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viernes, 23 de febrero de 2018

La raíz última de la violencia: la hipótesis del deseo mimético y el chivo expiatorio

El formulador de esta interpretación es René Girard (1923 - ) profesor de Letras, antropólogo y filósofo francés que vive en los Estados Unidos. Analizando grandes obras literarias y mitos transculturales, observó el mecanismo siguiente: en la raíz de todo está la estructura del deseo humano, cosa que siempre vieron los pensadores y los grandes maestros (Isaías, Aristóteles, Freud, los sabios budistas...). El deseo es la gran mola propulsora de las transformaciones y de la búsqueda de lo nuevo.

Pero con una particularidad - observa Girard - que ha escapado al análisis de corte privado y subjetivista: existe siempre el otro, el tercero, que, según Girard, funciona como rival. El rival desea lo mismo que el otro, no por azar ni por coincidencia, sino por una estructura de fondo, ligada al mismo deseo humano. Éste es tendencialmente infinito. No solo desea esto o aquello, sino la totalidad, todo. Es un proyecto abierto al infinito.

Por eso el ser humano no sabe concretamente lo que desea. ¿El ser, el todo, la parte? Aristóteles ya observaba que el objeto del deseo es el ápeiron, el todo indeterminado. Girard entra por esa puerta y dice: el deseo solamente se determina a partir del rival. Cada persona desea lo que su rival desea. El deseo deja de ser vago y adquiere configuración concreta. Por lo tanto, el deseo es esencialmente mimético (mímesis = imitación). El ser humano desea lo que el otro desea. Uno imita al otro.

El deseo mimético, por otra parte, genera conflicto, pues, los dos que desean el mismo objeto se convierten en rivales, queriendo cada uno tomar exclusivamente para sí el objeto y conseguir su deseo. Para eso cada uno se siente obligado a excluir al otro. El conflicto se agiganta cuando son grupos que desean colectivamente el mismo objeto, más crece la rivalidad entre ellos; y cuanto más aumenta el conflicto, más se agudiza la violencia.

El deseo mimético funciona como un feedback: yo imito a mi rival, mi rival me imita. El modelo se vuelve modelo de su modelo. Todo se vuelve recíproco. ¿Por qué esa reciprocidad?, se pregunta Girard. Y constata que dicha reciprocidad, para bien o para mal, nunca ha sido debidamente analizada por los antropólogos que se han ocupado de ella. A partir de ella surge la lógica siguiente: cuanto más se desea el mismo objeto, más se intenta imitar al otro y más se intenta destruir al otro o destruir el objeto deseado por el otro o por todos los otros.

El auge del mimetismo y, con el, el auge de la violencia, se alcanza cuando los rivales se unen y crean la unanimidad mimética. Todos se unen contra uno solo sobre el cual descargan su violencia. Los muchos tienen ante sí un único rival que hay que eliminar. Él será la víctima.

El deseo mimético es, pues, esencialmente victimario. Produce víctimas en todos los campos en los que se expresa el deseo humano de competencia.

El proceso victimario es extremadamente fecundo. Para Girard, la producción de la víctima funda la sociedad y la cultura. Veamos las razones de tan sorprendente afirmación.

Cuando todos (menos uno, convertido en víctima) se unen para descargar su violencia sobre la víctima, crean una comunidad. Cuando descargan toda la violencia sobre la víctima, sobreviene la paz y la armonía, como gracia alcanzada por la propia víctima que, con su muerte, produce tal beneficio. La víctima aparece como la causa del desorden (todos se unen para eliminarla) y al mismo tiempo como la causa del orden (porque, ahora, muerta, ya no amenaza a nadie y todos se apaciguaron al descargar su violencia contra ella).

