedad. Pero ¿dedicados a qué dioses? ¿Al dios de la ciencia y el saber, o al dios del fuego? En este sentido, Chernóbil ha ido más que Aushwitz y Kolimá. Más allá del Holocausto. Nos propone un punto final. Se apoya en la nada.

Veo el mundo de mi entorno con otros ojos. Una pequeña hormiga se arrastra por el suelo y ahora me resulta más cercana. Un ave surca el cielo y me resulta más próxima. Se ha reducido la distancia entre ellos y yo. No existe el abismo de antes. Todo es vida.

También se me grabaron cosas como ésta. Me contaba un viejo apicultor (y más tarde lo escuché de otra gente): "Salí por la mañana al jardín y noté que faltaba algo, cierto sonido familiar. No había ni una abeja. ¡No se oía a ni una abeja! ¡Ni una! ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Tampoco el segundo día levantaron el vuelo. Ni al tercero. Luego nos informaron de que en la central nuclear se había producido una avería, y la central está aquí al lado. Pero durante mucho tiempo no supimos nada. Las abejas se habían dado cuenta, pero nosotros no. Ahora, si noto algo raro, me fijaré en ellas. En ellas está la vida".

Otro ejemplo. Entablé conversación junto al río con unos pescadores y estos me contaron:
"Nosotros esperábamos que nos explicaran la cosa por la televisión. Que nos dijeran cómo salvarnos. En cambio, las lombrices... Las lombrices más comunes se enterraron muy hondo en la tierra, se fueron a medio metro y hasta a un metro de profundidad. En cambio, nosotros no entendíamos nada. Cavábamos y cavábamos. Y no encontramos ni una lombriz para pescar".

¿Quién es el primero, quién está más sólida y más eternamente ligado a la tierra, nosotros o ellos? Lo que tendríamos que hacer en aprender de ellos cómo sobrevivir. Y cómo vivir.

Han confluido dos catástrofes. Una social: ante nuestros ojos se derrumbó la Unión Soviética, se sumergió en las aguas el gigantesco continente socialista, y otra cósmica: Chernóbil. Dos explosiones globales. Y la primera resulta más cercana, más comprensible. La gente está preocupada por el día a día y por su vida cotidiana: ¿Con qué comprar? ¿a dónde marcharse? ¿bajo qué banderas avanzar de nuevo? ¿o hay que aprender a vivir por uno mismo, vivir cada uno su propia vida? Esto último lo ignoramos, no lo sabemos hacer. Es algo que experimentamos todos y cada uno. En cambio, Chernóbil es algo que querríamos olvidarnos, porque ante él nuestra conciencia se capitula. Es una catástrofe de la conciencia. Es el mundo de nuestras convicciones y valores ha saltado por los aires. Si hubiéramos vencido a Chernóbil, lo habríamos entendido hasta el final y habríamos escrito más sobre él. En cambio, seguimos viviendo en un mundo cuando nuestra conciencia habita en otro. La realidad resbala sobre nosotros y no tiene cabida en el hombre.
(...)

Un ejemplo. Hasta hoy empleamos los viejos términos de "lejos-cerca", "nuestros-extraños"... Pero, ¿qué quiere decir "lejos" o "cerca" después de Chernóbil, cuando ya al cuarto día sus nubes sobrevolaban África y China? La Tierra ha resultado ser tan pequeña. Ya no es la Tierra que conoció Colón. Es limitada. Ahora se nos ha formado una nueva sensación de espacio. Vivimos en un espacio arruinado.

Más aún. En los últimos años, el hombre vive cada vez más, pero, de todos modos, la vida humana sigue siendo minúscula e insignificante comprada con la de los radionúclidos instalados en nuestra Tierra. Muchos de ellos vivirán milenios. ¡Imposible asomarnos a esa lejanía! Ante este fenómeno experimentas una nueva sensación del tiempo. Y todo esto es Chernóbil. Sus huellas. Lo mismo ocurre con nuestros conocimientos. El pasado se ha visto impotente ante Chernóbil; lo único que se ha salvado de nuestro saber es la sabiduría de que no sabemos. Se está produciendo una perestroika, una reestructuración de los sentimientos.

Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a la mujer acerca de su marido moribundo: "¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido, sino un elemento que hay que desactivar". ¡Ante esto, hasta Shakespeare se queda mudo! Como el gran Dante. Acercarse o no, ésta es la cuestión. Besar o no besar. Una de mis heroínas (embarazada en ese mismo momento) se acercaba y besaba a su marido, y no lo abandonó hasta que le llegó la muerte. El precio que pagó por su acto fue perder la salud y la vida de su hija. Pero ¿cómo elegir entre el amor y la muerte? ¿entre el pasado y el ignorado presente? ¿y quién se creerá con el derecho a echar en cara a otras esposas y madres que no se quedaran junto a sus maridos e hijos? Junto a esos elementos radioactivos. En su mundo se vio alterado incluso el amor. Hasta la muerte.

Ha cambiado todo. Todo menos nosotros.

La zona... es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. Primero se la inventaron lo escritores de ciencia ficción, pero la literatura cedió su lugar ante la realidad. Ahora no podemos creer, como los personajes de Chéjov, que dentro de cien años el mundo será maravilloso, ¡la vida será maravillosa!. Hemos perdido ese futuro. En esos cien años ha pasado el gulag de Stalin, Auschwitz,... Chernóbil... El 11 de septiembre en Nueva York... Es inconcebible cómo se ha dispuesto esta suceción de hechos, cómo ha cabido en la vida de una generación, en sus proporciones. En la vida de mi padre, por ejemplo, que tiene ahora ochenta y tres años. ¡Y el hombre ha sobrevivido!

