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viernes, 23 de febrero de 2018

Pecado original: la inclinación a la violencia

[Dice Girard]: Todos estamos de acuerdo en resistir al deseo mimético. Pero esto parece probar que las fuerzas generadores de la violencia en este mundo, por razones misteriosas que intento comprender, a nivel de la propia organización del mundo como tal, son más poderosas que la armonía y la unidad. Es el aspecto siempre presente del pecado original que, mas allá de cualquier concepción mítica, representa un nombre para la violencia en la historia.

BOFF, LEONARDO (2005) "La voz del Arcoris".
Editorial Trotta: Madrid, p. 45

La raíz última de la violencia: la hipótesis del deseo mimético y el chivo expiatorio

El formulador de esta interpretación es René Girard (1923 - ) profesor de Letras, antropólogo y filósofo francés que vive en los Estados Unidos. Analizando grandes obras literarias y mitos transculturales, observó el mecanismo siguiente: en la raíz de todo está la estructura del deseo humano, cosa que siempre vieron los pensadores y los grandes maestros (Isaías, Aristóteles, Freud, los sabios budistas...). El deseo es la gran mola propulsora de las transformaciones y de la búsqueda de lo nuevo.

Pero con una particularidad - observa Girard - que ha escapado al análisis de corte privado y subjetivista: existe siempre el otro, el tercero, que, según Girard, funciona como rival. El rival desea lo mismo que el otro, no por azar ni por coincidencia, sino por una estructura de fondo, ligada al mismo deseo humano. Éste es tendencialmente infinito. No solo desea esto o aquello, sino la totalidad, todo. Es un proyecto abierto al infinito.

Por eso el ser humano no sabe concretamente lo que desea. ¿El ser, el todo, la parte? Aristóteles ya observaba que el objeto del deseo es el ápeiron, el todo indeterminado. Girard entra por esa puerta y dice: el deseo solamente se determina a partir del rival. Cada persona desea lo que su rival desea. El deseo deja de ser vago y adquiere configuración concreta. Por lo tanto, el deseo es esencialmente mimético (mímesis = imitación). El ser humano desea lo que el otro desea. Uno imita al otro.

El deseo mimético, por otra parte, genera conflicto, pues, los dos que desean el mismo objeto se convierten en rivales, queriendo cada uno tomar exclusivamente para sí el objeto y conseguir su deseo. Para eso cada uno se siente obligado a excluir al otro. El conflicto se agiganta cuando son grupos que desean colectivamente el mismo objeto, más crece la rivalidad entre ellos; y cuanto más aumenta el conflicto, más se agudiza la violencia.

El deseo mimético funciona como un feedback: yo imito a mi rival, mi rival me imita. El modelo se vuelve modelo de su modelo. Todo se vuelve recíproco. ¿Por qué esa reciprocidad?, se pregunta Girard. Y constata que dicha reciprocidad, para bien o para mal, nunca ha sido debidamente analizada por los antropólogos que se han ocupado de ella. A partir de ella surge la lógica siguiente: cuanto más se desea el mismo objeto, más se intenta imitar al otro y más se intenta destruir al otro o destruir el objeto deseado por el otro o por todos los otros.

El auge del mimetismo y, con el, el auge de la violencia, se alcanza cuando los rivales se unen y crean la unanimidad mimética. Todos se unen contra uno solo sobre el cual descargan su violencia. Los muchos tienen ante sí un único rival que hay que eliminar. Él será la víctima.

El deseo mimético es, pues, esencialmente victimario. Produce víctimas en todos los campos en los que se expresa el deseo humano de competencia.

El proceso victimario es extremadamente fecundo. Para Girard, la producción de la víctima funda la sociedad y la cultura. Veamos las razones de tan sorprendente afirmación.

Cuando todos (menos uno, convertido en víctima) se unen para descargar su violencia sobre la víctima, crean una comunidad. Cuando descargan toda la violencia sobre la víctima, sobreviene la paz y la armonía, como gracia alcanzada por la propia víctima que, con su muerte, produce tal beneficio. La víctima aparece como la causa del desorden (todos se unen para eliminarla) y al mismo tiempo como la causa del orden (porque, ahora, muerta, ya no amenaza a nadie y todos se apaciguaron al descargar su violencia contra ella).