Girard afirma que la creación de la víctima (el chivo expiatorio) funda la comunidad y la cultura. Todos se unen para castigar a la víctima. Por la siguiente razón: si la violencia fuera abandonada a sí misma, se crearía una interminable cadena de violencia y de venganza. Uno mataría a oro porque éste ha matado, y así indefinidamente, como se ve ya claramente en las tragedias griegas. Cuando se crea la víctima todos descargan su violencia en ella, pudiendo así establecer una comunidad sin violencia devoradora.

Los griegos llamaban phármakos (de donde viene la palabra farmacia, tienda de productos curativos y farmacéuticos) a las víctima humanas. Eran personas que la sociedad mantenía a expensas del erario público para ser sacrificadas en los momentos de crisis. Con tal motivo, se las llevaba por las calles, por todos los rincones de la ciudad, para absorber las impurezas del ambiente. Eran personas despreciables y respetables al mismo tiempo. Despreciables, porque incorporaban toda la perversidad de la comunidad. Respetables, porque mediante su sacrificio la comunidad se apaciguaba. Con su sacrificio, se producía un efecto "farmacéutico", es decir, curativo. Toda la hostilidad y la violencia latente de la ciudad quedaba drenada y calmada gracias a la víctima.

Inicialmente se sacrificaba un hijo, un deficiente físico, un prisionero, un esclavo, alguien de la familia humana. Después se sustituyó a la víctima humana por un animal que guardase cierta analogía con los humanos (un cordero o chivo expiatorio) sobre el que se pudiese descargar toda la venganza. La víctima tiene siempre una función vicaria: está en lugar de toda la comunidad que, al descargar sobre ella su violencia, alcanza la paz y la concordia social.

En el proceso civilizatorio se trató de sustituir la víctima por la ley. No basta sacrificar de vez en cuando; el proceso del deseo mimético siempre está activo. Entonces surge la ley, que crea la norma y la prohibición, rompiendo así la cadena de violencia y de venganza. La ley cumple la función de orden social. La comunidad en vez de matar personas (víctimas), les aplica la ley y las penas de la ley. Con eso la sociedad se calma, como en otros tiempos, cuando mataba de verdad. Ahora mata simbólicamente, imponiendo penas, aislando a las personas en cárceles y, en casos límites, condenándolas legalmente a la muerte.

En este paso del sacrificio a la ley se crea, según Girard, el rito. Mediante éste se recuerda y se celebra el beneficio que la víctima ha producido con su muerte, es decir, la paz, el apaciguamiento y la cohesión de la comunidad. Finalmente, se elabora el mito, que es la narración plástica y dramática de todo este proceso ritualizado.

Ley, rito y mito son, según Girard, la base de toda cultura y las instituciones que se derivan de ellas. Esas tres pilastras buscan cerrar la boca de la víctima; están construidas por los que sacrifican a la víctima y la mantienen como víctima.

Hoy en día no hacemos sacrificios como antes, pero creamos también víctimas mediante mecanismos sacrificialistas que son, tal vez, más perversos. Como tesis general debemos decir: donde hay instituciones vuelve a brotar la violencia. Las instituciones son sistemas autorreguladores y sacrificiales. Castigan, excluyen e incluso eliminan a quienes no se ajustan a ellas. Concretizan leyes y normas estructuradas, poseen sus ritos y elaboran el mito que justifica su creación.

El sistema económico y el mercado son, en la actualidad, especialmente sacrificiales. Ya Adam Smith, padre de la economía política, decía: toda sociedad civilizada deja morir a los que no pueden garantizar su subsistencia. Quien está en el sistema, en el conjunto articulado de leyes, normas e instituciones, vive; quien no, es apartado y muere.

