Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de octubre de 2019

Coplas por la muerte de su padre (extractos)




  Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
  contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
  tan callando;
  cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
  da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquier tiempo pasado
  fue mejor.
          

  (...)
                  
  Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
  que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a su acabar
  y consumir;
  allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
  y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
  y los ricos.

Jorge Manríquez



        

sábado, 9 de marzo de 2019

¿Dónde está el presente?

Lo que menos parece ser, es el presente. A veces se dice que hay que vivir el presente. Y es un consejo razonable. Pero ¿Dónde está el presente? ¿Y cómo puede vivirse en el presente? Se dirá: viva el día presente. Pero el día presente se puede dividir en 12 horas que ya fueron (o sea, pasadas) y 12 horas que aún no han sido (es decir, futuras). ¿Dónde puedo vivir ahora, entonces? ¿En la hora presente? Pero también ella puede dividirse en treinta minutos pasados y treinta minutos futuros. Y si se me pide que viva el minuto o el segundo presente, pasará exactamente lo mismo. ¿Dónde está, entonces, el presente? Está entre el pasado y el futuro, uniéndolos, y eso que ahí está - el límite - y no está ahí en ningún momento, sino que su "ser" es exactamente "dejar de ser".

Jorge Rivera (filósofo chileno) en Bentué A. (2003) "Muerte y búsquedas de inmortalidad" Ediciones Universidad Católica de Chile. Santiago.



viernes, 19 de febrero de 2016

Conclusiones de "Muerte y Búsquedas de Inmortalidad"

Hablar sobre la muerte es enfrentarse al enigma fundamental de la existencia humana, no porque el proceso biológico de descomposición del cadáver resulte incomprensible en sus mecanismos naturales, sino por la incógnita sin solución que tal desenlace le plantea a la conciencia, al ver en ello el inevitable absurdo de toda vida, por el hecho de estar siempre destinada a desaparecer. Sin embargo, precisamente a partir de ahí surge la porfiada y universal intuición humana de que la vida debe tener sentido y, por lo mismo, la muerte, como aniquilación del yo, no puede constituir la última palabra de la existencia, sino que debe poder ser el "umbral de entrada" a al realidad de un "más allá" que pueda dar sentido a los cuestionamientos más fundamentales del "más acá".

Resulta notable constatar cómo el ser humano, desde el comienzo de su historia y a lo largo de ella, se ha centrado en el problema de la muerte, proyectando siempre, de diversas formas, la esperanza en un "Más Allá", ya sea en la forma heroica de Gilgamesh, recorriendo arduos caminos para llegar aun desenlace frustraste frente al destino "mortal", o abriéndose a la esperanza con el mito de la fertilidad asociado a Ishtar y Tammuz, que culmina con un canto de vida primaveral: "puedan los muertos levantarse para oler el incienso". En otro contexto, se buscan mediaciones por medio de las cuales garantizar el acceso a la "vida inmortal" de los dioses, gracias a rituales mágicos con los cuales poder forzar la entrada a lo desconocido, tal como lo practicaban los antiguos egipcios en sus rituales mortuorios.

Pero, sin duda, las búsquedas más notables de inmortalidad se encuentran en los "cultos mistéricos", cuyos prototipos más antiguos son el de la muerte y resurrección de Osiris, en Egipto, y el descenso-ascenso de Istahr y Tammuz, en Mesopotamia. Grupos humanos de diversas culturas buscaban vincularse a mediadores míticos que morían y resucitaban, o que descendían al Hades para salir después de él, garantizando así el ciclo de fertilidad de la tierra y de los animales, como también el acceso a la inmortalidad para los "iniciados" que hubieran participado en estos cultos. Esa "iniciación" podía a veces ser meramente "ritual", o implicar también formas de comportamiento ético que condicionaban el éxito del acceso al Más Allá y, por lo mismo, la eficacia del "rito mistérico". Sin embargo, la ética era a menudo sustituida por formas rituales estrictas, cuyo cumplimiento garantizaba el logro de la inmortalidad deseada, o bien iba asociada a posibles "reencarnaciones" que permitieran ir avanzando progresivamente, en vidas sucesivas, hasta llegar al Descanso definitivo del alma en los Campos Elíseos, ya sea bajo tierra, o en espacios celestes situados en la luna o en las estrellas.