Girard afirma que la creación de la víctima (el chivo expiatorio) funda la comunidad y la cultura. Todos se unen para castigar a la víctima. Por la siguiente razón: si la violencia fuera abandonada a sí misma, se crearía una interminable cadena de violencia y de venganza. Uno mataría a oro porque éste ha matado, y así indefinidamente, como se ve ya claramente en las tragedias griegas. Cuando se crea la víctima todos descargan su violencia en ella, pudiendo así establecer una comunidad sin violencia devoradora.

Los griegos llamaban phármakos (de donde viene la palabra farmacia, tienda de productos curativos y farmacéuticos) a las víctima humanas. Eran personas que la sociedad mantenía a expensas del erario público para ser sacrificadas en los momentos de crisis. Con tal motivo, se las llevaba por las calles, por todos los rincones de la ciudad, para absorber las impurezas del ambiente. Eran personas despreciables y respetables al mismo tiempo. Despreciables, porque incorporaban toda la perversidad de la comunidad. Respetables, porque mediante su sacrificio la comunidad se apaciguaba. Con su sacrificio, se producía un efecto "farmacéutico", es decir, curativo. Toda la hostilidad y la violencia latente de la ciudad quedaba drenada y calmada gracias a la víctima.

Inicialmente se sacrificaba un hijo, un deficiente físico, un prisionero, un esclavo, alguien de la familia humana. Después se sustituyó a la víctima humana por un animal que guardase cierta analogía con los humanos (un cordero o chivo expiatorio) sobre el que se pudiese descargar toda la venganza. La víctima tiene siempre una función vicaria: está en lugar de toda la comunidad que, al descargar sobre ella su violencia, alcanza la paz y la concordia social.

En el proceso civilizatorio se trató de sustituir la víctima por la ley. No basta sacrificar de vez en cuando; el proceso del deseo mimético siempre está activo. Entonces surge la ley, que crea la norma y la prohibición, rompiendo así la cadena de violencia y de venganza. La ley cumple la función de orden social. La comunidad en vez de matar personas (víctimas), les aplica la ley y las penas de la ley. Con eso la sociedad se calma, como en otros tiempos, cuando mataba de verdad. Ahora mata simbólicamente, imponiendo penas, aislando a las personas en cárceles y, en casos límites, condenándolas legalmente a la muerte.

En este paso del sacrificio a la ley se crea, según Girard, el rito. Mediante éste se recuerda y se celebra el beneficio que la víctima ha producido con su muerte, es decir, la paz, el apaciguamiento y la cohesión de la comunidad. Finalmente, se elabora el mito, que es la narración plástica y dramática de todo este proceso ritualizado.

Ley, rito y mito son, según Girard, la base de toda cultura y las instituciones que se derivan de ellas. Esas tres pilastras buscan cerrar la boca de la víctima; están construidas por los que sacrifican a la víctima y la mantienen como víctima.

Hoy en día no hacemos sacrificios como antes, pero creamos también víctimas mediante mecanismos sacrificialistas que son, tal vez, más perversos. Como tesis general debemos decir: donde hay instituciones vuelve a brotar la violencia. Las instituciones son sistemas autorreguladores y sacrificiales. Castigan, excluyen e incluso eliminan a quienes no se ajustan a ellas. Concretizan leyes y normas estructuradas, poseen sus ritos y elaboran el mito que justifica su creación.

El sistema económico y el mercado son, en la actualidad, especialmente sacrificiales. Ya Adam Smith, padre de la economía política, decía: toda sociedad civilizada deja morir a los que no pueden garantizar su subsistencia. Quien está en el sistema, en el conjunto articulado de leyes, normas e instituciones, vive; quien no, es apartado y muere.

La armonía se basa en algo terrible: dejar morir a los que no componen la armonía. Entonces, el orden instituido produce desorden, pero vive como orden en la medida en que excluye a todos los que no son capaces de entrar y mantenerse en él. Esto es lo que sucede con el mercado autorregulador: quien es fuerte en el mercado, vive y progresa; quién es débil, es apartado, eliminado y excluido del mercado. Por lo tanto, cuando se celebra la capacidad autorreguladora del mercado, se está celebrando su sacrificialidad. El desempleo es necesario para salvar empresas. Mantener la plantilla, sin despedir empleados, es no ser sacrificialista. Pero tiene un precio: no ser eficaz, permanecer económicamente débil, perder frente a la competencia y autosacrificarse, muriendo empresarialmente.

