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lunes, 24 de febrero de 2020

Chernóbil y la puesta en tela de juicio de la visión del mundo

Yo soy testigo de Cherbóbil..., el acontecimiento más importante del siglo xx, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. Han pasado veinte años de la catástrofe, pero hasta hoy me persigue la misma pregunta: ¿de qué dar testimonio? ¿del pasado, o del futuro? Es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror.

Pero yo miro a Chernóbil como al inicio de una nueva historia, Chernóbil no solo significa conocimiento, sino también preconocimiento, porque se el hombre se ha puesto en cuestión con su anterior concepción de sí mismo y del mundo. Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción de tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?
(...)

Chernóbil es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del sigo xxi. Un reto para nuestro tiempo. Ha quedado claro que además de los desafíos comunista y nacionalista y de los nuevos retos religiosos entre los que vivimos y sobrevivimos, en adelante nos esperan otros más, más salvajes y totales, pero que aún siguen ocultos ante nuestros ojos. Y, sin embargo, después de Chernóbil, algo se ha vislumbrado.

La noche del 26 de abril... Durante aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no solo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación. Se ha roto el hilo del tiempo. De pronto el pasado se ha visto impotente; no encontramos en él en qué apoyarnos; en el archivo omnisciente (al menos así nos lo parecía) de la humanidad no se han hallado las claves para abrir esta puerta.
(...)

Entre el momento en que se produjo la catástrofe y cuando se empezó a hablar de ella se produjo una pausa. Un momento para la mudez. Y lo recuerdan todos. Allá por las altas esferas de tomaban decisiones, se confeccionaban instrucciones secretas, se mandaba que levantan vuelo los helicópteros, o que se trasladaran por las carreteras enormes cantidades de transportes, abajo se esperaba recibir información y se pasaba miedo, se vivía a base de rumores, pero todos guardaban silencio sobre lo principal: ¿qué es lo que realmente había sucedido? No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar, así es como podemos definir hoy nuestro estado entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos, aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía. Estábamos ante el efecto de una conmoción (...).

Ante Chernóbil todo el mundo se ponía a filosofar. Las personas se convertían en filósofos. Los templos se llenaron de nuevo. Se llenaron de creyentes y de gente que hasta el día anterior era atea. Gente que buscaba respuestas que no les podían dar ni la física ni las matemáticas. El mundo tridimensional se abrió y dejé de encontrarme con valentones que se atrevieran a jurar sobre la biblia del materialismo.

De pronto, se encendió cegadora la eternidad. Callaron los filósofos y los escritores, expulsados de sus habituales canales de la cultura y la tradición. Durante aquellos primeros días, con quien resultaba más interesante hablar no era con los científicos, los funcionarios o los militares de muchas estrellas, sino con los viejos campesinos. Gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo. Y su conciencia no se destruyó.
(...)

Todo lo que conocemos de los horrores y temores tiene más que ver con la guerra. El gulag estalinista y Auschwitz son recientes adquisiciones del mal. La historia siempre ha sido un relato de guerras y de caudillos; y la guerra constituía, digamos, la medida del horror. Por eso, la gente confunde los conceptos de guerra y catástrofe. En Chernóbil se diría que están presentes todos los rasgos de la guerra: muchos soldados, evacuación, hogares abandonados... Se ha destruido el curso de la vida. Las informaciones sobre Chernóbil están plagadas de términos bélicos: átomo, explosión, héroes... Y esta circunstancia dificulta la comprensión de que nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes... Pero el hombre no quiere pensar en esto, porque nunca se ha parado a pensar en esto, se esconde tras aquello que le resulta conocido. Tras el pasado. Hasta los monumentos a los héroes de Chernóbil parecen militares.

En mi primer viaje a la zona, los huertos se cubrían de flores, brillaba alegre al sol la hierba joven. Cantaban los pájaros. Era un mundo tan familiar..., tan conocido. La primera idea que te asaltaba era que todo estaba en su lugar, como siempre. La misma tierra, el mismo agua, los mismos árboles... En ellos, tanto las formas como los colores, así como los olores, son eternos, y nadie será capaz de cambiarlos, ni siquiera un poco. Pero ya el primer día me explicaron que no hay que arrancar las flores de la tierra, que es mejor no sentarse en el pasto, como tampoco hay que beber agua de los manantiales. Al atardecer, vi como los pastores querían dirigir hacia el río al cansado rebaño, pero las vacas se acercaban al agua y, al instante, daban media vuelta. De algún modo intuían el peligro. Y los gatos, me contaban, dejaron de comer los ratones muertos de los que estaba lleno el campo y los patios. La muerte se escondía en todas partes, pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso.