Pudimos ir siguiendo las vieras formas en que, con una fuerza a menudo orgiástica, se expresa esa búsqueda desesperada de inmortalidad. Ritos misterios vinculados a los procesos de fertilidad de la tierra y de los animales, los cuales, celebrados en medio del "éxtasis" etílico y sexual, pudieran garantizar la sobrevivencia, gracias a la vitalidad del grano que, una vez podrido en el seno de la tierra, surge en forma de espiga, para ser de ahí arrancado y pisoteado hasta convertirse en harina molida, para alimento de otros vivientes. O bien, ritos o también a actos de castración (Attis), que, paradójicamente, puedan ser capaces de garantizar nueva vida, por la fuerza inherente al acto "sacrificial" mismo.

Dentro de ese esquema "pascual" se ubica el núcleo de la tradición cristiana, con su anuncio kerigmático (muerte-resurrección, así como descenso y ascenso) y la actualización cultual, de ese acontecimiento anunciado, en el Bautismo ("iniciación") y la Eucaristía (anamnesis). Ello convierte al cristianismo, desde el punto de vista de la historia de las religiones, en una religión del tipo "mistérico". Sin embargo, el origen de esa "fe pascual", que constituye la esencia del cristianismo, tiene sus raíces en el mismo contexto arameo palestino en que vivió Jesús de Nazaret. El desenlace cruento de su vida, "crucificado bajo Poncio Pilato", determinó inicialmente la dispersión de sus discípulos, frustrados por el fracaso del Maestro. Pero súbitamente éstos superaron el impacto, siendo capaces de salir a la calle e iniciar el anuncio del kerygma y de su celebración. De esta manera nació un "culto mistérico" nuevo,  pero, a ella vez, novedoso por su origen a partir del acontecimiento histórico de la muerte cruenta de Jesús de Nazaret, a quien sus discípulos confiesan haber "visto" resucitado, dando esa experiencia como razón profunda de su fulminante transformación, de ignorantes y cobardes, mientras vivieron con Jesús, en lúcidos y valientes, una vez que éste hubo muerto.

San Pablo recoge, en sus cartas, las "fórmulas kerigmáticas" que estos discípulos habían ya elaborado antes, cuando Saulo era un perseguidor, airado precisamente contra la fuerza que esos pobres discípulos mostraban en su predicación; pero, después, empacado él también por su propia "visión" del Resucitado, cambia radicalmente de actitud y se transforma él mismo en predicador de ese "misterio pascual" cristiano (apóstol). Su monoteísmo estricto de fariseo lo llevaba a considerar todo oculto "pagano" como obra de los demonios, sin embargo, el cambio experimentado por su experiencia personal del "Resucitado" transformó su vida y su mentalidad en forma radical, convirtiéndolo en un incansable predicador del kerygma cristiano.

Así, pues, resulta imposible que Pablo haya originado esa fe pascual a partir de los cultos mistéricos paganos, por el hecho de que las "fórmulas kerygmáticas" que él recoge en sus cartas, son todas ellas "prepaulinas". Por otro lado, su postura fariseo antipagana lo hacía también reacio de entrada a servirse de esos "cultos mistéricos" paganos para reinterpretar su experiencia religiosa, ahora cristiana.

La influencia mitificara de los "cultos misterios" paganos sobre la pascua cristiana solo pueden haberse producido más tarde, aun cuando esos cultos estuvieran presentes en ella ambiente cercano a la Palestina de la época de Jesús, debido a que los sencillos iniciadores de la fe cristiana eran ajenos a esa influencia, dependiendo totalmente de la enseñanza sinagogas y de la innovación planteada por su maestro indiscutible, Jesús. Y Pablo, por su parte, entra en escena cuando ya el kerygma está siendo predicado y celebrado en Palestina por la comunidad prepaulina. Por otro lado, tampoco el impacto original imperial, puesto que el apoyo del poder de Roma vino precisamente debido a la constatación de aquella fuerza impactante presente en los primeros cristianos, la misma que había hecho cambiar radicalmente de opinión y de actitud a Pablo. Es, pues, precisamente en ese impacto inicial, que está en la base de la primera predicación del kerygma y de su primera celebración eucarística, donde radica el enigma del origen del cristianismo, así como el carácter exclusivo de su fe, con respecto a los demás cultos mistéricos.