De acuerdo a esta lógica, cobrar la deuda externa implica generar un genocidio inconsciente. Por tener que pagar la deuda externa, un gobierno se ve obligado a reducir las inversiones sociales - complementación nutricional en las escuelas, la salid pública, el saneamiento básico (inversiones sin retribución financiera, solamente social), la seguridad - lo que produce la muerte y la enfermedad de muchísimas personas, sobre todo de ancianos y de niños.

Los representantes financieros argumentan que sería irresponsable no cobrar la deuda externa porque hay contratos en juegos y existe una legislación internacional. En la esfera de los negocios, nadie regala nada a nadie; por tanto, cobrémosla. En otras palabras: sería irresponsable no querer el genocidio implícito. Permitámoslo. Los nazis argumentaban de la misma manera: es irresponsable no matar judíos. Existe una legislación sobre la pureza racial; por lo tanto, matémoslos. Es legal, pero ¿es justo?

Aquí aparece el mecanismo sacrificialista del sistema económico actual en su forma contemporánea, neoliberal y mundializada. Sacrifica más personas que las que sacrificaban los aztecas en las pirámides o los cananeos a su estatua de Moloc. Pero los agentes del mercado no quieren reconocerlo. Sin embargo, los niveles de miseria, de hambre y de exclusión de los países empobrecidos lo comprueban irrefutablemente, a través de los índices de los propios organismos del mercado, como el Banco Mundial y el FMI.

Cabría aquí una palabra sobre la necesidad de planificar el lado libre del mercado autorregulador. El mercado se autorregula a la costa de sacrificios crecientes. Es función del Estado, como gerente del bien común desde una perspectiva realista, planificar a fin de reducir esa voracidad a niveles soportables, especialmente en tres áreas: garantizando pleno empleo (tendencialmente) cuidando de la distribución de la renta y velando por la preservación de la naturaleza.

La esencia ética de la opción socialista reside en no entregar a los mecanismos autorreguladores del mercado la consecución de las metas sociales fundamentales. El socialismo pretende garantizar, de manera razonable, el principio de la destinación común de los bienes de la naturaleza e inclusive de los frutos del trabajo humano, para formar el bien común social y ecológico.

La teoría de Girard sobre el deseo mimético nos permite entender mejor los mecanismos de reproducción de la violencia. La violencia de los marginados y de los oprimidos es reflejo mimético de la violencia primera y modélica de las clases dominantes que impiden que se realice el deseo de las mayorías. Los oprimidos son violentos porque se encuentran, contra su voluntad, encuadrados en una sociedad violenta. Son las víctimas sobre las que la clase dominante descarga su violencia y elabora la paz entre los lobos.

La clase dominante (y lo es por utilizar la violencia de manera permanente) inventa continuamente chivos expiatorios. Tiene que inventarlos para esconder la propia violencia. Son los pobres, o los negros, o los sin-tierra, los marxistas, los subversivos, la Iglesia progresista, las izquierdas, los refractarios a la modernización neoliberal y la privatización. Excusándose en aniquilar a la víctima, puede descargar su violencia sobre ella, aplicarle las leyes, castigarla de mil formas, hasta con la exclusión sistemática del proceso de producción y de consumo, tal como ocurre actualmente a nivel mundial. Y lo que es peor: crea una interpretación ideológica sobre la situación de crisis permanente en Brasil, diciendo que es consecuencia de la esclavitud, del mestizaje, de nuestro sustrato latino-católico-medieval. Tales pretextos pretenden ocultar el hecho de que ella es la causante principal (no exclusiva) de la herencia de exclusión que estigmatiza históricamente nuestra realidad social.

Si miramos bien, los únicos que realmente trabajaron del sol a sol y construyeron casi todo lo que existe en este país fueron los negros, en sus días esclavizados. Hoy son difamados como perezosos, inútiles, refractarios a todo tipo de trabajo, pensando solo en carnaval y en samba. Esto es una profunda injusticia y una mentira histórica.Son los recursos miméticos de las clases dominantes que crean chivos expiatorios para enmascarar su propia violencia y ocultar su falta de solidaridad y de sentido de justicia histórica; con ellas se podrían reparar las maldades perpetradas contra los negros y los pobres en la historia de Brasil.

Por otro lado, las víctimas colectivas de la violencia no aceptan tal condena y tratan de defenderse dentro del férreo círculo de violencia, ahora de antiviolencia mimética. El círculo siempre se vuelve vicioso, sin posibilidades de ser virtuoso. Esto implicaría una revolución en las relaciones sociales, basadas ya no en el deseo mimético sino en el deseo comunitario y solidario.