El hombre se vió sorprendido y no estaba preparado para esto. No estaba preparado como especia biológica, pues no le funcionaba todo su instrumental natural, los sensores diseñados para ver, oír, palpar... los sentidos ya no servían para nada: los ojos, los oídos y los dedos ya no servían, no podían servir, por cuanto que la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorpórea. Nos hemos pasado la vida preparándonos para la guerra, tantas cosas que sabemos de ella, ¡y de pronto esto!. Ha cambiado la imagen del enemigo. Nos ha salido un nuevo enemigo... enemigos. Mataba la hierba segada. Los peces pesados en el río, la caza de los bosques... las manzanas... el mundo que nos rodeaba, antes amoldable y amistoso, ahora infundía pavor. La gente mayor, cuando se marchaba evacuada y aún sin saber que era para siempre, miraba el cielo y se decía: "Brilla el sol. No se ve humo, ni gases. No se oyen disparos. ¿Qué tiene esto de guerra? En cambio, nos vemos obligados a convertirnos en refugiados". Un mundo conocido, convertido en desconocido.

¿Cómo comprender dónde nos encontramos? ¿Qué nos está pasando? Aquí. Ahora. No hay a quién preguntar.

En la zona y su alrededor, asombraba la enorme cantidad de maquinaria militar. Los soldados marchando en formación con sus armas recién estrenadas. Con todo el armamento reglamentario completo. No sé por qué razón no se me quedaron grabados los helicópteros ni los blindados, sino solo esos fusiles. Las armas. Hombres armados en la zona de Chernóbil. ¿A quién iban a disparar o contra qué defenderse? ¿De la física? ¿De las invisibles partículas? ¿Ametrallar la tierra contamina o los árboles? (...)

Asistí a cómo el hombre anterior a Chernóbil se convirtió en el hombre post Chernóbil.

Más de una vez - y aquí hay que pararse a pensar - me han llegado opiniones según las cuales el comportamiento de los bomberos de la primera noche apagaron el incendio de la central atómica, así como el de los liquidadores, recordaba al de los suicidas. Un suicidio colectivo. Los liquidadores trabajaban a menudo sin los uniformes especiales de protección, se dirigían sin protestar allí donde morían los robots, se les ocultaba la verdad sobre las altas dosis recibidas, y ellos se resignaban a aquello, y luego se alegraban al recibir los diplomas y medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte. Y a muchos ni siquiera llegaron a tiempo de entregárselos.

Así pues, ¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviética? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa. ¿Quién puede imaginarse aunque sea por un segundo el panorama si hubieran explotado los tres reactores restantes?

Son unos héroes. Héroes de la nueva historia. Se los compara con los héroes de las batallas de Stalingrado o de Waterloo, pero ellos han salvado algo más importante que su patria, han salvado la vida misma. El tiempo de vida. El tiempo vivo. Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros seres vivos. Animales y plantas.

Cuando fui a verlos... Y cuando escuchaba sus relatos sobre cómo se dedicaban (¡los primeros y por primera vez!) a una nueva tarea, humana e inhumana a la vez, que era la de enterrar la tierra en la tierra, la de enterrar en búnkeres de hormigón especiales las capas contaminadas junto con todos sus habitantes: escarabajos, arañas, crisálidas... Los más diversos insectos cuyos nombres incluso desconocían. O no recordaban.

Estos hombres tenían una idea completamente distinta de la muerte, y esta idea se extendía a todo: desde el ave a la mariposa, su mundo ya era otro mundo; un mundo con un nuevo derecho a la vida,  con un nuevo sentido de la responsabilidad y un nuevo sentimiento de culpa.
(...)

El tiempo se había mordido la cola. El principio y el fin se habían unido. Para aquellos que estuvieron allí, Chernóbil no terminaba en Chernóbil. Y estos hombres no regresaron de una guerra... sino se diría que regresaron de otro planeta. Yo comprendí que de manera completamente consciente aquellos hombres convertían sus sufrimientos en un nuevo conocimiento. Nos lo regalaban diciéndonos: habrán de hacer alguna cosa con este conocimiento y emplearlo de algún modo.

Los héroes de Chernóbil tiene un monumento. Es el sarcófago y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del sigo XX.