La armonía se basa en algo terrible: dejar morir a los que no componen la armonía. Entonces, el orden instituido produce desorden, pero vive como orden en la medida en que excluye a todos los que no son capaces de entrar y mantenerse en él. Esto es lo que sucede con el mercado autorregulador: quien es fuerte en el mercado, vive y progresa; quién es débil, es apartado, eliminado y excluido del mercado. Por lo tanto, cuando se celebra la capacidad autorreguladora del mercado, se está celebrando su sacrificialidad. El desempleo es necesario para salvar empresas. Mantener la plantilla, sin despedir empleados, es no ser sacrificialista. Pero tiene un precio: no ser eficaz, permanecer económicamente débil, perder frente a la competencia y autosacrificarse, muriendo empresarialmente.

De acuerdo a esta lógica, cobrar la deuda externa implica generar un genocidio inconsciente. Por tener que pagar la deuda externa, un gobierno se ve obligado a reducir las inversiones sociales - complementación nutricional en las escuelas, la salid pública, el saneamiento básico (inversiones sin retribución financiera, solamente social), la seguridad - lo que produce la muerte y la enfermedad de muchísimas personas, sobre todo de ancianos y de niños.

Los representantes financieros argumentan que sería irresponsable no cobrar la deuda externa porque hay contratos en juegos y existe una legislación internacional. En la esfera de los negocios, nadie regala nada a nadie; por tanto, cobrémosla. En otras palabras: sería irresponsable no querer el genocidio implícito. Permitámoslo. Los nazis argumentaban de la misma manera: es irresponsable no matar judíos. Existe una legislación sobre la pureza racial; por lo tanto, matémoslos. Es legal, pero ¿es justo?

Aquí aparece el mecanismo sacrificialista del sistema económico actual en su forma contemporánea, neoliberal y mundializada. Sacrifica más personas que las que sacrificaban los aztecas en las pirámides o los cananeos a su estatua de Moloc. Pero los agentes del mercado no quieren reconocerlo. Sin embargo, los niveles de miseria, de hambre y de exclusión de los países empobrecidos lo comprueban irrefutablemente, a través de los índices de los propios organismos del mercado, como el Banco Mundial y el FMI.

Cabría aquí una palabra sobre la necesidad de planificar el lado libre del mercado autorregulador. El mercado se autorregula a la costa de sacrificios crecientes. Es función del Estado, como gerente del bien común desde una perspectiva realista, planificar a fin de reducir esa voracidad a niveles soportables, especialmente en tres áreas: garantizando pleno empleo (tendencialmente) cuidando de la distribución de la renta y velando por la preservación de la naturaleza.

La esencia ética de la opción socialista reside en no entregar a los mecanismos autorreguladores del mercado la consecución de las metas sociales fundamentales. El socialismo pretende garantizar, de manera razonable, el principio de la destinación común de los bienes de la naturaleza e inclusive de los frutos del trabajo humano, para formar el bien común social y ecológico.

La teoría de Girard sobre el deseo mimético nos permite entender mejor los mecanismos de reproducción de la violencia. La violencia de los marginados y de los oprimidos es reflejo mimético de la violencia primera y modélica de las clases dominantes que impiden que se realice el deseo de las mayorías. Los oprimidos son violentos porque se encuentran, contra su voluntad, encuadrados en una sociedad violenta. Son las víctimas sobre las que la clase dominante descarga su violencia y elabora la paz entre los lobos.

La clase dominante (y lo es por utilizar la violencia de manera permanente) inventa continuamente chivos expiatorios. Tiene que inventarlos para esconder la propia violencia. Son los pobres, o los negros, o los sin-tierra, los marxistas, los subversivos, la Iglesia progresista, las izquierdas, los refractarios a la modernización neoliberal y la privatización. Excusándose en aniquilar a la víctima, puede descargar su violencia sobre ella, aplicarle las leyes, castigarla de mil formas, hasta con la exclusión sistemática del proceso de producción y de consumo, tal como ocurre actualmente a nivel mundial. Y lo que es peor: crea una interpretación ideológica sobre la situación de crisis permanente en Brasil, diciendo que es consecuencia de la esclavitud, del mestizaje, de nuestro sustrato latino-católico-medieval. Tales pretextos pretenden ocultar el hecho de que ella es la causante principal (no exclusiva) de la herencia de exclusión que estigmatiza históricamente nuestra realidad social.