No es fatal que el tercero, el rival que tambien desea, desee solo para sí, excluyendo al otro. Hay una actitud alternativa: construir solidaridad y comunión, con los otros deseantes, en torno al mismo objeto deseado por todos. Surgiría así otro tipo de sociedad, no violenta sino solidaria; no individualista sino comunional; no desgarrada sino integrada.

René Girard entrevé el fenómeno cristiano la superación de la práctica sacrificial. Jesús inaugura otro deseo mimético (desiderio desideravi... "deseo ardientemente comer esta Pascua con vosotros", del evangelio de Lucas 22,15), el de la donación y de la autoentrega. En lugar del sacrificio que elimina al oro, Jesús presenta el don de sí, libre, amante y total hasta el punto de autosacrificarse por él. Esta actitud, que rompe la violencia, inaugura una nueva comunión y una nueva comunidad humana, en la que la colaboración y el amor son la ley y la norma, donde la competitividad es solo en el sentido del mejor y más generoso al servicio de todo.

Leonardo Boff en La voz del arcoiris (2005)

martes, 13 de enero de 2015

La libertad como bien superior

"La libertad, aunque comporta la posibilidad de todos los males, es un bien superior a la falta de libertad".

José María Cabodevilla en "La Jirafa tiene ideas muy elevadas".

martes, 9 de diciembre de 2014

La gravedad del orgullo

El vicio al que me refiero es el orgullo o la vanidad, y la virtud que se le opone es, en la moral cristiana, la humildad. Tal vez recordéis, cuando hablaba de moral sexual, que os advertí que el centro de la moral cristiana no residía allí. Pues bien, ahora hemos llegado a ese centro. Según los maestros cristianos, el vicio esencial, el más terrible de todos, es el orgullo.

La falta de castidad, la ira, al codicia, la ebriedad y cosas tales son meros pedacitos en comparación. Fue a través del orgullo como el demonio se convirtió en demonio: el orgullo conduce a todos los demás vicios: es el estado mental completamente anti-Dios.

(...)

El orgullo no deriva de ningún placer de poseer algo, sino solo de poseer algo más de eso que el vecino. Decimos que la gente está orgullosa de ser rica, o inteligente, o guapa, pero no es así. Están orgullosos de ser más ricos, más inteligentes o más guapos que los demás. Si todos los demás se hicieran igualmente ricos, o inteligentes, o guapos, no habría nada de que estar orgulloso. Es la comparación lo que nos vuelve orgullosos: el placer de estar por encima de los demás. Una vez que el elemento de competición ha desaparecido, el orgullo desaparece. Por eso digo que el orgullo es esencialmente competitivo de un modo en que los demás vicios no lo son.

(...)

El orgullo es competitivo por su naturaleza misma: por eso cada vez demandan más y más poder. Si soy orgulloso, mientras haya otro hombre en el mundo que sea más poderoso, más rico o más inteligente que yo, ese hombre será mi rival y mi enemigo.

C.S. Lewis en Mero Cristianismo.

Gravedad de los pecados espirituales

Si alguien piensa que los cristianos consideran la falta de castidad como el vicio supremo, está del todo equivocado. Los pecados de la carne son malos, pero son los menos malos de todos los pecados. Los perores placeres son puramente espirituales: el placer de dejar a alguien en ridículo, el placer de dominar, de tratar con desprecio, de denigrar; el placer del poder o del odio. Puesto que hay dos elementos en mí, compitiendo con el ser humano en que debo intentar convertirme.

C.S. Lewis en Mero Cristianismo.

sábado, 19 de julio de 2014

Violencia como fruto de la frustación

Hay un tipo de violencia cuya principal raíz es la frustración. Cuando el individuo se ve frustrado en sus necesidades más hondas y se hunde en el desencanto, el vacío interior o el desengaño, se le hace difícil creer en el amor y la justicia, en la sociedad o en el futuro. Más bien crece en el la rabia, la hostilidad y el odio a la vida.

Lo que se desea demostrar es que la vida es mala, que los hombres son malos, que uno mismo es malo.

J. A. Pagola (1996) en Es Bueno Creer.

viernes, 18 de julio de 2014

Cristianismo y esperanza

Desde una perspectiva cristiana, se puede decir que creer en Jesucristo es descubrir la esperanza última que anima la existencia humana. Por eso, si un cristiano pierde la esperanza, lo ha perdido todo. Sin la esperanza, la fe cristiana se va vaciando de vida. El cristianismo decae y pierde vigor. Solo la esperanza moviliza la fe y anima desde dentro la vida cristiana.