Pero ese kerygma es experimentado por sus fieles cristianos como un don incondicional que responde únicamente al designio gratuito de Dios, quien ha querido otorgar al hombre el acceso a su propia vida divina por mediación de Jesús, con quien Dios mismo se identifica personalmente, para que todo ser humano pueda, por medio de él, acceder a la inmortalidad, propia y exclusiva de Dios. La conciencia del carácter exclusivamente gratuito (don) del acceso a la vida inmortal desvinculó el culto pascual cristiano de la perspectiva mágica, así como lo llevó a ubicar la ética no como causa de ese desenlace inmortal, sino como consecuencia de la conciencia de la gratuidad de ese don, si bien las tendencias pelagianas y mágicas estarán siempre acechando como una constante tentación en la historia del cristianismo, desde sus mismos inicios hasta el día de hoy.

La fuerza imponente de las búsquedas humanas frente a la muerte, a veces brutales en sus formas, como lo es la misma muerte de que ahí se trata, hace que su seguimiento histórico resulte apasionante, al constatar la pluriforme búsqueda titánica del pobre ser humano enfrentado, como porfiado Sísifo, a su destino trágico y, aún así, luchando contra él con todos los medios disponibles a su alcance, puesto que Uno itinere non potest perveniri ad tam grande secretum.

Pero esa búsqueda heroica puede transformarse también en una poderosa "iluminación" del espíritu humano, capaz de experimentar, así, como el descanso (requietio) en la esperanza tranquila de saberse objeto de un designio divino de gracia incondicional, que lo mantiene y lo mantendrá siempre abierto al futuro de la Vida.

Aportes propios del misterio cristiano a la reflexión sobre la muerte

En primer lugar, lo más notable que se destaca en la vivencia espiritual del primer cristianismo es su experiencia de la gratuidad de la salvación dada a través de la muerte y resurrección de Jesucristo. El antecedente judío que señalamos en el texto del "Siervo Sufriente" de Isaías contiene ya esa vivencia, al señalar:

"Todos nosotros andábamos como ovejas errantes, cada uno marchando por su propio camino, y Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros" (Is. 53,6)

Es decir, la salvación de Dios irrumpió, no como consecuencia de búsqueda humana alguna ni de méritos previos, sino motivada por el designio mismo de su Gracia Incondicional, como acto primero y no como respuesta a acción humana previa alguna. Dios irrumpió salvíficamente, cuando "todos nosotros estábamos en otra". Por lo mismo, la fe kerigmática, así como la celebración cultual del "rito eucarístico" que actualiza la Pascua cristiana, haciéndola "contemporánea" a todo hombre y mujer que lo celebre, en la fe, a lo largo de la historia, no constituye un recurso "mágico", por medio del cual el hombre haga lo suyo el poder divino vivificante del Jesús que murió y resucitó "por nosotros". No es un recurso que, gracias a estar iniciado en él, dé al creyente un "control" automático sobre ese poder divino. Dicho en otros términos, no se trata de un rito "mágico", sino de una celebración "sacramental". Lo cual implica que quien lo celebra está inserto en la fe de la comunidad eclesial que o ha transmitido, a partir del acontecimiento pascual mismo. Así, pues, en la misma celebración está contenida la experiencia de gratuidad universal. En este sentido, el concepto bíblico de misterio, señalado antes, tanto en las tradiciones apocalípticas, como en Qumram, en la tradición sinóptica y en la paulina, acentúa precisamente esa connotación de gratuidad universal del designio salvífico divino. Por lo mismo, no es como efecto de la fe de la Iglesia que la Fe pascual y el Sacramento (Bautismo y Eucaristía) da la salvación y es "garantía de resurrección" para quienes participan en él (Jn 6,54 y 58), sino que, por medio de ella, actúa el don gratuito de Dios. Lo cual, precisamente, hace posible que ese don (Gracia) pueda actuar también salvíficamente en todas las personas que honestamente no participen de esa fe de la Iglesia y de su sacramentalidad explícita.

En segundo lugar, esa misma experiencia radical de gratuidad, presente en la inspiración originaron de la fe pascual cristiana, conlleva la exclusión de las hipótesis de "reencarnaciones", que se encuentran en los diversos cultos misterios, así como en determinadas formas de "cristianismo" de tipo gnóstico. Precisamente porque es Dios quien gratuitamente ofrece el acceso a su realidad divina de Vida inmortal, y ésta no se logra como resultado automático de la fe pascual y de los ritos litúrgicos que la celebran, la esperanza en la "resurrección de la carne" se funda en el designio divino, revelado en el rostro de Jesús "extravertido" totalmente por los demás, que quiere comunicar su Vida a todos los seres humanos, debido a que su propia esencia es extroversión misericordiosa. El acceso a la Vida divina no puede lograrse por ningún medio, ni cultural ni religioso, si no es Dios mismo quien lo da por Gracia. Y siendo éste el designio de Dios, no se requieren reencarnaciones de ningún tipo, para llegar finalmente a conseguirlo como resultado de "ascesis" o "yogas" progresivos. Ésa fue la razón del rechazo de la comprensión gnóstica, así como de las tendencias posteriores del "pelagianismo" y de los diversos tipos de "puritanismo cátaro", por parte de la misma dirección magisterial de la Iglesia.