Un destino construye la vida de un hombre, la historia está formado por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de una manera que no pierdan los destinos de los hombres... ni de un solo hombre.

Svetlana Alexiévich (1997). "Entrevista de la autora consigo misma..." en VOCES DE CHERNÓBIL.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Amistad como ideal de amor sin posesión

Sin duda, existe en uno y otro lugar de la tierra una especia de continuación del amor, en la que aquel codicioso anhelo de dos personas entre sí ha cedido a un nuevo deseo y codicia, a una sed común más alta por un ideal que se encuentra por encima de ellos: ¿pero quién conoce ese amor? ¿quién lo ha vivido? Su nombre correcto es amistad.

Fiedrich Nietzsche. La gaya ciencia (1882).

jueves, 24 de octubre de 2019

¿En qué ayudo?

- ¿En qué ayudo? Pregunta quién quiere ayudar porque no es el responsable.
- ¿Qué hago? Pregunta el que se sabe responsable.

Daniel Harper

lunes, 3 de junio de 2019

Verificación y autentificación del amor: noviazgo y enamoramiento

Saber si dos personas se quieren no es fácil, sobre todo en sus comienzos y en una etapa de maduración. decir a dos enamorados que lo que sienten, a o mejor, no es cariño auténtico es una verdad de la que solo se van a dar cuenta más adelante, cuando hayan descubierto lo que es amar en serio o cuando se hayan alejado el uno del otro. La experiencia demuestra lo fugaz y quebradizo de muchos enamoramientos que se consideraban poco menos que indestructibles. El mundo afectivo es demasiado intenso para no sentirse muchas veces engañado. La razón de estas decepciones radica en que se confunde la experiencia afectiva de la persona enamorada con el amor verdadero. Ya G. Marañón afirmaba que el enamoramiento es uno de los estadios más idiotas por los que atraviesa la humanidad. Cualquier persona qu se haya enamorado por primera vez siente que no hay vivencia más bella y encantadora. Es como introducirse en un mundo inédito, cargado de sorpresas, que ilumina toda la existencia con una luz suave y apacible, si que ninguna sombra oculte el espléndido paisaje. Pero es un amor todavía demasiado embrionario y sietemesino, como le sucede a cualquier nacimiento prematuro.

Ortega y Gasset, en sus Estudios sobre el amor, analiza muy bien los mecanismos psicológicos que intervienen en este proceso. Frente a los sujetos que nos rodean, sin que ninguno de ellos tenga un relieve especial, de pronto uno sobresale con tal fuerza que en él queda centrada la atención, permaneciendo los demás en la periferia. Existe sólo un punto de interés, y cualquier ausencia se vive como un vacío insoportable. El alma del enamorado, dice él mismo, huele a cuarto cerrado, porque todo gira en torno al amante, sin apertura hacia el exterior, como si ninguna otra cosa tuviera importancia. Hasta que, ante otra experiencia semejante, se cae en la cuenta de que la realidad es mucho más amplia y oxigenada. Por eso define el enamoramiento como una especie de imbecilidad transitoria. Es un preámbulo del amor, pero nunca puede confundirse con éste.

El noviazgo debería ser pues, una etapa educativa y pedagógica hacia la maduración de ese amor, y debería servir, al mismo tiempo, como prueba para la verificación de su autenticidad. Para la futura felicidad del matrimonio es absolutamente necesario que las personas se demuestren, en la práctica, que la recíproca llamada sexual, la necesidad de poseerse mutuamente, queda subordinada y transida por la presencia del cariño. Hay que determinar con los hechos, y no sólo con las palabras, que en la base de todo está presente el amor, que no puede apoyarse en las simples emociones placenteras. En esta situación primeriza, no hay todavía posibilidad de discernir si el cariño verdadero está presente en esas relaciones.

Esta misma etapa ya es un momento difícil para cumplir con esa tarea, pues se vive de ordinario con el deseo de conseguir una conquista, de obtener una seducción. Para ello la imagen del propio yo, sin malicia e inconscientemente, se ofrece adornada con un idealismo excesivo, que manifiesta más lo que uno quiere que lo que de hecho es. Se necesita honestidad y cierto tiempo para encontrarse con el tú real, con el que ha de compartir la i¡vida entera, y ver si es posible esa convivencia a todos los niveles.

Una relación sexual prematura en ese período de análisis y objetivación vendría a suponer un obstáculo mucho más fuerte. La gratificación obtenida, la urgencia de volver a experimentarla, el afecto y la cercanía que provoca, impulsan al convencimiento de una absoluta sintonía, cuando a lo mejor no existe más que una vinculación tenue y pasajera. No hace falta mucha experiencia para comprender que la mayoría de los fracasos posteriores se producen por haber llegado las personas al matrimonio si saber cuán superficial era su afecto. Ni siquiera, como a veces se dice, la relación sexual tendría un valor probatorio. Resulta imposible experimentar lo que significa ese gesto cuando no este todavía la comunidad de vida que lo lena de contenido. De la misma forma que el éxito o el fracaso de tal experiencia no prejuzga en nada la capacidad de ambos para la armonía futura y la superación de los conflictos.