Si miramos bien, los únicos que realmente trabajaron del sol a sol y construyeron casi todo lo que existe en este país fueron los negros, en sus días esclavizados. Hoy son difamados como perezosos, inútiles, refractarios a todo tipo de trabajo, pensando solo en carnaval y en samba. Esto es una profunda injusticia y una mentira histórica.Son los recursos miméticos de las clases dominantes que crean chivos expiatorios para enmascarar su propia violencia y ocultar su falta de solidaridad y de sentido de justicia histórica; con ellas se podrían reparar las maldades perpetradas contra los negros y los pobres en la historia de Brasil.

Por otro lado, las víctimas colectivas de la violencia no aceptan tal condena y tratan de defenderse dentro del férreo círculo de violencia, ahora de antiviolencia mimética. El círculo siempre se vuelve vicioso, sin posibilidades de ser virtuoso. Esto implicaría una revolución en las relaciones sociales, basadas ya no en el deseo mimético sino en el deseo comunitario y solidario.

No es fatal que el tercero, el rival que tambien desea, desee solo para sí, excluyendo al otro. Hay una actitud alternativa: construir solidaridad y comunión, con los otros deseantes, en torno al mismo objeto deseado por todos. Surgiría así otro tipo de sociedad, no violenta sino solidaria; no individualista sino comunional; no desgarrada sino integrada.

René Girard entrevé el fenómeno cristiano la superación de la práctica sacrificial. Jesús inaugura otro deseo mimético (desiderio desideravi... "deseo ardientemente comer esta Pascua con vosotros", del evangelio de Lucas 22,15), el de la donación y de la autoentrega. En lugar del sacrificio que elimina al oro, Jesús presenta el don de sí, libre, amante y total hasta el punto de autosacrificarse por él. Esta actitud, que rompe la violencia, inaugura una nueva comunión y una nueva comunidad humana, en la que la colaboración y el amor son la ley y la norma, donde la competitividad es solo en el sentido del mejor y más generoso al servicio de todo.

Leonardo Boff en La voz del arcoiris (2005)

miércoles, 21 de febrero de 2018

Violencia y raciocinio revolucionario

Hay un principio de pensamiento social construido a partir de la criminalidad social. Se descubre la sociedad de desiguales como causante de la pobreza y se usa la fuerza individual para compensar un interés particular. Es una visión individualista, por eso no es revolucionaria. En realidad, refuerza la visión conservadora porque si por una parte cuestiona la estructura social inicua - lo que es un problema político - no capta, por otra parte, que ésta debe ser cambiada colectivamente para impedir que se perpetúen la injusticia y la desigualdad. El individuo busca lo suyo mediante la violencia, como compensación, sin cambiar en nada al sistema. Un problema político exige una solución política y no meramente individualista.

Político sería organizar grupos para transformar tal sociedad mediante procesos de concienciación y de creación de "organizaciones orgánicas" con prácticas transformadoras, partiendo de un algunos líderes "marginales!, como ocurrió hace tiempo en la favela de la "Rocinha" de Río de Janeiro. Al ser detenidos en un enfrentamiento con la policía, declararon que las favelas necesitaban de un Lenin o un Che Guevara. En una palabra: de revolucionarios para instaurar una nueva sociedad sin favelas.

La burguesía y el Estado temen exactamente este tipo de raciocinio, pues éste sí es revolucionario y los amenaza como un todo. Mientras permanezca individualizada, la violencia no asusta. Al contrario, el Estado aplica tranquilamente sus leyes y castiga a los marginales mientras la burguesía se siente segura en su orden que, en realidad, es orden político-jurídico dentro de un gran desorden social del que ella es su causa principal.