Sin perjuicio de lo anterior, la fe pascual propia del cristianismo primitivo nunca tuvo atisbo alguno de los elementos orgiásticos, oemofágicos o de ritos sexuales de fertilidad, que abundaban en los cultos mistéricos. Es interesante señalar como, en el nivel de redacción del Evangelio de Juan, se destaca el carácter "simbólico" y no "carnal" del rito eucarístico, aun cuando la afirmación inicial podría prestarse a una comprensión "omeofágica".

Aportes propios del misterio cristiano a la reflexiono sobre la muerte

Muerte sumeria


La forma de "sobrevivencia" en el país de los muertos, denominado la tierra sin retorno, tiene características similares a las de ciertas culturas primitivas. Los espíritus de los difuntos permanecen un tiempo "vagando" cerca de sus tumbas y necesitan de la atención de los vivos, que deben aportarles alimentos y, sobre todo, agua. El descenso a la tierra sin retorno tiene siete puertas sucesivas que se cierran, una vez que se han traspasado y, cruzado su dintel, el difunto es despojado de todas sus vestiduras. Se visualiza como un lugar de polvo y agua salobre. Los muertos permanecen para siempre ahí, todos por igual; sin embargo, había la creencia de que los vivos, por medio de ofrendas mortuorias, podían influir para que sus deudos tuvieran un mejor trato.

No parece, en cambio, que los mesopotámicos concibieran relación alguna entre la forma de vida, buena o mala, que el difunto hubiese llevado en la tierra y su permanencia sombría en la tierra sin retorno, donde todos recibían la misma sentencia de encierro eterno, de parte de los dioses de los muertos, que ahí regían, Nergal y Ereshkigal".

Antonio Bentué (2002) en Muerte y búsquedas de inmortalidad. 

El juicio final egipcio y su moral

El ritual del juicio consiste en un verdadero interrogatorio, en el cual intervienen los dioses Anubis y Tot, como inquisidores principales, y los cuarenta y dos dioses, a cuyas preguntas debe contestar el alma del difunto, acompañada por Maat, como su abogada e introductora.

Una vez superado el breve interrogatorio inicial, en que Anubis le pregunta los nombres de las diversas partes del portón de acceso a la sala del juicio, interviene largamente el difunto para declarar su propia inocencia con respecto a los pecados ahí enunciados. Los criterios de moralidad ahí establecidos acentúan sobre todo dos tipos de faltas: contra el culto a los dioses y contra el buen trato a los semejantes.

He aquí algunas de sus confesiones:

"No he cometido iniquidad contra los hombres.
No he maltrato a la gente...
No he blasfemado contra Dios.
No he empobrecido a un pobre en sus bienes.
No he inculpado a un esclavo ante su patrón...
No he hecho pasar hambre a nadie.
No he hecho llorar a nadie,
no he matado a nadie.
No he sacado ofrendas alimenticias de los templos.
No he ensuciado los panes de los dioses.
No he sido pederasta.
No he fornicado en los lugares santos del dios de mi ciudad.
No he falseado el peso de la balanza.
No he quitado la leche de la boca de los recién nacidos.
No he privado de su pasto al ganado.
No he colocado un dique para retener el agua corriente.
No he puesto obstáculo a la procesión de un dios.
¡Yo soy puro, yo soy puro, yo soy puro, yo soy puro!...
No me llegará el mal en esta sala de los dos Maat, puesto que yo
conozco el nombre de los dioses que en ella se encuentran".

Antonio Bentué (2002) en Muerte y búsquedas de inmortalidad. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Los que han muerto, nunca están ausentes

Los que han muerto no están nunca ausentes,
están en la sombra que se aclara
y en la sombra que se hunde en la oscuridad.
Están en el árbol que resuena,
están en el árbol que se queja,
están en el agua que rebosa.
así como el agua que, dormida, cierra sus ojos;
están en la choza y en la barca.
Los muertos no están muertos.
Los que han muerto nunca están ausentes.
Están en los pechos de la mujer,
están en el niño de su vientre,
están en la aventura que nace.