En la tierra de Chernóbil, uno siente lástima del hombre. Pero más pena dan los animales. Y no he dicho una cosa por otra. Ahora lo aclaro... ¿Qué es lo que quedaban en la zona muerta cuando se marchaban los hombres? Las viejas tumbas y las fosas biológicas, los así llamados cementerios para animales. El hombre solo se salvaba a sí mismo, traicionando al resto de los seres vivos.

Después de que las poblaciones abandonaran el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiro a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanos..., también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.

Hubo un tiempo en que los indios de México e incluso los hombres de la Rusia precristiana pedían perdón a los animales y a las aves que debían sacrificar para alimentarse. Y en el Antiguo Egipto, el animar tenía derecho a quejarse del hombre. En uno de los papiros conservados en una pirámide se puede leer: "No se ha encontrado queja alguna del toro contra N". Antes de partir hacia el reino de los muertos, los egipcios leían una oración que decía: "No he ofendido a animal alguno. Y no le he privado ni de grano ni de hierba".

¿Qué nos ha dado la experiencia de Chernóbil? ¿Ha dirigido nuestra mirada hacia el misterioso y callado mundo de los "otros"?

En una ocasión vi como soldados entraron en una aldea de la que se habían marchado sus habitantes y se pusieron a disparar. Gritos impotentes de los animales... Gritaban en sus diferentes lenguas. Sobre este hecho ya se ha escrito en el Nuevo Testamento: Jesús llegó al Templo de Jerusalén y vio allí a unos animales dispuestos para el sacrificio ritual: con los cuellos cortados y desangrándose. Entonces Jesús gritó: "Habéis convertido la casa de oraciones en una cueva de ladrones". Podía haber añadido "en un matadero". Para mí, las centenares de "biofosas" abandonadas en la zona representan aquellos mismos túmulos funerarios de la Antigüedad. Pero ¿dedicados a qué dioses? ¿Al dios de la ciencia y el saber, o al dios del fuego? En este sentido, Chernóbil ha ido más que Aushwitz y Kolimá. Más allá del Holocausto. Nos propone un punto final. Se apoya en la nada.

Veo el mundo de mi entorno con otros ojos. Una pequeña hormiga se arrastra por el suelo y ahora me resulta más cercana. Un ave surca el cielo y me resulta más próxima. Se ha reducido la distancia entre ellos y yo. No existe el abismo de antes. Todo es vida.

También se me grabaron cosas como ésta. Me contaba un viejo apicultor (y más tarde lo escuché de otra gente): "Salí por la mañana al jardín y noté que faltaba algo, cierto sonido familiar. No había ni una abeja. ¡No se oía a ni una abeja! ¡Ni una! ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Tampoco el segundo día levantaron el vuelo. Ni al tercero. Luego nos informaron de que en la central nuclear se había producido una avería, y la central está aquí al lado. Pero durante mucho tiempo no supimos nada. Las abejas se habían dado cuenta, pero nosotros no. Ahora, si noto algo raro, me fijaré en ellas. En ellas está la vida".

Otro ejemplo. Entablé conversación junto al río con unos pescadores y estos me contaron:
"Nosotros esperábamos que nos explicaran la cosa por la televisión. Que nos dijeran cómo salvarnos. En cambio, las lombrices... Las lombrices más comunes se enterraron muy hondo en la tierra, se fueron a medio metro y hasta a un metro de profundidad. En cambio, nosotros no entendíamos nada. Cavábamos y cavábamos. Y no encontramos ni una lombriz para pescar".

¿Quién es el primero, quién está más sólida y más eternamente ligado a la tierra, nosotros o ellos? Lo que tendríamos que hacer en aprender de ellos cómo sobrevivir. Y cómo vivir.

Han confluido dos catástrofes. Una social: ante nuestros ojos se derrumbó la Unión Soviética, se sumergió en las aguas el gigantesco continente socialista, y otra cósmica: Chernóbil. Dos explosiones globales. Y la primera resulta más cercana, más comprensible. La gente está preocupada por el día a día y por su vida cotidiana: ¿Con qué comprar? ¿a dónde marcharse? ¿bajo qué banderas avanzar de nuevo? ¿o hay que aprender a vivir por uno mismo, vivir cada uno su propia vida? Esto último lo ignoramos, no lo sabemos hacer. Es algo que experimentamos todos y cada uno. En cambio, Chernóbil es algo que querríamos olvidarnos, porque ante él nuestra conciencia se capitula. Es una catástrofe de la conciencia. Es el mundo de nuestras convicciones y valores ha saltado por los aires. Si hubiéramos vencido a Chernóbil, lo habríamos entendido hasta el final y habríamos escrito más sobre él. En cambio, seguimos viviendo en un mundo cuando nuestra conciencia habita en otro. La realidad resbala sobre nosotros y no tiene cabida en el hombre.
(...)

