Mostrando entradas con la etiqueta espiritualidad y religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta espiritualidad y religión. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de febrero de 2020

Chernóbil y la puesta en tela de juicio de la visión del mundo

Yo soy testigo de Cherbóbil..., el acontecimiento más importante del siglo xx, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. Han pasado veinte años de la catástrofe, pero hasta hoy me persigue la misma pregunta: ¿de qué dar testimonio? ¿del pasado, o del futuro? Es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror.

Pero yo miro a Chernóbil como al inicio de una nueva historia, Chernóbil no solo significa conocimiento, sino también preconocimiento, porque se el hombre se ha puesto en cuestión con su anterior concepción de sí mismo y del mundo. Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción de tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?
(...)

Chernóbil es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del sigo xxi. Un reto para nuestro tiempo. Ha quedado claro que además de los desafíos comunista y nacionalista y de los nuevos retos religiosos entre los que vivimos y sobrevivimos, en adelante nos esperan otros más, más salvajes y totales, pero que aún siguen ocultos ante nuestros ojos. Y, sin embargo, después de Chernóbil, algo se ha vislumbrado.

La noche del 26 de abril... Durante aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no solo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación. Se ha roto el hilo del tiempo. De pronto el pasado se ha visto impotente; no encontramos en él en qué apoyarnos; en el archivo omnisciente (al menos así nos lo parecía) de la humanidad no se han hallado las claves para abrir esta puerta.
(...)

Entre el momento en que se produjo la catástrofe y cuando se empezó a hablar de ella se produjo una pausa. Un momento para la mudez. Y lo recuerdan todos. Allá por las altas esferas de tomaban decisiones, se confeccionaban instrucciones secretas, se mandaba que levantan vuelo los helicópteros, o que se trasladaran por las carreteras enormes cantidades de transportes, abajo se esperaba recibir información y se pasaba miedo, se vivía a base de rumores, pero todos guardaban silencio sobre lo principal: ¿qué es lo que realmente había sucedido? No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar, así es como podemos definir hoy nuestro estado entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos, aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía. Estábamos ante el efecto de una conmoción (...).

Ante Chernóbil todo el mundo se ponía a filosofar. Las personas se convertían en filósofos. Los templos se llenaron de nuevo. Se llenaron de creyentes y de gente que hasta el día anterior era atea. Gente que buscaba respuestas que no les podían dar ni la física ni las matemáticas. El mundo tridimensional se abrió y dejé de encontrarme con valentones que se atrevieran a jurar sobre la biblia del materialismo.

De pronto, se encendió cegadora la eternidad. Callaron los filósofos y los escritores, expulsados de sus habituales canales de la cultura y la tradición. Durante aquellos primeros días, con quien resultaba más interesante hablar no era con los científicos, los funcionarios o los militares de muchas estrellas, sino con los viejos campesinos. Gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo. Y su conciencia no se destruyó.
(...)

Todo lo que conocemos de los horrores y temores tiene más que ver con la guerra. El gulag estalinista y Auschwitz son recientes adquisiciones del mal. La historia siempre ha sido un relato de guerras y de caudillos; y la guerra constituía, digamos, la medida del horror. Por eso, la gente confunde los conceptos de guerra y catástrofe. En Chernóbil se diría que están presentes todos los rasgos de la guerra: muchos soldados, evacuación, hogares abandonados... Se ha destruido el curso de la vida. Las informaciones sobre Chernóbil están plagadas de términos bélicos: átomo, explosión, héroes... Y esta circunstancia dificulta la comprensión de que nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes... Pero el hombre no quiere pensar en esto, porque nunca se ha parado a pensar en esto, se esconde tras aquello que le resulta conocido. Tras el pasado. Hasta los monumentos a los héroes de Chernóbil parecen militares.

En mi primer viaje a la zona, los huertos se cubrían de flores, brillaba alegre al sol la hierba joven. Cantaban los pájaros. Era un mundo tan familiar..., tan conocido. La primera idea que te asaltaba era que todo estaba en su lugar, como siempre. La misma tierra, el mismo agua, los mismos árboles... En ellos, tanto las formas como los colores, así como los olores, son eternos, y nadie será capaz de cambiarlos, ni siquiera un poco. Pero ya el primer día me explicaron que no hay que arrancar las flores de la tierra, que es mejor no sentarse en el pasto, como tampoco hay que beber agua de los manantiales. Al atardecer, vi como los pastores querían dirigir hacia el río al cansado rebaño, pero las vacas se acercaban al agua y, al instante, daban media vuelta. De algún modo intuían el peligro. Y los gatos, me contaban, dejaron de comer los ratones muertos de los que estaba lleno el campo y los patios. La muerte se escondía en todas partes, pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso.

El hombre se vió sorprendido y no estaba preparado para esto. No estaba preparado como especia biológica, pues no le funcionaba todo su instrumental natural, los sensores diseñados para ver, oír, palpar... los sentidos ya no servían para nada: los ojos, los oídos y los dedos ya no servían, no podían servir, por cuanto que la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorpórea. Nos hemos pasado la vida preparándonos para la guerra, tantas cosas que sabemos de ella, ¡y de pronto esto!. Ha cambiado la imagen del enemigo. Nos ha salido un nuevo enemigo... enemigos. Mataba la hierba segada. Los peces pesados en el río, la caza de los bosques... las manzanas... el mundo que nos rodeaba, antes amoldable y amistoso, ahora infundía pavor. La gente mayor, cuando se marchaba evacuada y aún sin saber que era para siempre, miraba el cielo y se decía: "Brilla el sol. No se ve humo, ni gases. No se oyen disparos. ¿Qué tiene esto de guerra? En cambio, nos vemos obligados a convertirnos en refugiados". Un mundo conocido, convertido en desconocido.