Jahn Mutu (1970) en las culturas de la negritud.

Primeros ritos mortuorios y la creencia en el ánima

Mientras no hay conciencia, el viviente mortal solo se preocupa de vivir, sin plantearse el problema de la muerte; pero, al emerger conciencia, surge la inquietud sobre la muerte, cuya previsión angustia al ser humano.

Sin embargo, esa angustia aparece de inmediato "controlada" por la convicción de que quien muere tiene en sí mismo un poder personal inherente a su cuerpo, que le permite sobrevivir más allá de la muerte y de la descomposición corporal que ella obviamente implica. De esta manera, los primeros vestigios claros de existencia humano que han podido ser mejor estudiados, los del "Sinántropo" (conocido también como "Homo Pekinensis") van vinculados a rituales mortuorios presentes junto a los restos del difunto, en el período del Pleistocene Medio chino (hace unos 5000.000 años). Lo mismo ocurrieron los restos, contemporáneos a los anteriores, encontrados en la isla de Java y conocidos como el "Pitecántropo erecto" (u "hombre de Java"). Em ambos casos aparece la evidencia de que al difunto se le había cortado la cabeza y le habían hecho un orificio en su parte occipital. Este mismo fenómeno mortuorio se encuentra verificado, mucho más tarde, en los restos funerarios descubiertos en diversas partes de Europa, en los numerosos esqueletos humanos del tipo "Neardenthal" (correspondientes a unos 100.000 años de antigüedad). En todos ellos, la decapitación del muerto, así como el orificio en la parte occipital del cráneo, lleva a concluir que le habían extraído el cerebro por ese hoyo, para comérselo en un banquete ritual, manteniendo además el cráneo como trofeo".

Esta práctica da probablemente el verdadero significado antropológico del canibalismo. Los primitivos no se comían a sus víctimas humanas por razones de mera alimentación, sino debido a que consideraban que en ellos había un poder que deseaban asimilar, ya sea para arrebatárselo con violencia, o bien, para tenerlo controlado o prolongarlo después de su muerte. En ambos casos, la muerte de estos personajes, cuyo cerebro era comido por otros, muestra la creencia de que hay algo en el ser humano que sobrevive a su muerte. Esa misma convicción se encuentra sin duda también presente en las tumbas de la época del Paleolítico Superior (hace unos 70.000 años), en la región francesa de Dordogne ("hombre de Cromagnon") y de la frontera italiana de Ventimiglia ("hombre de Grimaldi"). En éstas, aparecen los esqueletos con abundantes conchas marinas adornando sus cráneos, así como pintados sus huesos de color ocre rojizo. Sin duda, ambos elementos constituyen símbolos de la fuente de la vida. Y el hecho de enterrar a los difuntos con ese doble simbolismo muestra la creencia de que el difunto podía acceder a una nueva vida después de su muerte, volviendo a salir del seno de la madre, significado por las conchas marinas con que se los sepultaba. Esta asociación de la muerte con el símbolo femenino de fertilidad será frecuente en todo el período prehistórico, así como a lo largo de la historia de las religiones.

La evidencia constante sobre las creencias primitivas relativas a la muerte permite concluir que siempre el ser humano creyó en que los difuntos accedían a otra forma de vida. Para asegurarla mejor, y a la vez, hacérsela más fácil, se acompañaban los restos sepultados o incinerados del difuntos con elementos simbólicos de fertilidad (conchas) o de vida (ocre rojo, semejante a la sangre), además de utensilios y alimentos para que tuviera lo necesario en ese viaje al mundo de los muertos. De ahí que, junto a los restos del esqueleto humano, frecuentemente se hallen también huesos de animales, que probablemente fueron consumidos, en una especia de "banquete" mortuorio de comunión, dejando partes del animal enterradas junto a los restos del difunto para su alimentación en el más allá, de manera que el espíritu del difunto permanezca tranquilo en su nuevo lugar de reposo o de sobrevivencia  no siga "vagando" entre los vivos, reclamando, a sus antiguos familiares o amigos, el cumplimiento de algún deber ritual que no se le realizó adecuadamente.