Un ejemplo. Hasta hoy empleamos los viejos términos de "lejos-cerca", "nuestros-extraños"... Pero, ¿qué quiere decir "lejos" o "cerca" después de Chernóbil, cuando ya al cuarto día sus nubes sobrevolaban África y China? La Tierra ha resultado ser tan pequeña. Ya no es la Tierra que conoció Colón. Es limitada. Ahora se nos ha formado una nueva sensación de espacio. Vivimos en un espacio arruinado.

Más aún. En los últimos años, el hombre vive cada vez más, pero, de todos modos, la vida humana sigue siendo minúscula e insignificante comprada con la de los radionúclidos instalados en nuestra Tierra. Muchos de ellos vivirán milenios. ¡Imposible asomarnos a esa lejanía! Ante este fenómeno experimentas una nueva sensación del tiempo. Y todo esto es Chernóbil. Sus huellas. Lo mismo ocurre con nuestros conocimientos. El pasado se ha visto impotente ante Chernóbil; lo único que se ha salvado de nuestro saber es la sabiduría de que no sabemos. Se está produciendo una perestroika, una reestructuración de los sentimientos.

Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a la mujer acerca de su marido moribundo: "¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido, sino un elemento que hay que desactivar". ¡Ante esto, hasta Shakespeare se queda mudo! Como el gran Dante. Acercarse o no, ésta es la cuestión. Besar o no besar. Una de mis heroínas (embarazada en ese mismo momento) se acercaba y besaba a su marido, y no lo abandonó hasta que le llegó la muerte. El precio que pagó por su acto fue perder la salud y la vida de su hija. Pero ¿cómo elegir entre el amor y la muerte? ¿entre el pasado y el ignorado presente? ¿y quién se creerá con el derecho a echar en cara a otras esposas y madres que no se quedaran junto a sus maridos e hijos? Junto a esos elementos radioactivos. En su mundo se vio alterado incluso el amor. Hasta la muerte.

Ha cambiado todo. Todo menos nosotros.

La zona... es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. Primero se la inventaron lo escritores de ciencia ficción, pero la literatura cedió su lugar ante la realidad. Ahora no podemos creer, como los personajes de Chéjov, que dentro de cien años el mundo será maravilloso, ¡la vida será maravillosa!. Hemos perdido ese futuro. En esos cien años ha pasado el gulag de Stalin, Auschwitz,... Chernóbil... El 11 de septiembre en Nueva York... Es inconcebible cómo se ha dispuesto esta suceción de hechos, cómo ha cabido en la vida de una generación, en sus proporciones. En la vida de mi padre, por ejemplo, que tiene ahora ochenta y tres años. ¡Y el hombre ha sobrevivido!

Un destino construye la vida de un hombre, la historia está formado por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de una manera que no pierdan los destinos de los hombres... ni de un solo hombre.

Svetlana Alexiévich (1997). "Entrevista de la autora consigo misma..." en VOCES DE CHERNÓBIL.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Verdad y consuelo

Si buscas la verdad, al final encontrarás consuelo; si buscas el consuelo, no encontrarás ni el consuelo ni la verdad, sino castillos en el aire al principio y desesperación al final.

C. S. Lewis en Mero Cristianismo (1952)

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Dolor y placer

El dolor siempre pregunta por la causa, mientras que el placer se inclina a quedar en sí mismo y no mirar hacia atrás.

Fiedrich Nietzsche. La gaya ciencia (1882(.

sábado, 9 de marzo de 2019

¿Dónde está el presente?

Lo que menos parece ser, es el presente. A veces se dice que hay que vivir el presente. Y es un consejo razonable. Pero ¿Dónde está el presente? ¿Y cómo puede vivirse en el presente? Se dirá: viva el día presente. Pero el día presente se puede dividir en 12 horas que ya fueron (o sea, pasadas) y 12 horas que aún no han sido (es decir, futuras). ¿Dónde puedo vivir ahora, entonces? ¿En la hora presente? Pero también ella puede dividirse en treinta minutos pasados y treinta minutos futuros. Y si se me pide que viva el minuto o el segundo presente, pasará exactamente lo mismo. ¿Dónde está, entonces, el presente? Está entre el pasado y el futuro, uniéndolos, y eso que ahí está - el límite - y no está ahí en ningún momento, sino que su "ser" es exactamente "dejar de ser".