¿Cómo comprender dónde nos encontramos? ¿Qué nos está pasando? Aquí. Ahora. No hay a quién preguntar.

En la zona y su alrededor, asombraba la enorme cantidad de maquinaria militar. Los soldados marchando en formación con sus armas recién estrenadas. Con todo el armamento reglamentario completo. No sé por qué razón no se me quedaron grabados los helicópteros ni los blindados, sino solo esos fusiles. Las armas. Hombres armados en la zona de Chernóbil. ¿A quién iban a disparar o contra qué defenderse? ¿De la física? ¿De las invisibles partículas? ¿Ametrallar la tierra contamina o los árboles? (...)

Asistí a cómo el hombre anterior a Chernóbil se convirtió en el hombre post Chernóbil.

Más de una vez - y aquí hay que pararse a pensar - me han llegado opiniones según las cuales el comportamiento de los bomberos de la primera noche apagaron el incendio de la central atómica, así como el de los liquidadores, recordaba al de los suicidas. Un suicidio colectivo. Los liquidadores trabajaban a menudo sin los uniformes especiales de protección, se dirigían sin protestar allí donde morían los robots, se les ocultaba la verdad sobre las altas dosis recibidas, y ellos se resignaban a aquello, y luego se alegraban al recibir los diplomas y medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte. Y a muchos ni siquiera llegaron a tiempo de entregárselos.

Así pues, ¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviética? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa. ¿Quién puede imaginarse aunque sea por un segundo el panorama si hubieran explotado los tres reactores restantes?

Son unos héroes. Héroes de la nueva historia. Se los compara con los héroes de las batallas de Stalingrado o de Waterloo, pero ellos han salvado algo más importante que su patria, han salvado la vida misma. El tiempo de vida. El tiempo vivo. Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros seres vivos. Animales y plantas.

Cuando fui a verlos... Y cuando escuchaba sus relatos sobre cómo se dedicaban (¡los primeros y por primera vez!) a una nueva tarea, humana e inhumana a la vez, que era la de enterrar la tierra en la tierra, la de enterrar en búnkeres de hormigón especiales las capas contaminadas junto con todos sus habitantes: escarabajos, arañas, crisálidas... Los más diversos insectos cuyos nombres incluso desconocían. O no recordaban.

Estos hombres tenían una idea completamente distinta de la muerte, y esta idea se extendía a todo: desde el ave a la mariposa, su mundo ya era otro mundo; un mundo con un nuevo derecho a la vida,  con un nuevo sentido de la responsabilidad y un nuevo sentimiento de culpa.
(...)

El tiempo se había mordido la cola. El principio y el fin se habían unido. Para aquellos que estuvieron allí, Chernóbil no terminaba en Chernóbil. Y estos hombres no regresaron de una guerra... sino se diría que regresaron de otro planeta. Yo comprendí que de manera completamente consciente aquellos hombres convertían sus sufrimientos en un nuevo conocimiento. Nos lo regalaban diciéndonos: habrán de hacer alguna cosa con este conocimiento y emplearlo de algún modo.

Los héroes de Chernóbil tiene un monumento. Es el sarcófago y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del sigo XX.

En la tierra de Chernóbil, uno siente lástima del hombre. Pero más pena dan los animales. Y no he dicho una cosa por otra. Ahora lo aclaro... ¿Qué es lo que quedaban en la zona muerta cuando se marchaban los hombres? Las viejas tumbas y las fosas biológicas, los así llamados cementerios para animales. El hombre solo se salvaba a sí mismo, traicionando al resto de los seres vivos.

Después de que las poblaciones abandonaran el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiro a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanos..., también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.

Hubo un tiempo en que los indios de México e incluso los hombres de la Rusia precristiana pedían perdón a los animales y a las aves que debían sacrificar para alimentarse. Y en el Antiguo Egipto, el animar tenía derecho a quejarse del hombre. En uno de los papiros conservados en una pirámide se puede leer: "No se ha encontrado queja alguna del toro contra N". Antes de partir hacia el reino de los muertos, los egipcios leían una oración que decía: "No he ofendido a animal alguno. Y no le he privado ni de grano ni de hierba".

¿Qué nos ha dado la experiencia de Chernóbil? ¿Ha dirigido nuestra mirada hacia el misterioso y callado mundo de los "otros"?

En una ocasión vi como soldados entraron en una aldea de la que se habían marchado sus habitantes y se pusieron a disparar. Gritos impotentes de los animales... Gritaban en sus diferentes lenguas. Sobre este hecho ya se ha escrito en el Nuevo Testamento: Jesús llegó al Templo de Jerusalén y vio allí a unos animales dispuestos para el sacrificio ritual: con los cuellos cortados y desangrándose. Entonces Jesús gritó: "Habéis convertido la casa de oraciones en una cueva de ladrones". Podía haber añadido "en un matadero". Para mí, las centenares de "biofosas" abandonadas en la zona representan aquellos mismos túmulos funerarios de la Antigüedad. Pero ¿dedicados a qué dioses? ¿Al dios de la ciencia y el saber, o al dios del fuego? En este sentido, Chernóbil ha ido más que Aushwitz y Kolimá. Más allá del Holocausto. Nos propone un punto final. Se apoya en la nada.