A la burguesía le gusta dramatizar la violencia a través de los periódicos y de la televisión, mostrando el nivel de perversidad de los crímenes así como el número de víctimas. Consigue elevar la violencia urbana a nivel de problema nacional y, en cierta época, de seguridad nacional.

En realidad, si nos atenemos a los números, muere mucha más gente en accidentes de tráfico (cerca de 30.000 al año) en accidentes de trabajo y a consecuencia del hambre y de las enfermedades de hambre que víctima de asaltos. Pero esos números no amenazan a los detentores del sistema y al orden de los que beneficia. Esa realidad, violenta, que mata a cada minuto, no es dramatizada y por eso se hace socialmente soportable.

La violencia urbana se dramatiza para conseguir un efecto político: la persecución, la prisión y, eventualmente, la muerte de los criminales. De esta forma, la clase dominante consigue hacer olvidar que se asienta sobre una violencia originaria provocada por ella misma. De aquí la importancia de la vigilancia, del control y de la represión, con toda la parafernalia, sobre la poblaciones periféricas o marginales al sistema.

Leonardo Boff en La Voz del Arcoiris (2005)

lunes, 5 de enero de 2015

Puntos de vista

Frente a la misma extensión de terreno, una agricultor, un pintor y un urbanista ven tres cosas diferentes.

José María Cabodevila en "La jirafa tiene ideas muy elevadas"

martes, 2 de diciembre de 2014

Verdadero Progreso

Progreso significa acercarse más al lugar donde se quiere estar. Y si os habéis desviado del camino, avanzar hacia adelante no os acercará más a él. Si estáis en el camino equivocado, el progreso significa dar un giro ciento ochenta grados y volver al camino correcto, y en este caso, el hombre que se vuelve antes es el hombre más progresista.

C.S. Lewis en Mero Cristianismo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

domingo, 16 de febrero de 2014

Paidocracia (Papini)