Jose Antonio Pagola (1996) en Es Bueno Creer.

lunes, 17 de febrero de 2014

[El] Génesis (...) al señalar que el hombre es creado por el único Dios bueno, a partir de una materia buena, aunque frágil: el barro (Adamah). Adám es, pues, "barro" y, por lo mismo, "la embarra". Así, el mal no proviene de una substancia maligna, (pues toda substancia es buena ya que proviene del único Dios bueno); sino de la fragilidad de la creatura que no es Dios, aunque pretenda serlo.

Antonio Bentué en Historia de las religiones.

domingo, 16 de febrero de 2014

El infierno en la Biblia (Álvarez)

Una habitación para todos

Cuando pronunciamos la palabra infierno, inmediatamente nos viene a la mente la imagen de una gran hoguera, con altas llamaradas, mientras una cuadrilla de diablos atormenta con tridentes y toda clase de suplicios.

Pero, ¿existe el inferno? Y si es así, ¿en qué consiste? ¿revela la biblia algún detalle sobre él?

Para responder a estas preguntas, primero debemos tener en cuenta que sobre ese tema la mentalidad bíblica ha ido evolucionando. En los primeros tiempos, los israelitas se preguntaban mucho qué ocurriría después de la muerte. Simplemente creían que todos los hombres, buenos y malos, justos e injustos, al morir bajaban a una inmensa habitación oscura y silenciosa llamada sheol, donde llevaban una vida debilitada y somnolienta.

Así, por ejemplo, vemos que tres personajes malvados Coré, Datám y Abirón, que se sublevaron contra Moisés, murieron y bajaron al sheol (Núm 16,28-30). Y alguien tan venerado como el patriarca Jacob (Gn 37,35), o el piadoso rey Ezequías (Is 38,10), tambien al morir terminan yendo al sheol. Job mismo dice: "Sé que al morir me iré al lugar donde se reúnen todos los mortales" (Job 30,23).

Para la mentalidad primitiva, pues, no había diferencia en el destino final de los hombres. Todos, buenos y malos, iban a parar al mismo lugar.

Nace la diferencia

Con el paso del tiempo se empezó a ver lo errado de esta manera de pensar. No era posible que tuvieran un final semejante los que habían llevado una vida buena y los que habían llevado una vida de pecado. Así, alrededor del año 200 a.C., los judíos dejaron de creer en el sheol como único final para todos, y comenzaron a enseñar que en el otro mune había dos habitaciones distintas, una para los justos y otra para los pecadora. Y que allí los pecadores serían atormentados con castigos.

El primer libro de la Biblia que afirma esto es el de Daniel, escrito alrededor del año 165 a.C. Ahí leemos: "muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la vergüenza y el horror eternos". (12.2-3).

Esta es la primera vez que en el Antiguo Testamento se menciona lo que nosotros llamaremos después "infierno". Aquí se le denomina "vergüenza y horror eternos", pero no explica en qué consiste. Lo único que queda claro es que se trata de un destino diferente al de los buenos.

La segunda vez que se habla del infierno es en el libro de la Sabiduría, escrito alrededor del año 50 a.C.: "Los pecadores recibirán el castigo que sus pensamientos merecen, por despreciar al justo y apartarse de Dios". (3,10).

Enviado con una sola misión

Cuando Jesús empezó a predicar, la originalidad de su mensaje fue que él hablaba en sus discursos exclusivamente de la salvación, no de salvación y condenación. Por eso llamó a su mensaje Buena Noticia.

Basta comparar una frase suya con la de Juan Bautista para darnos cuenta. Mientras Juan anunciaba: "Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca. El hacha ya está puesta en la raíz del árbol, y el que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego" (Mt 3,2.10), Jesús solo decía: "Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca". (Mt 4,17).

Lo mismo vemos cuando Jesús fue a predicar a la sinagoga de Nazaret. Leyó un largo pasaje del protesta Isaías, pero al llegar a la última parte, donde Isaías anunciaba "un día de venganza" contra la gente, Jesús se detuvo y lo cortó (Lc 4,16-19). Y Lucas comenta que todos se admiraban de las palabras "llenas de gracia" que salían de su boca".