Veo el mundo de mi entorno con otros ojos. Una pequeña hormiga se arrastra por el suelo y ahora me resulta más cercana. Un ave surca el cielo y me resulta más próxima. Se ha reducido la distancia entre ellos y yo. No existe el abismo de antes. Todo es vida.

También se me grabaron cosas como ésta. Me contaba un viejo apicultor (y más tarde lo escuché de otra gente): "Salí por la mañana al jardín y noté que faltaba algo, cierto sonido familiar. No había ni una abeja. ¡No se oía a ni una abeja! ¡Ni una! ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Tampoco el segundo día levantaron el vuelo. Ni al tercero. Luego nos informaron de que en la central nuclear se había producido una avería, y la central está aquí al lado. Pero durante mucho tiempo no supimos nada. Las abejas se habían dado cuenta, pero nosotros no. Ahora, si noto algo raro, me fijaré en ellas. En ellas está la vida".

Otro ejemplo. Entablé conversación junto al río con unos pescadores y estos me contaron:
"Nosotros esperábamos que nos explicaran la cosa por la televisión. Que nos dijeran cómo salvarnos. En cambio, las lombrices... Las lombrices más comunes se enterraron muy hondo en la tierra, se fueron a medio metro y hasta a un metro de profundidad. En cambio, nosotros no entendíamos nada. Cavábamos y cavábamos. Y no encontramos ni una lombriz para pescar".

¿Quién es el primero, quién está más sólida y más eternamente ligado a la tierra, nosotros o ellos? Lo que tendríamos que hacer en aprender de ellos cómo sobrevivir. Y cómo vivir.

Han confluido dos catástrofes. Una social: ante nuestros ojos se derrumbó la Unión Soviética, se sumergió en las aguas el gigantesco continente socialista, y otra cósmica: Chernóbil. Dos explosiones globales. Y la primera resulta más cercana, más comprensible. La gente está preocupada por el día a día y por su vida cotidiana: ¿Con qué comprar? ¿a dónde marcharse? ¿bajo qué banderas avanzar de nuevo? ¿o hay que aprender a vivir por uno mismo, vivir cada uno su propia vida? Esto último lo ignoramos, no lo sabemos hacer. Es algo que experimentamos todos y cada uno. En cambio, Chernóbil es algo que querríamos olvidarnos, porque ante él nuestra conciencia se capitula. Es una catástrofe de la conciencia. Es el mundo de nuestras convicciones y valores ha saltado por los aires. Si hubiéramos vencido a Chernóbil, lo habríamos entendido hasta el final y habríamos escrito más sobre él. En cambio, seguimos viviendo en un mundo cuando nuestra conciencia habita en otro. La realidad resbala sobre nosotros y no tiene cabida en el hombre.
(...)

Un ejemplo. Hasta hoy empleamos los viejos términos de "lejos-cerca", "nuestros-extraños"... Pero, ¿qué quiere decir "lejos" o "cerca" después de Chernóbil, cuando ya al cuarto día sus nubes sobrevolaban África y China? La Tierra ha resultado ser tan pequeña. Ya no es la Tierra que conoció Colón. Es limitada. Ahora se nos ha formado una nueva sensación de espacio. Vivimos en un espacio arruinado.

Más aún. En los últimos años, el hombre vive cada vez más, pero, de todos modos, la vida humana sigue siendo minúscula e insignificante comprada con la de los radionúclidos instalados en nuestra Tierra. Muchos de ellos vivirán milenios. ¡Imposible asomarnos a esa lejanía! Ante este fenómeno experimentas una nueva sensación del tiempo. Y todo esto es Chernóbil. Sus huellas. Lo mismo ocurre con nuestros conocimientos. El pasado se ha visto impotente ante Chernóbil; lo único que se ha salvado de nuestro saber es la sabiduría de que no sabemos. Se está produciendo una perestroika, una reestructuración de los sentimientos.

Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a la mujer acerca de su marido moribundo: "¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido, sino un elemento que hay que desactivar". ¡Ante esto, hasta Shakespeare se queda mudo! Como el gran Dante. Acercarse o no, ésta es la cuestión. Besar o no besar. Una de mis heroínas (embarazada en ese mismo momento) se acercaba y besaba a su marido, y no lo abandonó hasta que le llegó la muerte. El precio que pagó por su acto fue perder la salud y la vida de su hija. Pero ¿cómo elegir entre el amor y la muerte? ¿entre el pasado y el ignorado presente? ¿y quién se creerá con el derecho a echar en cara a otras esposas y madres que no se quedaran junto a sus maridos e hijos? Junto a esos elementos radioactivos. En su mundo se vio alterado incluso el amor. Hasta la muerte.

Ha cambiado todo. Todo menos nosotros.

La zona... es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. Primero se la inventaron lo escritores de ciencia ficción, pero la literatura cedió su lugar ante la realidad. Ahora no podemos creer, como los personajes de Chéjov, que dentro de cien años el mundo será maravilloso, ¡la vida será maravillosa!. Hemos perdido ese futuro. En esos cien años ha pasado el gulag de Stalin, Auschwitz,... Chernóbil... El 11 de septiembre en Nueva York... Es inconcebible cómo se ha dispuesto esta suceción de hechos, cómo ha cabido en la vida de una generación, en sus proporciones. En la vida de mi padre, por ejemplo, que tiene ahora ochenta y tres años. ¡Y el hombre ha sobrevivido!