Eduardo López Azpitarte (2001), "Simbolismo de la Sexualidad Humana"

domingo, 6 de enero de 2019

Lenguaje, chismorreo, ficción y colaboración

Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70.000 años les permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podrían expandirse en cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más estrecha y refinada.

La teoría del chismorreo puede parecer una broma, pero hay numerosos estudios que la respaldan. Incluso hoy en día la inmensa mayoría de la comunicación humana (ya sea en forma de mensaje de correo electrónico, de llamadas telefónicas, o de columnas de periódicos) es chismorreo. Es algo que nos resulta tan natural que parece como si nuestro lenguaje hubiera evolucionado para este único propósito. ¿Acaso el lector cree que los profesores de historia charlan sobre las razones de la Primera Guerra Mundial cuando se reúnen para almorzar, o que los físicos nucleares pasan las pausas para el café de los congresos científicos hablando de los quarks? A veces. Pero, con más frecuencia, hablan de la profesora que pilló a su marido mientras la engañaba, o de los rumores según los cuales un colega utilizó fondos de investigación para comprarse un Lexus. El chismorreo se suele centrar en fechorías. Los chismosos son el cuarto poder original, periodistas que informan a la sociedad de esta manera la protegen de tramposos y gorrones.

Lo más probable, es que tanto la teoría del chismorreo como la teoría de "hay un león junto al río" sean válidas. Pero la característica realmente única de nuestro lenguaje no es la capacidad de transmitir información sobre los hombres y los leones. Más bien es la capacidad de transmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto. Hasta donde sabemos, solo los sapiens pueden hablar acerca de tipos enteros de entidades que nunca han visto, ni tocado ni olido.

Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución cognitiva. Muchos animales y especies humanas podían decir previamente "¡Cuidado! ¡Un león!". Gracias a la revolución cognitiva, Homo Sapiens adquirió la capacidad de decir: "El león es el guardián de nuestra tribu" Esta capacidad de hablar sobre ficciones es la característica más singular del lenguaje de los sapiens.

(...) Pero la ficción nos ha permitido no solo imaginar cosas, sino que hacerlo colectivamente.

Yuval Noah Harari (2018), "De animales a dioses"


sábado, 31 de marzo de 2018

viernes, 23 de febrero de 2018

La raíz última de la violencia: la hipótesis del deseo mimético y el chivo expiatorio

El formulador de esta interpretación es René Girard (1923 - ) profesor de Letras, antropólogo y filósofo francés que vive en los Estados Unidos. Analizando grandes obras literarias y mitos transculturales, observó el mecanismo siguiente: en la raíz de todo está la estructura del deseo humano, cosa que siempre vieron los pensadores y los grandes maestros (Isaías, Aristóteles, Freud, los sabios budistas...). El deseo es la gran mola propulsora de las transformaciones y de la búsqueda de lo nuevo.

Pero con una particularidad - observa Girard - que ha escapado al análisis de corte privado y subjetivista: existe siempre el otro, el tercero, que, según Girard, funciona como rival. El rival desea lo mismo que el otro, no por azar ni por coincidencia, sino por una estructura de fondo, ligada al mismo deseo humano. Éste es tendencialmente infinito. No solo desea esto o aquello, sino la totalidad, todo. Es un proyecto abierto al infinito.

Por eso el ser humano no sabe concretamente lo que desea. ¿El ser, el todo, la parte? Aristóteles ya observaba que el objeto del deseo es el ápeiron, el todo indeterminado. Girard entra por esa puerta y dice: el deseo solamente se determina a partir del rival. Cada persona desea lo que su rival desea. El deseo deja de ser vago y adquiere configuración concreta. Por lo tanto, el deseo es esencialmente mimético (mímesis = imitación). El ser humano desea lo que el otro desea. Uno imita al otro.

El deseo mimético, por otra parte, genera conflicto, pues, los dos que desean el mismo objeto se convierten en rivales, queriendo cada uno tomar exclusivamente para sí el objeto y conseguir su deseo. Para eso cada uno se siente obligado a excluir al otro. El conflicto se agiganta cuando son grupos que desean colectivamente el mismo objeto, más crece la rivalidad entre ellos; y cuanto más aumenta el conflicto, más se agudiza la violencia.

El deseo mimético funciona como un feedback: yo imito a mi rival, mi rival me imita. El modelo se vuelve modelo de su modelo. Todo se vuelve recíproco. ¿Por qué esa reciprocidad?, se pregunta Girard. Y constata que dicha reciprocidad, para bien o para mal, nunca ha sido debidamente analizada por los antropólogos que se han ocupado de ella. A partir de ella surge la lógica siguiente: cuanto más se desea el mismo objeto, más se intenta imitar al otro y más se intenta destruir al otro o destruir el objeto deseado por el otro o por todos los otros.

El auge del mimetismo y, con el, el auge de la violencia, se alcanza cuando los rivales se unen y crean la unanimidad mimética. Todos se unen contra uno solo sobre el cual descargan su violencia. Los muchos tienen ante sí un único rival que hay que eliminar. Él será la víctima.

El deseo mimético es, pues, esencialmente victimario. Produce víctimas en todos los campos en los que se expresa el deseo humano de competencia.

El proceso victimario es extremadamente fecundo. Para Girard, la producción de la víctima funda la sociedad y la cultura. Veamos las razones de tan sorprendente afirmación.