Hubo un tiempo, según cuentan, en que los ancianos mandaban. Monopolio del culto y del poder: gerontocracia. Ahora nos hallamos en plena paidocracia. Dominan en todo los muchachos. Son ellos los que dan color e impulso a la civilización. Nos hallamos en manos de los menores.
Basta con mirar. Los gustos de la infancia se han convertido en los de la mayoría. Comenzando por la literatura. El libro más afortunado de estos últimos tiempos, en Francia, es el Diable au corps, de Radiguet, escrito por un adolescente; y en Inglaterra, The young visitors, de Daisy Ashford, compuesto por una muchacha, más bien una niña, de nueve años.
¿Por qué, nunca como ahora, el género literario más fecundo y más editado es la novela, género del que durante tantos siglos el mundo ha prescindido? Porque los hombres ahora se han vuelto niños y quieren oír contar historias. Entre los cuentos de la abuela, por ejemplo, y las novelas de Branch Cabell o Garnett, no hay, en el fondo, más que una diferencia de nombre. El surrealismo y el dadaísmo renuevan el incoherente balbuceo pueril.
En, la pintura, los modernísimos dibujan como los niños; han vuelto al sintetismo ingenuo y malgarbado de las figuras que se encontraban antes en los cuadernos de la escuela o en las paredes de las letrinas. El douanier Rousseau, tan admirado ahora, es uno que imagina y colorea como un muchacho de diez o doce años.
La misma transformación en las diversiones. Los griegos antiguos buscaban su alegría en la tragedia, que exigía. Para ser gustada, reflexión y cultura. Hoy no sólo los muchachos, sino también los hombres y las mujeres de toda edad, se precipitan al cinematógrafo, que no es otra cosa, al fin, que la antigua linterna mágica, delicia de los muchachos de antes, perfeccionada. Ningún esfuerzo intelectual se exige a los aficionados a los films; lo que es propio del adulto, la inteligencia, es puesto aparte. Todas las diversiones hoy populares son más visibles que espirituales y, por lo tanto, infantiles.
Una de las pasiones del muchacho que juega es la competición; ser el «primero». Los hombres, en nuestros días, han introducido esta manía infantil en todas las cosas: en las más insignificantes y en las más graves. Batir un récord es hoy el ideal de todos; el de los antiguos era la sabiduría, la paz, la renuncia.
La manía del deporte es otro síntoma; casi todos los deportes no son nada más que viejos juegos infantiles adaptados a los mayores y hechos más solemnes por la publicidad y la especulación. Los muchachos dicen: hacer carreras, jugar a la pelota, jugar con los puños; los adultos dicen: pedestrismo, fútbol, boxeo, etcétera…
¿Y las máquinas más difundidas y más amadas no son tal vez juguetes agigantados y hechos peligrosos? No digo las máquinas que producen realmente un trabajo, sino las que usan todos: el automóvil el gramófono, la radio. De cien personas que van en automóvil, tal vez únicamente diez lo adoptan por necesidad: para los otros es un juego, un pasatiempo, una diversión. Un juego para adelantar a los demás coches, el pasatiempo de la velocidad la diversión de la fuga y del torbellino... Muchachadas.
Este infantilismo progresivo se encuentra incluso en la filosofía. A la razón, a la dialéctica -cualidad y fuerza del hombre maduro-. Sustituyen siempre el estro, el inconsciente, la intuición; en suma lo irracional, propio del espíritu del muchacho.
El comercio del muchacho se funda todo en el cambio, y con el cambio entre mercaderes (grano contra utensilios) hemos vuelto al país que se imagina hallarse a la vanguardia del progreso humano: Rusia. Los cambios que he visto en los mercados clandestinos de Moscú se parecían exactamente a los cambios de los antiguos escolares.
Las mujeres, siempre las primeras en darse cuenta de dónde sopla el viento, han comprendido ya lo que se debe hacer y en todo buscan parecerse a los jovencitos. El ideal de la mujer antigua era la matrona; el de la moderna, el efebo.
Y se me ocurre que la palabra presbítero viene de «présbite» y quiere decir «viejo». La civilización moderna, con su tendencia a la hegemonía de los impúberes, ¿será tal vez la contraposición del sacerdocio?

Giovanni Papini. Gog en Gog.

miércoles, 12 de febrero de 2014

La supremacía de la propiedad privada (Nolan)

El derecho a la propiedad privada hace que sea ilegal que un indigente robe un pan, pero perfectamente legal que un rico acumule mucha más comida y otros recursos que los que puede usar en toda su vida.


Albert Nolan. Jesús hoy. Una espiritualidad de libertad radical.

Nada es mío (Papini)

El mayor problema del hombre, como de las naciones, es la independencia. ¿Se puede resolver? Lo que poseo parece ser mío, pero soy poseído siempre por aquello que tengo. La única propiedad incontestable debería ser el Yo, y, sin embargo, aquilatando bien, ¿dónde está el residuo absoluto, aislado, que no depende de nadie?

Los demás participan, ausentes o presentes, en nuestra vida interior y externa. No hay manera de salvarse. Aun en la soledad perfecta me siento, con espanto, átomo de un monte, célula de una colonia, gota de un mar. En mi espíritu y en mi carne hay la herencia de los muertos; mi pensamiento es deudor de los difuntos y de los vivientes; mi conducta está guiada, aun contra mi voluntad, por seres que no conozco o que desprecio.

Todo lo que sé lo he aprendido de los demás. Cualquier cosa que adquiera es obra de otros, y ¿qué tiene que ver que la haya pagado? Sin el operario, sin el artesano, sin el artista, estaría más desnudo que Calibán o que Robinsón. Si quiero moverme tengo necesidad de máquinas no fabricadas por mí y guiadas por manos que no son mías. Me veo obligado a hablar una lengua que no he inventado yo mismo; y los que han venido antes me imponen, sin que me dé cuenta, sus gustos, sus sentimientos y sus prejuicios.