Un destino construye la vida de un hombre, la historia está formado por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de una manera que no pierdan los destinos de los hombres... ni de un solo hombre.

Svetlana Alexiévich (1997). "Entrevista de la autora consigo misma..." en VOCES DE CHERNÓBIL.

martes, 24 de diciembre de 2019

Sueños y sentido de existencia

Un día, un niño se paró ante un pensador y le preguntó:
- ¿De qué tamaño es el universo?
Mientras le acariciaba la cabeza, el hombre miró hacia el infinito y le preguntó:
- El universo tiene el tamaño de tu mundo.
Perturbado, el niño indagó otra vez:
- ¿Y de que tamaño es mi mundo?
Y el pensador respondió:
- Tiene el tamaño de tus sueños.

Si tus sueños son pequeños, tu visión será pequeña, tus metas serán limitadas, tus blancos serán diminutos, tus caminos serán estrechos, tu capacidad de soportar las tormentas será endeble.
(...)

Los sueños infunden sentido a la existencia. Si tus sueños son frágiles, tu comida no tendrá sabor, tus primaveras no tendrán flores, tus mañanas no tendrán rocío, tu emoción no tendrá romances.

Augusto Cury, en Nunca renuncies a tus sueños (2004)

jueves, 19 de diciembre de 2019

Ser hombre es saber esperar

Ser hombre es saber esperar, y al decir "saber" quiero decir: pasar de un simple "estar sometido" a la esperanza como un impulso ciego y motor incontrolado, a una asunción lúdica, responsable y arriesgada de la esperanza como autoexpresión propia. (...) Si la verdad del hombre es su futuro y si, por ello, la esperanza es una exigencia cristiana, esto se traduce diciendo que lo cristiano es caminar (...). Todos sabemos que una de las imágenes más clásicas de la exigencia humana, cristianamente vista, es aquella del pueblo peregrino que marcha día tras día por el desierto. Y repito: lo cristiano no es desear la vuelta a Egipto ("con Franco vivíamos mejor") pero tampoco es pensar que mañana o pasado mañana concluirá nuestra marcha; caminar es lo contrario de estar parado, pero también es lo contrario de ese "violar el futuro" que está empezando a ser una tentación nuestra. Lo cristiano es la cansada e ilusionada perseverancia en el seguir caminando, y a un ritmo que permita esta constancia.

José Ignacio González Faus, en Acceso a Jesús.

sábado, 9 de marzo de 2019

¿Dónde está el presente?

Lo que menos parece ser, es el presente. A veces se dice que hay que vivir el presente. Y es un consejo razonable. Pero ¿Dónde está el presente? ¿Y cómo puede vivirse en el presente? Se dirá: viva el día presente. Pero el día presente se puede dividir en 12 horas que ya fueron (o sea, pasadas) y 12 horas que aún no han sido (es decir, futuras). ¿Dónde puedo vivir ahora, entonces? ¿En la hora presente? Pero también ella puede dividirse en treinta minutos pasados y treinta minutos futuros. Y si se me pide que viva el minuto o el segundo presente, pasará exactamente lo mismo. ¿Dónde está, entonces, el presente? Está entre el pasado y el futuro, uniéndolos, y eso que ahí está - el límite - y no está ahí en ningún momento, sino que su "ser" es exactamente "dejar de ser".

Jorge Rivera (filósofo chileno) en Bentué A. (2003) "Muerte y búsquedas de inmortalidad" Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago.



viernes, 23 de febrero de 2018

Realidad relacional y religión (Boff)

La conciencia humana es capaz de captar esta realidad relacional que liga y religa a todos. Al percibirla nace la religión, que deriva de re-ligar. Posiblemente la religión ha sido la más arcaica forma de conciencia. Hace miles de millones de años, nuestros antepasados antropoides consiguieron ver el Eslabón que ligaba y re-ligaba todo. Lo llamaron de mil maneras. Después lo llamaron simplemente Dios.

Boff, Leonardo (2005) "La voz del arcoiris"
Editorial Trotta: Madrid, p. 62

Ciencia y espiritualidad (Boff)

Espiritualidad y ciencia se implican y se complementan. Las personas que se orientan por la cosmología contemporánea consideran el planeta como un organismo inmenso y complejo. Cuando se viola alguna de sus partes, nosotros tambien sufrimos. No solo conocemos por medio de la ciencia, sino tambien mediante nuestra conciencia, nuestra interioridad, nuestras intuiciones, sueños, experiencias y proyecciones.

Grandes científicos se extasían ante la complejidad de lo real, ante esta Fuerza que está detrás de la energía cósmica. Hay un principio unificador de todo este inmenso organismo total. Y desarrollan una profunda religiosidad sin ligarse necesariamente a ninguna confesión definida. Más que religión profesan una espiritualidad cósmica, como lo vivió ejemplarmente Albert Einstein.

Boff, Leonardo (2005) "La voz del arcoiris"
Editorial Trotta: Madrid, pp. 59

martes, 30 de enero de 2018

¿Qué es la Espiritualidad?

Es esa capacidad del ser humano de captar el mensaje de grandeza, de belleza y de misterio que atraviesa el universo y la vida; capacidad de hacer la experiencia de un sentido último de sí mismo y del cosmos, de llamarlo Dios y de entrar en diálogo íntimo con él (de esta experiencia nacieron todas las religiones). Permite identificar el eslabón perdido que todo liga y re-liga (de donde viene religión) y hacer así una experiencia de totalidad dinámica y abierta.