Cuando todos (menos uno, convertido en víctima) se unen para descargar su violencia sobre la víctima, crean una comunidad. Cuando descargan toda la violencia sobre la víctima, sobreviene la paz y la armonía, como gracia alcanzada por la propia víctima que, con su muerte, produce tal beneficio. La víctima aparece como la causa del desorden (todos se unen para eliminarla) y al mismo tiempo como la causa del orden (porque, ahora, muerta, ya no amenaza a nadie y todos se apaciguaron al descargar su violencia contra ella).

Girard afirma que la creación de la víctima (el chivo expiatorio) funda la comunidad y la cultura. Todos se unen para castigar a la víctima. Por la siguiente razón: si la violencia fuera abandonada a sí misma, se crearía una interminable cadena de violencia y de venganza. Uno mataría a oro porque éste ha matado, y así indefinidamente, como se ve ya claramente en las tragedias griegas. Cuando se crea la víctima todos descargan su violencia en ella, pudiendo así establecer una comunidad sin violencia devoradora.

Los griegos llamaban phármakos (de donde viene la palabra farmacia, tienda de productos curativos y farmacéuticos) a las víctima humanas. Eran personas que la sociedad mantenía a expensas del erario público para ser sacrificadas en los momentos de crisis. Con tal motivo, se las llevaba por las calles, por todos los rincones de la ciudad, para absorber las impurezas del ambiente. Eran personas despreciables y respetables al mismo tiempo. Despreciables, porque incorporaban toda la perversidad de la comunidad. Respetables, porque mediante su sacrificio la comunidad se apaciguaba. Con su sacrificio, se producía un efecto "farmacéutico", es decir, curativo. Toda la hostilidad y la violencia latente de la ciudad quedaba drenada y calmada gracias a la víctima.

Inicialmente se sacrificaba un hijo, un deficiente físico, un prisionero, un esclavo, alguien de la familia humana. Después se sustituyó a la víctima humana por un animal que guardase cierta analogía con los humanos (un cordero o chivo expiatorio) sobre el que se pudiese descargar toda la venganza. La víctima tiene siempre una función vicaria: está en lugar de toda la comunidad que, al descargar sobre ella su violencia, alcanza la paz y la concordia social.

En el proceso civilizatorio se trató de sustituir la víctima por la ley. No basta sacrificar de vez en cuando; el proceso del deseo mimético siempre está activo. Entonces surge la ley, que crea la norma y la prohibición, rompiendo así la cadena de violencia y de venganza. La ley cumple la función de orden social. La comunidad en vez de matar personas (víctimas), les aplica la ley y las penas de la ley. Con eso la sociedad se calma, como en otros tiempos, cuando mataba de verdad. Ahora mata simbólicamente, imponiendo penas, aislando a las personas en cárceles y, en casos límites, condenándolas legalmente a la muerte.

En este paso del sacrificio a la ley se crea, según Girard, el rito. Mediante éste se recuerda y se celebra el beneficio que la víctima ha producido con su muerte, es decir, la paz, el apaciguamiento y la cohesión de la comunidad. Finalmente, se elabora el mito, que es la narración plástica y dramática de todo este proceso ritualizado.

Ley, rito y mito son, según Girard, la base de toda cultura y las instituciones que se derivan de ellas. Esas tres pilastras buscan cerrar la boca de la víctima; están construidas por los que sacrifican a la víctima y la mantienen como víctima.

Hoy en día no hacemos sacrificios como antes, pero creamos también víctimas mediante mecanismos sacrificialistas que son, tal vez, más perversos. Como tesis general debemos decir: donde hay instituciones vuelve a brotar la violencia. Las instituciones son sistemas autorreguladores y sacrificiales. Castigan, excluyen e incluso eliminan a quienes no se ajustan a ellas. Concretizan leyes y normas estructuradas, poseen sus ritos y elaboran el mito que justifica su creación.

El sistema económico y el mercado son, en la actualidad, especialmente sacrificiales. Ya Adam Smith, padre de la economía política, decía: toda sociedad civilizada deja morir a los que no pueden garantizar su subsistencia. Quien está en el sistema, en el conjunto articulado de leyes, normas e instituciones, vive; quien no, es apartado y muere.

La armonía se basa en algo terrible: dejar morir a los que no componen la armonía. Entonces, el orden instituido produce desorden, pero vive como orden en la medida en que excluye a todos los que no son capaces de entrar y mantenerse en él. Esto es lo que sucede con el mercado autorregulador: quien es fuerte en el mercado, vive y progresa; quién es débil, es apartado, eliminado y excluido del mercado. Por lo tanto, cuando se celebra la capacidad autorreguladora del mercado, se está celebrando su sacrificialidad. El desempleo es necesario para salvar empresas. Mantener la plantilla, sin despedir empleados, es no ser sacrificialista. Pero tiene un precio: no ser eficaz, permanecer económicamente débil, perder frente a la competencia y autosacrificarse, muriendo empresarialmente.

De acuerdo a esta lógica, cobrar la deuda externa implica generar un genocidio inconsciente. Por tener que pagar la deuda externa, un gobierno se ve obligado a reducir las inversiones sociales - complementación nutricional en las escuelas, la salid pública, el saneamiento básico (inversiones sin retribución financiera, solamente social), la seguridad - lo que produce la muerte y la enfermedad de muchísimas personas, sobre todo de ancianos y de niños.