Jorge Rivera (filósofo chileno) en Bentué A. (2003) "Muerte y búsquedas de inmortalidad" Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago.



martes, 30 de enero de 2018

Las preguntas kantianas y la religión

Las grandes preguntas señaladas por E. Kant - ¿qué podemos saber, qué podemos hacer y qué podemos esperar? - estarán siempre a la orden del día en cualquier territorio o proyecto antropológico y social. Se trata de una exigencia transcultural. Por eso, como respuesta a esta cuestiones centrales, siempre habrá lugar para la ciencia, la ética, la filosofía, la espiritualidad y la religión.

Leonardo Boff (La voz del arcoiris, 2003)

Posmodernidad

La postmodernidad asume todo y estetiza todo; es decir, hace todo objeto de una sensación y de una emoción. Todo es bueno, se se lo parece a usted. Todo puede ser objeto de una vivencia estética: las escenas de terror de gamines o niños de la calle asesinados, la ternura de la Madre Teresa de Calcuta ayudando a los enfermos abandonados en las calles a morir dignamente, la limpieza étnica en Kosovo, la violación de mujeres en Bosnia o el salvamento de náufragos en alta mar, serial killer, ópera, canto gregoriano, pornografía, arte clásico, meditación zen y compromiso con las tribus indígenas amenazadas de exterminio. Todo tiene el mismo valor e interés. Todo propicia una vivencia humana, hasta demasiado humana. No Marx sino Nietzsche es el modelo de pensamiento y compromiso.

Lo que resulta de esta situación es la fragmentación de todo, la disolución de cualquier canon, la carnavalización de las cosas más sagradas, la ironización de las grandes convicciones, la permanente crisis de identidad, la renuncia a cualquier profundidad, denunciada como metafísica, como esencialismo, y la destrucción de las razones para todo compromiso fundamental. Desaparece el horizonte utópico, sin el que ninguna sociedad puede vivir y ningún compromiso humano consigue tener base de sustentación y significado.

En este sentido, la postmodernidad debe ser vista, más que como una nueva fase de la historia, como una actitud del espíritu en contexto de crisis y de ocultamiento de todas las referencias. Sólo quedan las autorreferencias personales del individuo encerrado en sí mismo.

Leonardo Boff (La Voz del Arcoiris, 2003)

jueves, 18 de febrero de 2016

Primeros ritos mortuorios y la creencia en el ánima

Mientras no hay conciencia, el viviente mortal solo se preocupa de vivir, sin plantearse el problema de la muerte; pero, al emerger conciencia, surge la inquietud sobre la muerte, cuya previsión angustia al ser humano.

Sin embargo, esa angustia aparece de inmediato "controlada" por la convicción de que quien muere tiene en sí mismo un poder personal inherente a su cuerpo, que le permite sobrevivir más allá de la muerte y de la descomposición corporal que ella obviamente implica. De esta manera, los primeros vestigios claros de existencia humano que han podido ser mejor estudiados, los del "Sinántropo" (conocido también como "Homo Pekinensis") van vinculados a rituales mortuorios presentes junto a los restos del difunto, en el período del Pleistocene Medio chino (hace unos 5000.000 años). Lo mismo ocurrieron los restos, contemporáneos a los anteriores, encontrados en la isla de Java y conocidos como el "Pitecántropo erecto" (u "hombre de Java"). Em ambos casos aparece la evidencia de que al difunto se le había cortado la cabeza y le habían hecho un orificio en su parte occipital. Este mismo fenómeno mortuorio se encuentra verificado, mucho más tarde, en los restos funerarios descubiertos en diversas partes de Europa, en los numerosos esqueletos humanos del tipo "Neardenthal" (correspondientes a unos 100.000 años de antigüedad). En todos ellos, la decapitación del muerto, así como el orificio en la parte occipital del cráneo, lleva a concluir que le habían extraído el cerebro por ese hoyo, para comérselo en un banquete ritual, manteniendo además el cráneo como trofeo".