Leonardo Boff (La voz del arcoriris, 2003)

Las preguntas kantianas y la religión

Las grandes preguntas señaladas por E. Kant - ¿qué podemos saber, qué podemos hacer y qué podemos esperar? - estarán siempre a la orden del día en cualquier territorio o proyecto antropológico y social. Se trata de una exigencia transcultural. Por eso, como respuesta a esta cuestiones centrales, siempre habrá lugar para la ciencia, la ética, la filosofía, la espiritualidad y la religión.

Leonardo Boff (La voz del arcoiris, 2003)

sábado, 28 de enero de 2017

Reloj del Mundo

Un imaginario reloj que representara con cada segundo períodos de diez años de la existencia del planeta, nos mostraría que la aparición de la vida fue hace 48.000 horas; la aparición del hombre, hace 24 horas; la aparición de la ciencia hace 40 segundo y la conquista del espacio hace poco más de 3 segundos. Sin embargo, aproximadamente en los 20 segundos del supuesto reloj, la población del planeta se ha triplicado y la cantidad de descubrimientos, inventos y modificaciones generados por ese "ser de 24 horas", supera todo lo producido durante las 23 horas, 59 minutos y 40 segundos restantes.

Rolando Martiñá

jueves, 18 de febrero de 2016

Primeros ritos mortuorios y la creencia en el ánima

Mientras no hay conciencia, el viviente mortal solo se preocupa de vivir, sin plantearse el problema de la muerte; pero, al emerger conciencia, surge la inquietud sobre la muerte, cuya previsión angustia al ser humano.

Sin embargo, esa angustia aparece de inmediato "controlada" por la convicción de que quien muere tiene en sí mismo un poder personal inherente a su cuerpo, que le permite sobrevivir más allá de la muerte y de la descomposición corporal que ella obviamente implica. De esta manera, los primeros vestigios claros de existencia humano que han podido ser mejor estudiados, los del "Sinántropo" (conocido también como "Homo Pekinensis") van vinculados a rituales mortuorios presentes junto a los restos del difunto, en el período del Pleistocene Medio chino (hace unos 5000.000 años). Lo mismo ocurrieron los restos, contemporáneos a los anteriores, encontrados en la isla de Java y conocidos como el "Pitecántropo erecto" (u "hombre de Java"). Em ambos casos aparece la evidencia de que al difunto se le había cortado la cabeza y le habían hecho un orificio en su parte occipital. Este mismo fenómeno mortuorio se encuentra verificado, mucho más tarde, en los restos funerarios descubiertos en diversas partes de Europa, en los numerosos esqueletos humanos del tipo "Neardenthal" (correspondientes a unos 100.000 años de antigüedad). En todos ellos, la decapitación del muerto, así como el orificio en la parte occipital del cráneo, lleva a concluir que le habían extraído el cerebro por ese hoyo, para comérselo en un banquete ritual, manteniendo además el cráneo como trofeo".

Esta práctica da probablemente el verdadero significado antropológico del canibalismo. Los primitivos no se comían a sus víctimas humanas por razones de mera alimentación, sino debido a que consideraban que en ellos había un poder que deseaban asimilar, ya sea para arrebatárselo con violencia, o bien, para tenerlo controlado o prolongarlo después de su muerte. En ambos casos, la muerte de estos personajes, cuyo cerebro era comido por otros, muestra la creencia de que hay algo en el ser humano que sobrevive a su muerte. Esa misma convicción se encuentra sin duda también presente en las tumbas de la época del Paleolítico Superior (hace unos 70.000 años), en la región francesa de Dordogne ("hombre de Cromagnon") y de la frontera italiana de Ventimiglia ("hombre de Grimaldi"). En éstas, aparecen los esqueletos con abundantes conchas marinas adornando sus cráneos, así como pintados sus huesos de color ocre rojizo. Sin duda, ambos elementos constituyen símbolos de la fuente de la vida. Y el hecho de enterrar a los difuntos con ese doble simbolismo muestra la creencia de que el difunto podía acceder a una nueva vida después de su muerte, volviendo a salir del seno de la madre, significado por las conchas marinas con que se los sepultaba. Esta asociación de la muerte con el símbolo femenino de fertilidad será frecuente en todo el período prehistórico, así como a lo largo de la historia de las religiones.

La evidencia constante sobre las creencias primitivas relativas a la muerte permite concluir que siempre el ser humano creyó en que los difuntos accedían a otra forma de vida. Para asegurarla mejor, y a la vez, hacérsela más fácil, se acompañaban los restos sepultados o incinerados del difuntos con elementos simbólicos de fertilidad (conchas) o de vida (ocre rojo, semejante a la sangre), además de utensilios y alimentos para que tuviera lo necesario en ese viaje al mundo de los muertos. De ahí que, junto a los restos del esqueleto humano, frecuentemente se hallen también huesos de animales, que probablemente fueron consumidos, en una especia de "banquete" mortuorio de comunión, dejando partes del animal enterradas junto a los restos del difunto para su alimentación en el más allá, de manera que el espíritu del difunto permanezca tranquilo en su nuevo lugar de reposo o de sobrevivencia  no siga "vagando" entre los vivos, reclamando, a sus antiguos familiares o amigos, el cumplimiento de algún deber ritual que no se le realizó adecuadamente.