Los representantes financieros argumentan que sería irresponsable no cobrar la deuda externa porque hay contratos en juegos y existe una legislación internacional. En la esfera de los negocios, nadie regala nada a nadie; por tanto, cobrémosla. En otras palabras: sería irresponsable no querer el genocidio implícito. Permitámoslo. Los nazis argumentaban de la misma manera: es irresponsable no matar judíos. Existe una legislación sobre la pureza racial; por lo tanto, matémoslos. Es legal, pero ¿es justo?

Aquí aparece el mecanismo sacrificialista del sistema económico actual en su forma contemporánea, neoliberal y mundializada. Sacrifica más personas que las que sacrificaban los aztecas en las pirámides o los cananeos a su estatua de Moloc. Pero los agentes del mercado no quieren reconocerlo. Sin embargo, los niveles de miseria, de hambre y de exclusión de los países empobrecidos lo comprueban irrefutablemente, a través de los índices de los propios organismos del mercado, como el Banco Mundial y el FMI.

Cabría aquí una palabra sobre la necesidad de planificar el lado libre del mercado autorregulador. El mercado se autorregula a la costa de sacrificios crecientes. Es función del Estado, como gerente del bien común desde una perspectiva realista, planificar a fin de reducir esa voracidad a niveles soportables, especialmente en tres áreas: garantizando pleno empleo (tendencialmente) cuidando de la distribución de la renta y velando por la preservación de la naturaleza.

La esencia ética de la opción socialista reside en no entregar a los mecanismos autorreguladores del mercado la consecución de las metas sociales fundamentales. El socialismo pretende garantizar, de manera razonable, el principio de la destinación común de los bienes de la naturaleza e inclusive de los frutos del trabajo humano, para formar el bien común social y ecológico.

La teoría de Girard sobre el deseo mimético nos permite entender mejor los mecanismos de reproducción de la violencia. La violencia de los marginados y de los oprimidos es reflejo mimético de la violencia primera y modélica de las clases dominantes que impiden que se realice el deseo de las mayorías. Los oprimidos son violentos porque se encuentran, contra su voluntad, encuadrados en una sociedad violenta. Son las víctimas sobre las que la clase dominante descarga su violencia y elabora la paz entre los lobos.

La clase dominante (y lo es por utilizar la violencia de manera permanente) inventa continuamente chivos expiatorios. Tiene que inventarlos para esconder la propia violencia. Son los pobres, o los negros, o los sin-tierra, los marxistas, los subversivos, la Iglesia progresista, las izquierdas, los refractarios a la modernización neoliberal y la privatización. Excusándose en aniquilar a la víctima, puede descargar su violencia sobre ella, aplicarle las leyes, castigarla de mil formas, hasta con la exclusión sistemática del proceso de producción y de consumo, tal como ocurre actualmente a nivel mundial. Y lo que es peor: crea una interpretación ideológica sobre la situación de crisis permanente en Brasil, diciendo que es consecuencia de la esclavitud, del mestizaje, de nuestro sustrato latino-católico-medieval. Tales pretextos pretenden ocultar el hecho de que ella es la causante principal (no exclusiva) de la herencia de exclusión que estigmatiza históricamente nuestra realidad social.

Si miramos bien, los únicos que realmente trabajaron del sol a sol y construyeron casi todo lo que existe en este país fueron los negros, en sus días esclavizados. Hoy son difamados como perezosos, inútiles, refractarios a todo tipo de trabajo, pensando solo en carnaval y en samba. Esto es una profunda injusticia y una mentira histórica.Son los recursos miméticos de las clases dominantes que crean chivos expiatorios para enmascarar su propia violencia y ocultar su falta de solidaridad y de sentido de justicia histórica; con ellas se podrían reparar las maldades perpetradas contra los negros y los pobres en la historia de Brasil.

Por otro lado, las víctimas colectivas de la violencia no aceptan tal condena y tratan de defenderse dentro del férreo círculo de violencia, ahora de antiviolencia mimética. El círculo siempre se vuelve vicioso, sin posibilidades de ser virtuoso. Esto implicaría una revolución en las relaciones sociales, basadas ya no en el deseo mimético sino en el deseo comunitario y solidario.

No es fatal que el tercero, el rival que tambien desea, desee solo para sí, excluyendo al otro. Hay una actitud alternativa: construir solidaridad y comunión, con los otros deseantes, en torno al mismo objeto deseado por todos. Surgiría así otro tipo de sociedad, no violenta sino solidaria; no individualista sino comunional; no desgarrada sino integrada.

René Girard entrevé el fenómeno cristiano la superación de la práctica sacrificial. Jesús inaugura otro deseo mimético (desiderio desideravi... "deseo ardientemente comer esta Pascua con vosotros", del evangelio de Lucas 22,15), el de la donación y de la autoentrega. En lugar del sacrificio que elimina al oro, Jesús presenta el don de sí, libre, amante y total hasta el punto de autosacrificarse por él. Esta actitud, que rompe la violencia, inaugura una nueva comunión y una nueva comunidad humana, en la que la colaboración y el amor son la ley y la norma, donde la competitividad es solo en el sentido del mejor y más generoso al servicio de todo.

Leonardo Boff en La voz del arcoiris (2005)

miércoles, 21 de febrero de 2018

Violencia y raciocinio revolucionario

Hay un principio de pensamiento social construido a partir de la criminalidad social. Se descubre la sociedad de desiguales como causante de la pobreza y se usa la fuerza individual para compensar un interés particular. Es una visión individualista, por eso no es revolucionaria. En realidad, refuerza la visión conservadora porque si por una parte cuestiona la estructura social inicua - lo que es un problema político - no capta, por otra parte, que ésta debe ser cambiada colectivamente para impedir que se perpetúen la injusticia y la desigualdad. El individuo busca lo suyo mediante la violencia, como compensación, sin cambiar en nada al sistema. Un problema político exige una solución política y no meramente individualista.