Esta práctica da probablemente el verdadero significado antropológico del canibalismo. Los primitivos no se comían a sus víctimas humanas por razones de mera alimentación, sino debido a que consideraban que en ellos había un poder que deseaban asimilar, ya sea para arrebatárselo con violencia, o bien, para tenerlo controlado o prolongarlo después de su muerte. En ambos casos, la muerte de estos personajes, cuyo cerebro era comido por otros, muestra la creencia de que hay algo en el ser humano que sobrevive a su muerte. Esa misma convicción se encuentra sin duda también presente en las tumbas de la época del Paleolítico Superior (hace unos 70.000 años), en la región francesa de Dordogne ("hombre de Cromagnon") y de la frontera italiana de Ventimiglia ("hombre de Grimaldi"). En éstas, aparecen los esqueletos con abundantes conchas marinas adornando sus cráneos, así como pintados sus huesos de color ocre rojizo. Sin duda, ambos elementos constituyen símbolos de la fuente de la vida. Y el hecho de enterrar a los difuntos con ese doble simbolismo muestra la creencia de que el difunto podía acceder a una nueva vida después de su muerte, volviendo a salir del seno de la madre, significado por las conchas marinas con que se los sepultaba. Esta asociación de la muerte con el símbolo femenino de fertilidad será frecuente en todo el período prehistórico, así como a lo largo de la historia de las religiones.

La evidencia constante sobre las creencias primitivas relativas a la muerte permite concluir que siempre el ser humano creyó en que los difuntos accedían a otra forma de vida. Para asegurarla mejor, y a la vez, hacérsela más fácil, se acompañaban los restos sepultados o incinerados del difuntos con elementos simbólicos de fertilidad (conchas) o de vida (ocre rojo, semejante a la sangre), además de utensilios y alimentos para que tuviera lo necesario en ese viaje al mundo de los muertos. De ahí que, junto a los restos del esqueleto humano, frecuentemente se hallen también huesos de animales, que probablemente fueron consumidos, en una especia de "banquete" mortuorio de comunión, dejando partes del animal enterradas junto a los restos del difunto para su alimentación en el más allá, de manera que el espíritu del difunto permanezca tranquilo en su nuevo lugar de reposo o de sobrevivencia  no siga "vagando" entre los vivos, reclamando, a sus antiguos familiares o amigos, el cumplimiento de algún deber ritual que no se le realizó adecuadamente.

Para los primitivos  no parece existir la idea de la "nada". Lo que ha  vivido, tendrá siempre que seguir viviendo, de una forma u otra. Esta dimensión del viviente, capaz de permitirle sobrevivir, más allá de la forma de vida que haya tenido en este mundo, es lo que generalmente llamamos "ánima", que el primitivo concibe como una sustancia invisible, semejante a la materia aérea, con ubicación concreta en el cerebro (de ahí que se lo coman, para asimilar su "ánima" poderosa); y que necesita conductos de entrada y salida, como son la nariz y la boca; además, puede usar los pies para escapar o "vagar" por otros lados. Por eso, se dan casos en que se colocan una especia de anzuelos amarrados a la nariz, al ombligo y a los pies de un enfermo, para que su "alma" no se escape del cuerpo, dejándolo muerto. El "anzuelo", o el "cepo" es de uso frecuente en la magia curandera para evitar la muerte del enfermo, o bien, si éste muere, para amarrar su alma, de forma que regrese al cuerpo de donde intentó escapar. Incluso a veces se considera que el "ánima" de una persona puede abandonar su cuerpo por un tiempo sin causarle la muerte, aunque es necesario que se le haga regresar lo antes posible, para evitar esa muerte definitiva.

En muchos pueblos primitivos el cadáver era incinerado. Y la destrucción del cuerpo por el fuego ha podido contribuir a la creencia en esa "ánima" separable del cuerpo, donde habita temporalmente, y que asciende al cielo junto al himno que emana de la incineración del cadáver.

El origen de la creencia universal en un "ánima" inherente al cuerpo vivo ha sido estudiada sobre todo por E.B. Tyler. Según él, provendría, en primer lugar, de las experiencias del sueño y de los estados extáticos. Al soñar o tener "voladuras", uno experimenta como si estuviera en otros lados e hiciera diversas actividades, a veces con fuerte impresión de realidad. Luego, al "volver en sí", o "despertar", de da cuenta de que cuerpo sigue donde estaba antes de esa impresión de escape. De ahí habría surgido la convicción de una realidad, presente en uno mismo, capaz de desvincularse del cuerpo para regresar después a él, o eventualmente para no volver a incorporarse de nuevo.

La muerte es, así vista como la salida sin regreso del "ánima", la cual puede quedar "vagando" en forma inquieta, por incumplimiento de algún requisito ritual que no le permite acceder al mundo del más allá, o bien puede ir a "animar" otro cuerpo (transmigración o reencarnación) (en esta creencia en ánimas, separadas de su cuerpo por la muerte, se funda otra forma de animismo, denominado "espiritismo", por medio del cual se pretende entrar en contacto "evocándolo", con el "espíritu" de un determinado difunto o antepasado.