Sus parábolas sobre el perdón (como la del hijo pródigo, el fariseo y el publicano, la oveja perdida), y su actitud de misericordia hacia los pecadores más despreciables (la adúltera, la prostituta, los cobradores de impuestos) muestran hasta dónde la salvación era el único objeto de su prédica. Se lo dice claramente a Nicodemo: "Dios no ha enviado a su Hijo a condenar al mundo, sino a salvarlo" (Jn 3,17). Y tambien a los jefes judíos: "No he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo" (Jn 12,47).

Cuatro descripciones del infierno

Sin embargo, en algunas enseñanzas de Jesús admite la posibilidad de una condena eterna. Lo hace, por ejemplo, cuando habla de "perder la vida" (Mc 8,35), "perder el alma y el cuerpo" (Mt 10,28), "no ser conocido" (Mt 7,23), "se apartado" (Mt 7,23), "ser echado fuera" (Lc 13,28). Con estas expresiones Jesús presenta la condena eterna, o sea, el infierno, como una exclusión del ámbito de Dios, como un no permitirle al hombre unirse a Dios en el más allá. Por lo tanto, para Jesús el infierno es simplemente ausencia de Dios.

Pero además de estas expresiones, en otras palabras de Jesús encontramos cuatro imágenes que describen de alguna manera cómo es el infierno. Estas son: a) fuego que no se apaga; b) gusanos que no mueren; c) tinieblas exteriores; y d) llanto y rechinar de dientes.

La vida como basura inútil

El elemento más característico del infierno es el fuego. El Nuevo Testamento lo menciona de seis maneras distintas: fuego que no se apaga (Mc 9,48), fuego eterno (Mt 25,41), horno de fuego (Mt 13,42), fuego ardiente (Heb 10,27), lago de fuego y azufre (Apoc 19,20) Gehena de fuego (;t 5,22), y llama que atormenta (Lc 16,25).

Los teólogos han discutido durante siglos sobre la realidad de este fuego, pero hoy sabemos que se trata simplemente de un símbolo, de un lenguaje figurado, del mismo modo que es simbólica la frase de Jesús cuando nos dice que debemos arrancarnos un ojo o cortarnos la mano si ellos nos hacen pecar (Mt 5,27-30).

Sin embargo, para la mentalidad judía, el fuego ardiente estaba asociado, más que a la idea de un dolor grande, al lugar donde iba a parar la basura, aquello que ya no sirve, el desperdicio. Por eso Jesús dice que el árbol que no da fruto es arrojado al fuego (Mt 7,19), y que la cizaña inservible es quemada (Mt 13,30). Por lo tanto, decir que alguien va a ser quemado equivale simplemente a decir quemes un inútil, que no sirve para nada. No que va a sufrir mucho.

Por eso, ante el abuso de muchos cristianos que se habían esmerado en describir con detalles el fuego del infierno, el papa Juan Pablo II aclaró, en una catequesis pronunciada el 28 de julio de 1999, que se trata de "imágenes que expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios". De esta manera, Juan Pablo II se convertía en el primer para que eliminaba el "fuego" del infierno.

Gusano, tinieblas y llanto

El segundo elemento mencionado por Jesíus sobre el infierno es el "gusano que no muere". Solo o trae Marcos (9,48). ¿Qué significado tiene? Para la Biblia, la presencia del gusano alude (igual que el fuego) a lo inservible e inútil. Lo menciona en el maná podrido (Éx 16,20), en los enfermos pestilentes (2Mac 9,9; Hch 12,23), en los cadáveres (Is 14,11; 66,24). Por lo tanto, afirmar que en el infierno hay gusanos que no mueren significa que la situación de los que se condenan es como la de un cadáver descompuesto o la de un montón de basura inútil.

El tercer elemento del infierno es el de las "tinieblas exteriores". Solo lo cita san Mateo (8,12; 22,13; 25,30)- ¿Por qué emplea esta figura? Los judíos imaginaban la salvación enteran como una gran banquete, espléndidamente iluminado. Era lógico pues, que imaginaran el infierno como lo contrario, es decir, como "tinieblas que quedaban afuera" de ese banquete. Las tinieblas simbolizan simplemente la no participación en la fiesta final.

El cuarto elemento es el "llanto y rechinar de dientes". Lo menciona Mateo (8,12) y Lucas (13,28). El rechinar de dientes en la Biblia aparece siempre como un ejemplo de rabia  y de odio (Job 16,9; Sal 35,16; Hch 7,54). Unida al llanto, la frase completa quiere expresar el dolor y la desesperación de los que quedan excluidos de a salvación.