Si desmonto el Yo pedazo por pedazo, encuentro siempre trozos y fragmentos que proceden de fuera; a cada uno podría ponerle una etiqueta de origen. Esto es de mi madre, esto de mi primer amigo, esto de Emerson, esto de Rousseau o de Stirner. Si realizo a fondo el inventario de las apropiaciones, el Yo se me convierte en una forma vacía, en una palabra sin contenido propio.

Pertenezco a una clase, a un pueblo, a una raza; no consigo nunca evadirme, haga lo que haga, de unos límites que no han sido trazados por mí. Cada idea es un eco, cada acto un plagio. Puedo arrojar a los hombres de mi presencia, pero una gran parte de ellos seguirá viviendo, invisible, en mi soledad.

Si tengo criados, debo soportarlos y obedecerles; si tengo amigos, tolerarles y servirles, y los dineros quieren ser guardados, cultivados, protegidos, defendidos. Potencia equivale a esclavitud. Nada en realidad me pertenece. Las pocas alegrías que disfruto las debo a la inspiración y al trabajo de hombres que ya no existen o que nunca he visto. Conozco lo que he recibido, pero ignoro quién me lo ha dado.

He conseguido reunir algunos miles de millones. No lo habría podido hacer si millones de hombres no hubiesen tenido necesidad de lo que les podía vender, si millones de hombres no hubiesen inventado las fórmulas, las máquinas, las reglas sobre las cuales se funda la vida económica de la tierra. Abandonado a mí mismo, habría sido un salvaje, un comedor de raíces y de perros muertos. ¿Dónde está, pues, el núcleo profundo y autónomo en el que ningún otro participa, que no ha sido generado por ningún otro y que pueda llamar verdaderamente mío? ¿Seré, en realidad, un coágulo de deudas, la esclava molécula de un cuerpo gigantesco? ¿Y la única cosa que creemos verdaderamente nuestra -el Yo- es, tal vez, como todo lo demás, un simple reflejo, una alucinación del orgullo?


Giovanni Papini. Gog en Gog.

¿Progreso humano? (Nolan)

La modernidad como era de la razón empezó con lo que generalmente se conoce como “Ilustración”, que coincidió más o menos con la época científica configuraba por la cosmovisión mecanicista de Newton. Tambien ha sido la época del capitalismo industrial y del crecimiento económico ilimitado. El optimismo de la modernidad sobre el futuro estaba basado en la certeza absoluta de que el progreso de la ciencia, la tecnología y la razón serviría para resolver todos los problemas humanos, y que la superstición religiosa premoderna y la creencia en la magia desaparecerían poco a poco. La religión, la moral y el arte fueron relegados a la esfera de la creencia privada. Lo que realmente le importaba a la raza humana era el progreso económico y político. 

Poco a poco, durante la primera mitad del siglo XX, el castillo de naipes de la modernidad empezó a derrumbarse. Incluso los países con mayor desarrollo industrial, como Alemania bajo el régimen nazi y otros Estados fascistas alrededor del mundo, empezaron a actuar en forma irracional e inhumana. Sencillamente, su violencia, su crueldad y sus métodos de tortura no podían cuadrar con los ideales del progreso humano.

Al mismo tiempo, el bloque de naciones comunistas, con su propia forma de modernidad y su visión del progreso humano, empezó a manifestar la misma clase de totalitarismo y opresión. A finales del siglo pasado, esos, regímenes se derrumbaron, dejándonos con un superpoder que ahora parece empeñado en la guerra para la eliminación del terrorismo, a la vez que hace caso omiso de la destrucción ecológica de la tierra. ¿Es esto progreso humano?


No es extraño que ahora tengamos una generación que es escéptica con respecto a todas las idelogoías. No necesitamos “grandes relatos”, dicen.

Alberto Nolan en Jesús Hoy.