Político sería organizar grupos para transformar tal sociedad mediante procesos de concienciación y de creación de "organizaciones orgánicas" con prácticas transformadoras, partiendo de un algunos líderes "marginales!, como ocurrió hace tiempo en la favela de la "Rocinha" de Río de Janeiro. Al ser detenidos en un enfrentamiento con la policía, declararon que las favelas necesitaban de un Lenin o un Che Guevara. En una palabra: de revolucionarios para instaurar una nueva sociedad sin favelas.

La burguesía y el Estado temen exactamente este tipo de raciocinio, pues éste sí es revolucionario y los amenaza como un todo. Mientras permanezca individualizada, la violencia no asusta. Al contrario, el Estado aplica tranquilamente sus leyes y castiga a los marginales mientras la burguesía se siente segura en su orden que, en realidad, es orden político-jurídico dentro de un gran desorden social del que ella es su causa principal.

A la burguesía le gusta dramatizar la violencia a través de los periódicos y de la televisión, mostrando el nivel de perversidad de los crímenes así como el número de víctimas. Consigue elevar la violencia urbana a nivel de problema nacional y, en cierta época, de seguridad nacional.

En realidad, si nos atenemos a los números, muere mucha más gente en accidentes de tráfico (cerca de 30.000 al año) en accidentes de trabajo y a consecuencia del hambre y de las enfermedades de hambre que víctima de asaltos. Pero esos números no amenazan a los detentores del sistema y al orden de los que beneficia. Esa realidad, violenta, que mata a cada minuto, no es dramatizada y por eso se hace socialmente soportable.

La violencia urbana se dramatiza para conseguir un efecto político: la persecución, la prisión y, eventualmente, la muerte de los criminales. De esta forma, la clase dominante consigue hacer olvidar que se asienta sobre una violencia originaria provocada por ella misma. De aquí la importancia de la vigilancia, del control y de la represión, con toda la parafernalia, sobre la poblaciones periféricas o marginales al sistema.

Leonardo Boff en La Voz del Arcoiris (2005)

viernes, 27 de enero de 2017

No están en tu contra


"No es que los demás estén siempre en contra de ti, es que en general están a favor de ellos".
Anónimo

Diálogo o Monólogo

"Muchas veces lo que llamamos diálogo no es más que el forcejeo entre dos monólogos".
A. Cortese

domingo, 9 de octubre de 2016

Todos podemos ser violentos

Las protestas públicas pacíficas han generado en Valparaíso la muerte dos personas desde el año pasado, destrozos en universidades y colegios, como el Internado Nacional Barros Arana, y, en la Iglesia de la Gratitud Nacional, se ha profanado la imagen de Cristo, el máximo símbolo de la paz y el amor en nuestro país. ¿Cómo pensarnos como sociedad si miramos estos hechos? La violencia es toda resolución, o intento de resolución, por medios no consensuados de una situación de conflicto entre partes enfrentadas, lo que comporta esencialmente una acción de imposición, que puede efectuarse, o no, con presencia manifiesta de fuerza física. Es siempre una consecuencia de un conflicto y un fenómeno relacional, solo definible en función de un conjunto de variables y circunstancias. Quien la ejerce traduce un trastorno en su naturaleza “conversante”, una deformación de la empatía que tendría que existir entre los pertenecientes al género humano. Esta puede ser modificada por ideologías o sistemas de creencias, puesto que permiten a quien abusa justificarse o mistificar el abuso de poder y la violencia sobre sus víctimas, o por un contexto que facilite la emergencia y permanencia de los dos sistemas mencionados. Si se ejerce violencia bajo el convencimiento de que se realiza legitimada en el bien del Otro, ello es un contrasentido, pues se ha perdido el respeto por el derecho de éste a desarrollarse en la mayor libertad posible vulnerando sus espacios.  Entonces, el contexto se constituye en imprevisible en sus efectos negativos. Es lo que ha ocurrido en las protestas públicas mencionadas.
No somos violentos por predisposición genética, porque el acto agresivo humano se enmarca en un nivel de complejidad distinta al del animal, donde la capacidad de actuar se genera tras la ponderación de distintas posibilidades y dominio de la presión de los impulsos biológicos. “La violencia no se da en el ser humano sino a condición de que pueda también darse”. Es decir, si bien existe en el hombre una tendencia a la agresividad, esta es solo la capacidad potencial de ejercer la violencia y para transitar de agresividad a violencia se precisa una construcción cultural que transforme al otro de sujeto (a quien se le respeta su derecho y capacidad de desarrollo autónomo como persona) a objeto (a quien se percibe solo en cuanto a que posee algo de lo que necesito apropiarme), es decir, construir una percepción del Otro que lo menoscabe como ser humano y lo sitúe como una cosa susceptible de ser violentada. Si se habla del comportamiento violento generado como una “elección”, el contexto de posibilidades es cultural.
Este condicionante de la violencia se forma gradualmente, en tiempos históricos. Por mencionar algunos aspectos, desde la niñez, instalada, por ejemplo, por la televisión que permea la interpretación del contexto instalando una imaginación posible funcional a ella; desde la adolescencia, cuando carece de parámetros educativos cívicos y culturales amplios, pues los padres renuncian a la riqueza de su privilegio formativo en su afán de producir para “vivir bien”, que no es el “buen vivir”, y los colegios deforman toda posibilidad de percepción comunitaria del Otro al adiestrar habilidades méramente profesionales; en la adultez, cuando escala la desconfianza en el Otro comunitario y democrático al percibir que las autoridades lesionan la confianza puesta en ellas al servirse a sí mismos del poder que poseen y no servir a los demás. Muchos de estos procesos no son percibidos en su extrema gravedad y se instalan como parámetros vivenciales de normalidad cotidiana, realizándose una inversión del sentido de integración social, constituyéndose la violencia  en estructural y, con ello, la vulneración del Otro percibido fuera del Nosotros. Doblar en segunda fila, “porque todos lo hacen”, gastar dineros públicos en provecho propio, “porque todos lo hacen”, son síntomas de una sociedad que, satisfecha de su individuación, ha perdido el cariño por sus semejantes.