Sin fiesta final

Estas cuatro imágenes son las únicas, en toda la Biblia, que describen el infierno. Pero, como vimos, son simples imágenes simbólicas, tomadas del ambiente semita, que solo quieren demostrar que la situación futura de quienes se condenan será la de una existencia absurda y sin sentido por haber rechazado a Dios en sus vidas. De la misma manera que la salvación eterna se describe de un modo simbólico, como una gran fiesta con abundante comida y excelentes vinos.

La Palabra de Dios, pues, si bien enseña la existencia del infierno, jamás ha explicado en qué consiste. Lo único que afirma claramente es que se trata de la "no salvación", un estar sin Dios. Pero sobre los sufrimientos o penas que allí habrá no dice una sola palabra.

El infierno como situación

Si la Biblia no da detalles sobre los sufrimientos del infierno es porque, en realidad, se trata de un tema secundario. Pero, ¿es posible preguntarse, aunque sea como suposición, en qué consiste el infierno?

Antes que nada, debemos aclarar que el infierno es un castigo inventado por Dios para los pecadores. Pensar así lo convierte a Dios en un ser cruel y despiadado, un ser sádico que se venga de los seres humanos que le han desobedecido, justamente cuando estos no tienen ya posibilidad alguna de enmendar la situación. Más bien el infierno es un "fracaso" de Dios, una "tragedia" para Dios, que él no puede evitar porque respeta profundamente la libertad y la elección de cada hombre.

Como enseñaba Juan Pablo II en al mencionada catequesis, el infierno no es un "lugar" creado por Dios, sino una "situación" que no existe independiente de la persona que se aleja de Dios. También el cielo es una "situación", un "estado" de amor de la persona. Al ser, pues, el cuelo y el infierno una situación humana, ni siquiera Dios puede obligar a nadie entrar en ellos. Así como Dios no puede salvar a nadie a la fuerza, tampoco puede condenar a nadie. Es simplemente la consecuencia de las opciones del ser humano.

Un regalo maligno

Aclarado este punto, nos preguntamos ahora: ¿en qué consiste el infierno? ¿cómo será aquella realidad que deberán enfrentar los que se han condenado? A lo largo de la historia los teólogos han propuesto diferentes hipótesis, que pueden resumirse en tres.

La primera es la del infierno como situación de dolor permanente. ¿Qué enseña esta postura? Que al morir, la persona está destinada en el más allá a vivir para siempre sin Dios. Y como todo ser humano fue creado para estar junto a Dios, la imposibilidad de estar con Él en la otra vida le producirá un dolor "infernal", un tormento atroz y brutal, que durará por toda la eternidad.

A esta explicación del infierno se le puede hacer una crítica. La posibilidad de resucitar en el más allá no es una facultad que el hombre tiene por naturaleza. Es un regalo que Dios hace a cada persona luego de su muerte. Como dice San Pablo: "El don de Dios es la vida eterna, en Cristo Jesús" (Rom 6,23). Ahora bien, si a una persona luego de su muerte le espera la condenación, ¿para qué Dios le va a resucitar? ¿por qué no la deja que se quede muerta definitivamente? ¿le va a a regalar la resurrección solo para poder castigarla y torturarla eternamente en el otro mundo?.

La muerte que acaba todo

Por eso, algunos teóloga (como Ch. Duquoc, P. Schoonenberg, E. Schillebeeckx) han hecho una segunda propuesta: la del infierno como "muerte definitiva". Según esta, como la resurrección es un don de Dios, un regalo de su amor, si alguien rechaza a Dios simplemente no resucitará en el más allá. El infierno sería, pues, no resucitar, caer en la nada, no recuperar la vida.

Quienes defienden esta postura la fundamentan en algunos dichos de Jesús, el cual en ciertas ocasiones da a entender que solo resucitarán los buenos. Por ejemplo, cuando dice: "se te recompensará en la resurrección de los justos" (Lc 14,14), como si los pecadores no fueran a resucitar. O cuando enseña: "los que sean dignos de entrar en la otra vida y de resucitar de entre los muertos" (Lc 20,35), como si algunos fueran declarados indignos de resucitar.