Para los primitivos  no parece existir la idea de la "nada". Lo que ha  vivido, tendrá siempre que seguir viviendo, de una forma u otra. Esta dimensión del viviente, capaz de permitirle sobrevivir, más allá de la forma de vida que haya tenido en este mundo, es lo que generalmente llamamos "ánima", que el primitivo concibe como una sustancia invisible, semejante a la materia aérea, con ubicación concreta en el cerebro (de ahí que se lo coman, para asimilar su "ánima" poderosa); y que necesita conductos de entrada y salida, como son la nariz y la boca; además, puede usar los pies para escapar o "vagar" por otros lados. Por eso, se dan casos en que se colocan una especia de anzuelos amarrados a la nariz, al ombligo y a los pies de un enfermo, para que su "alma" no se escape del cuerpo, dejándolo muerto. El "anzuelo", o el "cepo" es de uso frecuente en la magia curandera para evitar la muerte del enfermo, o bien, si éste muere, para amarrar su alma, de forma que regrese al cuerpo de donde intentó escapar. Incluso a veces se considera que el "ánima" de una persona puede abandonar su cuerpo por un tiempo sin causarle la muerte, aunque es necesario que se le haga regresar lo antes posible, para evitar esa muerte definitiva.

En muchos pueblos primitivos el cadáver era incinerado. Y la destrucción del cuerpo por el fuego ha podido contribuir a la creencia en esa "ánima" separable del cuerpo, donde habita temporalmente, y que asciende al cielo junto al himno que emana de la incineración del cadáver.

El origen de la creencia universal en un "ánima" inherente al cuerpo vivo ha sido estudiada sobre todo por E.B. Tyler. Según él, provendría, en primer lugar, de las experiencias del sueño y de los estados extáticos. Al soñar o tener "voladuras", uno experimenta como si estuviera en otros lados e hiciera diversas actividades, a veces con fuerte impresión de realidad. Luego, al "volver en sí", o "despertar", de da cuenta de que cuerpo sigue donde estaba antes de esa impresión de escape. De ahí habría surgido la convicción de una realidad, presente en uno mismo, capaz de desvincularse del cuerpo para regresar después a él, o eventualmente para no volver a incorporarse de nuevo.

La muerte es, así vista como la salida sin regreso del "ánima", la cual puede quedar "vagando" en forma inquieta, por incumplimiento de algún requisito ritual que no le permite acceder al mundo del más allá, o bien puede ir a "animar" otro cuerpo (transmigración o reencarnación) (en esta creencia en ánimas, separadas de su cuerpo por la muerte, se funda otra forma de animismo, denominado "espiritismo", por medio del cual se pretende entrar en contacto "evocándolo", con el "espíritu" de un determinado difunto o antepasado.

La vinculación entre muerte y fertilidad, que ya señalé antes, al constatar el entierro primitivo de los muertos, adornándolos con conchas marinas y pintándolos con ocre rojo para asegurar su nuevo "nacimiento" a otra forma de vida, tiene también a veces un significado "sacrificial". La muerte cruenta del difunto es usada como mediación para impetrar, de los poderes de la naturaleza, la fertilidad de los animales. Así, en las culturas matriarcales primitivas se ofrece a la "madre de la tribu", o a la "vieja luna", la sangre del difunto, todavía fresca o, incluso, su corazón palpitante, los pulmones, el hígado, u otro órgano de su cuerpo. También se sacrifican a veces cuerpos de prisioneros, para el mismo fin.

Este mismo significado puede estar, según lo postula E. Durkheim, el origen del totemismo, al identificar el ancestro o fundador del clan con determinado animal: el tótem del clan. El ánima del ancestro, como padre protector del clan, lo protege para que nunca falte a sus miembros la caza para alimentarse. Pero ahí el "sacrificio" para garantizar mejor la abundancia de las presas y, por lo tanto, su fertilidad, tiene una forma distinta. Los miembros del clan se abstienen de cazar y comer el propio animal tótem, en el cual está "encarnado" el espíritu del ancestro o padre protector. Se da, así, la experiencia primitiva denominada "tabú"; es decir, el poder del ancestro muerto, pero encarnado en el animal "tótem", es temido, puesto que si se transgrede la prohibición de abstenerse de su casa, podría su espíritu ser afectado en su tranquilidad y ello provocar la infertilidad de los animales. Debe cumplirse, pues, con el tabú, absteniéndose de cazar el animar tótem, para evitar, que, con la transgresión del tabú, quede afectada la sobrevivencia del clan, al verse amenazada la abundancia y la fertilidad de las presas de caza.



Antonio Bentué (2002) en Muerte y búsquedas de inmortalidad.

sábado, 13 de febrero de 2016

Antropología unitaria de la Biblia

Lo primero que llama la atención en la Biblia, como punto de partida de toda su reflexión posterior, es la concepción tan unitaria que tiene del ser humano. Los términos que utiliza no encierran la misma significación que revisten en la actualidad para nosotros, cuando los interpretamos desde una antropología dualista. Es más, su enseñanza no parte de una visión filosófica o metafísica que intenta desvelar la naturaleza de la persona, sino de un contexto religioso que centra su atención en las relaciones de Dios con su criatura, aunque esa fe se exprese también dentro de una cultura determinada. El término hebraico más cercano, utilizado para designar al cuerpo, es el de "basar" que equivale a la piel - superficie de un organismo viviente -, a la carne - la parte muscular del organismo - o para indicar cualquier otro aspecto de la corporalidad de los vivientes sobre el que ahora no vamos a detenernos. Expresa, por tanto, la realidad del ser humano en su dimensión más visible y externa, pero no como un principio material opuesto a otro espiritual, sino como representación global del ser completo, que nos recuerda nuestro origen primero. Somos un adam, formado con el polvo del suelo (Gn. 2,7;3,19) pero por encima de cualquier otra realidad material o de un simple cadáver, que nunca será designado con este término. Se trata de algo viviente, porque Dios ha infundido su aliento nephes -, su espíritu - ruach, que hace posible la vida. El espíritu, si se considera como separado del cuerpo, no equivale al alma de los griegos. Es una fuerza vivificante que permanece en Dios sin ninguna especificación, mientras que el cuerpo es lo que designa a la persona.