La violencia se resuelve en tiempos históricos, en que los aspectos cognitivos negativos vinculados a la percepción del Otro se transforman, perdiendo su carga potencial de agresividad. Ello requiere una correlación adecuada entre la educación informal que se recibe en la familia, en el barrio, y la educación formal y el entorno, por ejemplo, el televificado e informatizado. Si éstos se construyen con el Otro, por el Otro y en el Otro, entonces se establece una comunidad en que las posibilidades de que se generen imposiciones de comportamientos no consensuados de unos sobre otros son menores. Generar un entorno cultural que disminuya la violencia es una tarea de todos. No es fácil. El Cardenal Silva Henríquez percibió claramente sus dificultades al expresar que en contextos de extrema tensión “Algunos sienten miedo; muchos sienten la paz amenazada”, pero, advertía, “No descarguemos toda la culpa en los profesionales de la violencia: nosotros también lo somos, en la medida en que dejamos que domine nuestro corazón la dinámica del egoísmo”. Cuidado. Por mucha ira que nos genere la violencia padecida, y sabiendo que comprender al violento no significa aceptar su proceder, no es la violencia el camino para lograr que transforme sus acciones.

Freddy Timmerman

miércoles, 18 de mayo de 2016

Lo que escucho cuando escucho

Cuando yo escucho, nunca escucho al otro sino que, lo que escucho es el cómo las palabras que el otro utiliza resuenan en mí.

sábado, 13 de febrero de 2016

El cuerpo y el espíritu en la sexualidad


De un espíritu si sexo hemos pasado a un sexo sin espíritu. La opción entre angelismo y zoología aparece como la única alternativa posible. 
(...)

[En un equilibrio] es cuando el cuerpo queda elevado a una categoría humana, henchido de un simbolismo impresionante, pues hace efectiva una relación personal, sostiene y condiciona la posibilidad de todo encuentro y comunicación. Cualquier expresión corporal aparece de repente iluminada cuando se hace lenguaje y palabra para la revelación de aquel mensaje que se quiere comunicar. Es la ventana por donde el espíritu se asoma hacia afuera, el sendero que utiliza cuando desea acercarse hasta las puertas de cualquier otro ser, la palabra que posibilita un encuentro. Su tarea no consiste principalmente en realizar unas funciones biológica, indispensables sin duda para la propia existencia, sino en servir, sobre todo, para cumplir con esta otra tarea: la de ser epifanía de nuestro interior persona, palabra y lenguaje que posibilita la comunión con los otros.
(...)

También el cuerpo, como hemos dicho, es lenguaje, epifanía, comunicación, el único sendero por el que podemos acercarnos a la otra persona y el único camino por el que ella puede responder a mi llamada. En este carácter mediático se encierra toda su riqueza. No es una simple realidad biológica, una manera fuente de placer, na imagen que admira y seduce, sino un símbolo que descubre al ser que lo habita y dignifica. El riesgo que existe es el de quedar seducidos por el encanto y la atracción que también nos brinda, sin llegar hasta el interior de la persona que con él se nos comunica y manifiesta. 

Cuando la atención se centra en lo simplemente biológico supone romper por completo su simbolismo, como el idólatra que convierte en dios a un pedazo de madera (...). Cuando el encuentro sexual, en este sentido, se reduce a la superficie, permanece cautivo de las manifestaciones más externas y secundarias o no termina, más allá de las apariencias, en el interior de la otra persona, la sexualidad humana ha muerto. Hemos matado lo único que la vivifica y se ha postergado a un nivel radicalmente distinto e inferior. En la novela "La condición humana", A. Mairaux pone en boca de una chica, cuando sufría la amenaza de la violación, una frase que nunca debería olvidarse en este campo: "Yo soy también el cuerpo que tú quieres que sea solamente". Y ya dijimos que, cuando del cuerpo se elimina el espíritu, solo resta un pedazo de carne.

Eduardo López Azpitarte en Amor, Sexualidad y Matrimonio. 

Instinto y moral


El animal que siguiera las leyes de sus instintos sería un animal perfecto, pero el hombre que respondiera de la misma forma a las exigencias instintivas de sus pulsiones, se convertiría en una auténtica bestia. 
Esta necesidad humana e irrenunciable de modelar nuestro comportamiento brota, por tanto de nuestras propias estructuras antropológicas. Estamos condenados, queramos o no, a ser éticos.

Eduardo López Azpitarte en Amor, Sexualidad y Matrimonio.