La vinculación entre muerte y fertilidad, que ya señalé antes, al constatar el entierro primitivo de los muertos, adornándolos con conchas marinas y pintándolos con ocre rojo para asegurar su nuevo "nacimiento" a otra forma de vida, tiene también a veces un significado "sacrificial". La muerte cruenta del difunto es usada como mediación para impetrar, de los poderes de la naturaleza, la fertilidad de los animales. Así, en las culturas matriarcales primitivas se ofrece a la "madre de la tribu", o a la "vieja luna", la sangre del difunto, todavía fresca o, incluso, su corazón palpitante, los pulmones, el hígado, u otro órgano de su cuerpo. También se sacrifican a veces cuerpos de prisioneros, para el mismo fin.

Este mismo significado puede estar, según lo postula E. Durkheim, el origen del totemismo, al identificar el ancestro o fundador del clan con determinado animal: el tótem del clan. El ánima del ancestro, como padre protector del clan, lo protege para que nunca falte a sus miembros la caza para alimentarse. Pero ahí el "sacrificio" para garantizar mejor la abundancia de las presas y, por lo tanto, su fertilidad, tiene una forma distinta. Los miembros del clan se abstienen de cazar y comer el propio animal tótem, en el cual está "encarnado" el espíritu del ancestro o padre protector. Se da, así, la experiencia primitiva denominada "tabú"; es decir, el poder del ancestro muerto, pero encarnado en el animal "tótem", es temido, puesto que si se transgrede la prohibición de abstenerse de su casa, podría su espíritu ser afectado en su tranquilidad y ello provocar la infertilidad de los animales. Debe cumplirse, pues, con el tabú, absteniéndose de cazar el animar tótem, para evitar, que, con la transgresión del tabú, quede afectada la sobrevivencia del clan, al verse amenazada la abundancia y la fertilidad de las presas de caza.



Antonio Bentué (2002) en Muerte y búsquedas de inmortalidad.

sábado, 24 de octubre de 2015

¿Dónde está el presente?

Lo que menos parecer ser, es el presente. A veces se dice que hay que vivir el presente. Y es un consejo razonable. Pero, ¿dónde está el presente? ¿Y cómo puede vivirse el presente? Se dirá: viva el día presente. Pero el día presente se puede dividir en 12 horas que ya fueron (o sea, pasadas) y 12 horas que aún no han sido (o sea, futuras). ¿Dónde puedo vivir ahora, entonces? ¿En la hora presente? Pero también ella puede dividirse en treinta minutos pasados y treinta minutos futuros. Y si se me pide que viva el minuto o el segundo presente, pasará exactamente lo mismo. ¿Dónde está, entonces, el presente? Está entre el pasado y el futuro, uniéndolos, y eso que ahí está -el límite- no "está ahí" en ningún momento, sino que su "ser" es exactamente "dejar de ser".

Jorge Eduardo Rivera en "Muerte  y búsquedas de inmortalidad" (2003)

jueves, 15 de enero de 2015

Cajones emocionales

El lenguaje no solo describe, sino que crea nuestra realidad. Las palabras abren "cajones emocionales" de manera rápida y automática. El tipo de "cajones emocionales" que abren depende de las experiencias que asociemos a estas palabras.

Mario Alonso Puig en "Reinventarse" (2010)

Decidir poner la atención en aquí y ahora

Poner toda nuestra atención en lo que estamos haciendo en cada momento, seria como si aceptáramos que donde estamos y lo que estamos haciendo en ese preciso momento es lo más importante de todo, es decir, que ni quisiéramos estar en otro lugar ni quisiéramos estar haciendo otra cosa diferente. Cuando nos abrimos al momento presente, cuando lo aceptamos, cuando actuamos como si lo hubiéramos elegido, entonces trascendemos nuestros límites mentales y empezamos a descubrir cosas que previamente estaban veladas a nuestros ojos.

Mario Alonso Puig en "Reinventarse" (2010)

Preguntas

"Toda pregunta es una invitación a mirar en una dirección determinada".

Mario Alonso Puig en "Reinventarse" (2010)

martes, 13 de enero de 2015

Palabras como rayos x

"Las palabras son como los rayos x, atraviesan cualquier cosa si uno emplea bien".