Esta segunda hipótesis tiene un punto débil. Es cierto que Dios respeta la libertad humana, y que si alguien libremente se niega a aceptar la vida que él ofrece, con dolor de Padre aceptará su voluntad y lo dejará condenarse. Pero, ¿puede una libertad finita del hombre merecer un castigo infinito? ¿puede un pecado temporal acarrear un castigo eterno? ¿cómo es posible que a alguien, que en este mundo solo rechazó a las criaturas de Dios, se lo castigue privándole de la persona de Dios?.

Como estrellas distintas

Esto ha llevado a los teólogos a una tercera propuesta: la del infierno como condenación del mal de cada uno. ¿Qué significa esto? Que todos nos vamos a salvar, pero de diferente manera. En efecto, nadie es tan absolutamente malo que no tenga algo buenos su haber. Y ningún pecado, por serio y grave que sea, pueden aniquilar ese algo de bondad que hay en cada persona. De modo que Dios, al final, salvará en toda persona lo que "pueda", es decir, el resto de la bondad que queda en todo hombre. La misma persona, pues, se salvará en parte y se condenará en parte. Dios salvará lo bueno que hay en cada uno y condenará y anulará lo malo. Como dice el teólogo Urs von Balthasar: "Toda persona escuchará ambas frases: ·aparte de mí al fuego eterno· y "·vengan, benditos de mi Padre·". O sea, unos se salvarán plenamente, y toros se salvarán más disminuidos, según lo que cada uno tenga de "salvable".

Esta explicación (ya aceptada en el siglo IV nada menos que por San Ambrosio), parece justificada por las palabras de Pablo (1Cor, 3,15), el cual al hablar del día del juicio enseña que toda persona tiene algo que salvar, incluso aquellas cuyas malas obras quedan anuladas en el juicio: "Aquel cuya obra quede destruida, sufrirá daño, pero él se salvará, aunque como quien ha pasado por el fuego" (es decir, disminuido). Y más adelante dice "Así como entre las estrellas hay diferentes brillos, así tambien será en la resurrección de los muertos" (1Cor 15,41-42).

Esta tercera propuesta (aunque tampoco resiste todas las críticas) parecería ser la que, de alguna manera, mejor refleja la imagen del Dios de la Biblia.

El plan de Dios

Ninguna hipótesis presentada por los teólogos hasta ahora puede explicar plenamente el infierno. Lo que sí está claro es que hay "algo" en el más allá, que no sabemos bien en qué consiste, al que llamamos "infierno", y que hace la diferencia entre ser bueno y ser malo.

En efecto, no todos tendrán el mismo destino después de la muerte. Dependerá de cómo haya vivido cada uno. No da lo mismo ser justo que injusto, ayudar a los demás que maltratarlos, ser sembrador de paz que ser violento.

Es que cada acto de amor que uno hace, cada gesto de servicio, aun cuando nadie se entere, provoca en lo íntimo de cada persona un reclamo de resurrección, un grito de la vida plena, un retazo de cielo fascinante. Y toda acción maña genera en el hombre una mengua, un menoscabo, un deterioro íntimo que lo hará surgir apocado, "condenado" en la otra vida. Pero mientras tranto, nuestra tarea es la de anunciar la salvación de todos, sin cerrar de antemano las puertas del paraíso a nadie. Porque dice la Biblia que Dios tiene un plan: "quiere que todos los hombres se salven" (1Tim 2,4). Y nosotros no tenemos por qué arruinarle los planes a Dios.

Ariel Álvarez Valdés en Enigmas de Biblia 6.

Dios no prueba a nadie


Ninguno, cuando sea probado [tentado] diga: "Es Dios quien me prueba", porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie. Sino que cada uno es probado por su concupiscencia que le arrastra y le seduce. Después la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte.

Sant 1,13-15 en Biblia de Jerusalén

La libertad humana (Eclo 15,11-20)


No digas: "por el Señor me he apartado", lo que Él detesta no lo hace.
No digas: "Él me ha extraviado", pues Él no ha menester del pecador.
Toda abominación odia al Señor, tampoco la aman los que le temen a Él.
Él fue quien al principio hizo al hombre y le dejó en sus manos su propio albedrío.

Si tú quieres, guardarás los mandamientos para permanecer fiel a su beneplácito. Él te ha puesto delante fuego y agua, a donde quieras puedes llevar tu mano.

Ante los hombres la vida está y la muerte, lo que prefiera cada cual, se le dará.

Que grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder, todo lo ve. Sus ojos están sobre los que le temen, Él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia para pecar. 

Eclo 15, 11-20  
desde la Biblia de Jerusalén.