Su estructura corpórea está vivificada por ese aliento vino que nos constituye como personas. El basar es la carne espiritualizada que nos eleva a nuestra condición humana. La corporeidad aparece así como el elemento esencial con el que el hombre se identifica y se expresa, sin que tal dimensión encierre ningún significado pecaminoso o negativo. La perspectiva es muy diferente a la del dualismo griego, muy presente en la reflexión cristiana, que lo vio siempre como algo despreciable, cárcel del alma y lugar del pecado. Por eso, desde el comienzo de la revelación, la Biblia nos descubre otro horizonte mucho más esperanzador y religioso.

Eduardo López Azpitarte en Amor, Sexualidad y Matrimonio.

El cuerpo y el espíritu en la sexualidad


De un espíritu si sexo hemos pasado a un sexo sin espíritu. La opción entre angelismo y zoología aparece como la única alternativa posible. 
(...)

[En un equilibrio] es cuando el cuerpo queda elevado a una categoría humana, henchido de un simbolismo impresionante, pues hace efectiva una relación personal, sostiene y condiciona la posibilidad de todo encuentro y comunicación. Cualquier expresión corporal aparece de repente iluminada cuando se hace lenguaje y palabra para la revelación de aquel mensaje que se quiere comunicar. Es la ventana por donde el espíritu se asoma hacia afuera, el sendero que utiliza cuando desea acercarse hasta las puertas de cualquier otro ser, la palabra que posibilita un encuentro. Su tarea no consiste principalmente en realizar unas funciones biológica, indispensables sin duda para la propia existencia, sino en servir, sobre todo, para cumplir con esta otra tarea: la de ser epifanía de nuestro interior persona, palabra y lenguaje que posibilita la comunión con los otros.
(...)

También el cuerpo, como hemos dicho, es lenguaje, epifanía, comunicación, el único sendero por el que podemos acercarnos a la otra persona y el único camino por el que ella puede responder a mi llamada. En este carácter mediático se encierra toda su riqueza. No es una simple realidad biológica, una manera fuente de placer, na imagen que admira y seduce, sino un símbolo que descubre al ser que lo habita y dignifica. El riesgo que existe es el de quedar seducidos por el encanto y la atracción que también nos brinda, sin llegar hasta el interior de la persona que con él se nos comunica y manifiesta. 

Cuando la atención se centra en lo simplemente biológico supone romper por completo su simbolismo, como el idólatra que convierte en dios a un pedazo de madera (...). Cuando el encuentro sexual, en este sentido, se reduce a la superficie, permanece cautivo de las manifestaciones más externas y secundarias o no termina, más allá de las apariencias, en el interior de la otra persona, la sexualidad humana ha muerto. Hemos matado lo único que la vivifica y se ha postergado a un nivel radicalmente distinto e inferior. En la novela "La condición humana", A. Mairaux pone en boca de una chica, cuando sufría la amenaza de la violación, una frase que nunca debería olvidarse en este campo: "Yo soy también el cuerpo que tú quieres que sea solamente". Y ya dijimos que, cuando del cuerpo se elimina el espíritu, solo resta un pedazo de carne.

Eduardo López Azpitarte en Amor, Sexualidad y Matrimonio. 

Caída y oración


Es una caída; pero caída sobre las rodillas, que puede transformarse y acabar en oración.

Víctor Hugo (1862), en Los Miserables


Entre el pasado y el futuro: la libertad

El pasado es una fuente de información y de experiencias, y no una bola de cristal que determina nuestro porvenir. Entre lo que estuvo en el pasado y lo que estará en el futuro actúan nuestra libertad, nuestra capacidad de apasionarnos y de elegir.

Mario Alonso Puig (2008), Vivir es un asunto urgente.

domingo, 25 de octubre de 2015

Deontología, teleología y discernimiento.

En la aplicación concreta de la norma moral existen dos perspectivas: (a) la deontológica, que establece la validez de la norma independientemente de cualquier circunstancia que se pueda presentar, y (b) la teológica, que atiende a las consecuencias previsibles de una acción en el momento de recurrir a la norma.
(...)

Ambas posturas centran su reflexión principalmente en la acción moral (deontología) o en sus consecuencias (teleología), más que en el sujeto moral.
(...)

Por el contrario, el discernimiento centra la reflexión moral en el sujeto, rescatando, a la vez, la función pedagógica de la ley, sin reemplazar la centralidad de la conciencia (...) donde el referente principal es la espiritualidad.