Aldous Huxley en "Un mundo feliz" (1932)

Herejía

"El desaliento y la amargura son la peor de las herejías".

José María Cabodevilla en "La Jirafa tiene ideas muy elevadas".

No sabes lo que soy

Un diálogo que mantuvieron el maestro Subhas y uno de sus discípulos:
Era verano, al amanecer. El maestro observaba el vuelo de los pájaros, el placer del vuelo a esa hora temprana. "¿Y cómo sabes - preguntó el discípulo - que los pájaros sienten placer si tú no eres pájaro?". El maestro respondió: "Y cómo sabes tú que no soy pájaro si tú no eres yo".

José María Cabodevilla en "La Jirafa tiene ideas muy elevadas".

El peligro del miedo

"Todo sufrimiento, como todo lo real, tiene un límite, pero el miedo, como todo producto de la imaginación, no conoce límites: es capaz de producir cualquier sufrimiento imaginable".

José María Cabodevilla en "La jirafa tiene ideas muy elevadas".

lunes, 12 de enero de 2015

Crítica al absolutización del criterio de la utilidad

Podemos decir que el juego constituye la actividad improductiva por excelencia. Lo cual, lejos de suponer un reproche, significa su mayor alabanza. Efectivamente, equivale a definir el juego como actividad autónoma y soberana, en cuanto representa un fin en sí mismo y no un medio para la consecución de otros fines. Esto apenas puede entenderse hoy, pues vivimos en un mundo desquiciado donde el criterio de la utilidad prevalece absolutamente. La primera pregunta acerca de una cosa es para qué sirve. De ahí pasamos enseguida, insensiblemente, a hacer la misma pregunta referida a las personas; la valía de un hombre, como de cualquier otro utensilio, se medirá por su índice de rendimiento. Ser significa ser útil. Saber significa saber manipular.

Algo ocurre en el alma de un niño el día en que deja de preguntar ¿qué es esto?, y empieza a preguntar ¿para qué es esto? Todo tiene que servir para algo. Ya se percató de ello Pangloss: la nariz está hecha para llevar gafas. Yo mismo sentí un gran alivio cuando me di cuenta de que la corbata sirve para limpiar las gafas. ¿y la risa? La risa sirve para activar el diafragma. ¿Y el juego? El juego sirve para relajar la tensión, para descargar de manera inofensiva nuestra agresividad, para satisfacer aquellos deseos que, no pudiendo ser satisfechos realmente, lo son mediante simulacro o ficción. ¿Qué me dice de todo ello, querido amigo? Verdaderamente, vivimos en un mundo desquiciado y desgraciado.

(...)

Los valores importantes de la vida no tiene utilidad, no pueden tenerla, ya que esto supondría estar al servicio de otros valores. No tienen utilidad, no tiene sentido. Es menester proclamarlo bien alto, ni el juego, ni la oración, ni la alegría, ni el amor, ni la libertad, ni la contemplación estética, sirven para nada.

José María Cabodevilla en "La Jirafa tiene ideas muy elevadas" 

La necesaria fantasía

Junto a la razón, y a menudo frente a ella, hay que usar de la fantasía. Sin esta, el pensamiento del hombre se moverá siempre dentro de un círculo cerrado. La fantasía es tan imprescindible como la segunda ala o el segundo remo. Con un único remo solo podemos navegar en redondo, dando vueltas y más vueltas.

José María Cabodevilla en "La Jirafa tiene ideas muy elevadas"

Decapitadores

"Un hombre sin cabeza tiende a decapitar a todos los demás".

José María Cabodevilla en "La Jirafa tiene ideas muy elevadas"

lunes, 5 de enero de 2015

Sabiduría y modestia

Cuando más sabio es alguien tanto más ignorante se considera, ya que a medida que crecen sus conocimientos aumenta tambien la comprobación de su ignorancia, la evidencia de lo mucho que le resta conocer, la amarga evidencia de que es infinitamente más lo que ignora que lo que sabe. Por eso, la modestia de los sabios constituye un fenómeno tan natural, tan inevitable como la humildad de los santos.

José María Cabodevila en "La jirafa tiene ideas muy elevadas"

Silogismos y círculos

Es enteramente cierto que no existe nada enteramente cierto. Si es verdad que no existe nada enteramente cierto. Si es verdad que no hay regla sin excepción, tambien tendrá excepciones esa que afirma no haber regla sin excepción. Si es cierto que todo cambia, también cambiará la certeza de que todo cambia.

José María Cabodevila en "La jirafa tiene ideas muy elevadas"