Captar lo que hay bajo la información


La información se ha convertido en un río de datos y noticias, pero lo importante es saber captar qué fluye bajo él. Cuando uno se olvida de ir a lo sustancial, se pierde en lo anecdótico. Ante tantas noticias negativas, desgracias colectiva o personales, el ser humano se vuelve insensible y cauteriza su piel como mecanismo de defensa ante el aluvión que le arrolla.

Enrique Rojas (1992) en El hombre light.

Preguntar en vez de argumentar


En una conversación difícil, no pongamos el peso en argumentar, sino en preguntar.

Mario Alonso Puig (2008), Vivir es un asunto urgente.

jueves, 15 de enero de 2015

Efectos de las palabras en los demás

Había una vez un samurai que era muy diestro con la espada y a la vez muy soberbio y arrogante. De alguna manera, él solo se creía alguien y algo cuando mataba a un adversario en combate y, por eso, buscaba continuamente ocasiones para desafiar a cualquiera ante la más mínima afrenta. Era de esta manera como el samurai mantenía su idea, el concepto de sí mismo, su férrea identidad.

En una ocasión, este hombre llegó a un pueblo y vio que la gente acudía en masa a un lugar. El samurai paró en seco a una de aquellas personas y le preguntó: 
- ¿Adónde van todos con tanta prisa?
- Noble guerrero - le contestó aquel hombre que, probablemente, empezó a temer por su vida -, vamos a escuchar al maestro Wei.
- ¿Quién es ese tal Wei?
- ¿Cómo es posible que no le conozcas, si el maestro Weri es conocido en toda la región?

El samurai se sintió como un estúpido ante aquel aldeano y observó el respeto que aquel hombre sentía por ese tal maestro Wei y que no parecía sentir por un samurai como él. Entonces decidió que aquel día su fama superaría a la de Wei y por eso siguió a la multitud hasta que llegaron a la enorme estancia donde el maestro Wei iba a impartir sus enseñanzas.

El maestro Wei era un hombre mayor y de corra estatura por el cual el samurai sintió de inmediato un gran desprecio y una ira contenido.

Wei empezó a hablar:
- En la vida hay muchas armas poderosas usadas por el hombre y, sin embargo, para mí, la más poderosa de todas es la palabra.
Cuando el samurai escuchó aquello, no pudo contenerse y exclamó en medio de la multitud:
-Sólo un viejo estúpido como tú puede hacer semejante comentario.- Entonces, sacando su katana y agitándola en el aire, prosiguió -:Ésta sí que es un arma poderosa, y no tus estúpidas palabras. 

Entonces Wei, mirándole a los ojos, le contestó:
- Es normal que alguien como tú haya hecho ese comentario, es fácil ver que no eres más que un bastardo, un bruto sin ninguna formación, un ser sin ninguna luces y un absoluto hijo de perra.
Cuando el samurai escuchó aquellas palabras, su rostro enrojeció y con el cuerpo tenso y la mente fuera de sí empezó a acercarse al lugar donde Wei estaba:
- Anciano, despídete de tu vida por hoy llega a su fin.

Entonces, de forma inesperada, Wei empezó a disculparse:
- Perdóname, gran señor, solo soy un hombre mayor y cansado, alguien que por su edad puede tener los más graves de los deslices. ¿Sabrás perdonar con tu corazón noble de guerrero a este tonto que en su locura ha podido agraviarte?.
El samurai se paró en seco y le contestó:
- Naturalmente que sí, noble maestro Wei, acepto sus excusas.
En aquel momento Wei le miró directamente a los ojos y le dijo:
- Amigo mío. dime: ¿son o no poderosas las palabras?.

Mario Alonso Puig en "Reinventarse" (2010)

Cajones emocionales

El lenguaje no solo describe, sino que crea nuestra realidad. Las palabras abren "cajones emocionales" de manera rápida y automática. El tipo de "cajones emocionales" que abren depende de las experiencias que asociemos a estas palabras.

Mario Alonso Puig en "Reinventarse" (2010)

Perspectivas: ejercicio práctico

Le voy a pedir que durante medio minuto gire la cabeza hacia atrás, hacia la derecha y hacia la izquierda, y busque algo de color amarillo.
Supongo que, cuando le he pedido que haga el ejercicio, habrá intentado encontrar todos los objetos de color amarillo. Ahora, me gustaría preguntarle sobre aquellos objetos que tienen color morado. Si no ha visto ninguno, gire de nuevo la cabeza y, por favor, busque. Nuestra atención es selectiva  tiende solo a buscar lo que se busca de forma activa.

Le pondré otro ejemplo. Si es usted mujer y ha estado alguna vez embarazada, se dará cuenta de la cantidad de mujeres embarazadas que empieza a ver por la calle.

Si usted está pensando en comprarse un auto negro o rojo, verá cómo empieza a ver muchos autos de ese color. Este fenómeno tan sorprendente se debe a que en el tallo del cerebro existe una estructura llamada "sistema reticular activador ascendente" o SRAA, cuya misión es dirigir la atención hacia aquello que es más relevante para nosotros. Nuestra atención es selectiva y, por eso, lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo muestra.

Mario Alonso Puig en "Reinventar" (2010)

martes, 13 de enero de 2015

Palabras como rayos x

"Las palabras son como los rayos x, atraviesan cualquier cosa si uno emplea bien".

Aldous Huxley en "Un mundo feliz" (1932)