Tony Mifsud s.j. en Decisiones responsables, una ética del discernimiento (2012)

sábado, 24 de octubre de 2015

La muerte en el centro de la vida


Si uno quiere reflexionar seriamente en el fenómeno de la vida, tiene que comenzar planteándose el problema de la muerte (...). La muerte está situada, no en la periferia, sino en el centro de toda vida humana. (...). La impotencia del hombre ante su destino mortal lo llevó a refugiar su esperanza en la religión, por eso no es posible tocar el tema de la muerte sin encontrarse con la historia religiosa del ser humano"

Antonio Bentué, "Muerte  y búsquedas de inmortalidad" (2003)

En cuanto a la muerte, siempre hay fe

En una ocasión, unos amigos míos me dicen que ellos consideraban que no había que preocuparse de la muerte; simplemente hay que vivir hasta que la vida se acabe, puesto que la vida es así y no hay más que eso. Toda preocupación acerca de la muerte sería, pues, una pura vaciedad sin sentido. Aparentemente ellos nos creían nada ni se hacían tampoco cuestión de cosas por las que no valdría la pena preocuparse. Sin embargo, esta misma afirmación ¿qué es sino una "creencia" tranquilizadora, si es que en realidad tranquiliza? Hay también ahí una actitud práctica que no está justificada por ningún "saber". Hay, pues, una fe "negativa"; pero que no por ser así e menos fe que la contraria. ¿Quién ha visto, en efecto, lo que hay después de la muerte, para poder "saber" que después de ella no hay nada?.

Jorge Eduardo Rivera en "Muerte  y búsquedas de inmortalidad" (2003)

lunes, 16 de febrero de 2015

Dentro de tí está el secreto

Busca dentro de ti
la solución a todos los problemas,
hasta de aquellos que creas
más exteriores y más materiales.

Dentro de ti está siempre el secreto,
dentro de ti están todos los secretos.

Aún para abrirte camino
en la selva virgen,
aún para levantar un muro,
aún para tender un puente,
has de buscar antes, en ti, el secreto.

Dentro de ti están tendidos
ya todos los puentes,
están cortadas dentro de ti
las malezas y lianas
que cierran los caminos.

Todas las arquitecturas están
ya levantadas, dentro de ti.
Pregunta al arquitecto escondido;
él te dará sus fórmulas.

Y acertarás constantemente,
puesto que dentro de ti
llevas la luz misteriosa
de todos los secretos.

Amado Nervo

Drama de la cultura actual: falta de interioridad

El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas. Sin interioridad el hombre y la mujer moderno pone en peligro su misma integridad.

Juan Pablo II

jueves, 15 de enero de 2015

Efectos de las palabras en los demás

Había una vez un samurai que era muy diestro con la espada y a la vez muy soberbio y arrogante. De alguna manera, él solo se creía alguien y algo cuando mataba a un adversario en combate y, por eso, buscaba continuamente ocasiones para desafiar a cualquiera ante la más mínima afrenta. Era de esta manera como el samurai mantenía su idea, el concepto de sí mismo, su férrea identidad.

En una ocasión, este hombre llegó a un pueblo y vio que la gente acudía en masa a un lugar. El samurai paró en seco a una de aquellas personas y le preguntó: 
- ¿Adónde van todos con tanta prisa?
- Noble guerrero - le contestó aquel hombre que, probablemente, empezó a temer por su vida -, vamos a escuchar al maestro Wei.
- ¿Quién es ese tal Wei?
- ¿Cómo es posible que no le conozcas, si el maestro Weri es conocido en toda la región?

El samurai se sintió como un estúpido ante aquel aldeano y observó el respeto que aquel hombre sentía por ese tal maestro Wei y que no parecía sentir por un samurai como él. Entonces decidió que aquel día su fama superaría a la de Wei y por eso siguió a la multitud hasta que llegaron a la enorme estancia donde el maestro Wei iba a impartir sus enseñanzas.

El maestro Wei era un hombre mayor y de corra estatura por el cual el samurai sintió de inmediato un gran desprecio y una ira contenido.

Wei empezó a hablar:
- En la vida hay muchas armas poderosas usadas por el hombre y, sin embargo, para mí, la más poderosa de todas es la palabra.
Cuando el samurai escuchó aquello, no pudo contenerse y exclamó en medio de la multitud:
-Sólo un viejo estúpido como tú puede hacer semejante comentario.- Entonces, sacando su katana y agitándola en el aire, prosiguió -:Ésta sí que es un arma poderosa, y no tus estúpidas palabras. 

Entonces Wei, mirándole a los ojos, le contestó:
- Es normal que alguien como tú haya hecho ese comentario, es fácil ver que no eres más que un bastardo, un bruto sin ninguna formación, un ser sin ninguna luces y un absoluto hijo de perra.
Cuando el samurai escuchó aquellas palabras, su rostro enrojeció y con el cuerpo tenso y la mente fuera de sí empezó a acercarse al lugar donde Wei estaba:
- Anciano, despídete de tu vida por hoy llega a su fin.

Entonces, de forma inesperada, Wei empezó a disculparse:
- Perdóname, gran señor, solo soy un hombre mayor y cansado, alguien que por su edad puede tener los más graves de los deslices. ¿Sabrás perdonar con tu corazón noble de guerrero a este tonto que en su locura ha podido agraviarte?.
El samurai se paró en seco y le contestó:
- Naturalmente que sí, noble maestro Wei, acepto sus excusas.
En aquel momento Wei le miró directamente a los ojos y le dijo:
- Amigo mío. dime: ¿son o no poderosas las palabras?.

Mario Alonso Puig en "Reinventarse" (2010)