Para los primitivos  no parece existir la idea de la "nada". Lo que ha  vivido, tendrá siempre que seguir viviendo, de una forma u otra. Esta dimensión del viviente, capaz de permitirle sobrevivir, más allá de la forma de vida que haya tenido en este mundo, es lo que generalmente llamamos "ánima", que el primitivo concibe como una sustancia invisible, semejante a la materia aérea, con ubicación concreta en el cerebro (de ahí que se lo coman, para asimilar su "ánima" poderosa); y que necesita conductos de entrada y salida, como son la nariz y la boca; además, puede usar los pies para escapar o "vagar" por otros lados. Por eso, se dan casos en que se colocan una especia de anzuelos amarrados a la nariz, al ombligo y a los pies de un enfermo, para que su "alma" no se escape del cuerpo, dejándolo muerto. El "anzuelo", o el "cepo" es de uso frecuente en la magia curandera para evitar la muerte del enfermo, o bien, si éste muere, para amarrar su alma, de forma que regrese al cuerpo de donde intentó escapar. Incluso a veces se considera que el "ánima" de una persona puede abandonar su cuerpo por un tiempo sin causarle la muerte, aunque es necesario que se le haga regresar lo antes posible, para evitar esa muerte definitiva.

En muchos pueblos primitivos el cadáver era incinerado. Y la destrucción del cuerpo por el fuego ha podido contribuir a la creencia en esa "ánima" separable del cuerpo, donde habita temporalmente, y que asciende al cielo junto al himno que emana de la incineración del cadáver.

El origen de la creencia universal en un "ánima" inherente al cuerpo vivo ha sido estudiada sobre todo por E.B. Tyler. Según él, provendría, en primer lugar, de las experiencias del sueño y de los estados extáticos. Al soñar o tener "voladuras", uno experimenta como si estuviera en otros lados e hiciera diversas actividades, a veces con fuerte impresión de realidad. Luego, al "volver en sí", o "despertar", de da cuenta de que cuerpo sigue donde estaba antes de esa impresión de escape. De ahí habría surgido la convicción de una realidad, presente en uno mismo, capaz de desvincularse del cuerpo para regresar después a él, o eventualmente para no volver a incorporarse de nuevo.

La muerte es, así vista como la salida sin regreso del "ánima", la cual puede quedar "vagando" en forma inquieta, por incumplimiento de algún requisito ritual que no le permite acceder al mundo del más allá, o bien puede ir a "animar" otro cuerpo (transmigración o reencarnación) (en esta creencia en ánimas, separadas de su cuerpo por la muerte, se funda otra forma de animismo, denominado "espiritismo", por medio del cual se pretende entrar en contacto "evocándolo", con el "espíritu" de un determinado difunto o antepasado.

La vinculación entre muerte y fertilidad, que ya señalé antes, al constatar el entierro primitivo de los muertos, adornándolos con conchas marinas y pintándolos con ocre rojo para asegurar su nuevo "nacimiento" a otra forma de vida, tiene también a veces un significado "sacrificial". La muerte cruenta del difunto es usada como mediación para impetrar, de los poderes de la naturaleza, la fertilidad de los animales. Así, en las culturas matriarcales primitivas se ofrece a la "madre de la tribu", o a la "vieja luna", la sangre del difunto, todavía fresca o, incluso, su corazón palpitante, los pulmones, el hígado, u otro órgano de su cuerpo. También se sacrifican a veces cuerpos de prisioneros, para el mismo fin.

Este mismo significado puede estar, según lo postula E. Durkheim, el origen del totemismo, al identificar el ancestro o fundador del clan con determinado animal: el tótem del clan. El ánima del ancestro, como padre protector del clan, lo protege para que nunca falte a sus miembros la caza para alimentarse. Pero ahí el "sacrificio" para garantizar mejor la abundancia de las presas y, por lo tanto, su fertilidad, tiene una forma distinta. Los miembros del clan se abstienen de cazar y comer el propio animal tótem, en el cual está "encarnado" el espíritu del ancestro o padre protector. Se da, así, la experiencia primitiva denominada "tabú"; es decir, el poder del ancestro muerto, pero encarnado en el animal "tótem", es temido, puesto que si se transgrede la prohibición de abstenerse de su casa, podría su espíritu ser afectado en su tranquilidad y ello provocar la infertilidad de los animales. Debe cumplirse, pues, con el tabú, absteniéndose de cazar el animar tótem, para evitar, que, con la transgresión del tabú, quede afectada la sobrevivencia del clan, al verse amenazada la abundancia y la fertilidad de las presas de caza.



Antonio Bentué (2002) en Muerte y búsquedas de inmortalidad.

La ilusión del marketing sobre la muerte

De esta manera en nuestra cultura occidental, marcada, en el meollo de sus países desarrollados, por el "marketing" en función del consumo siempre creciente de la sociedad del bienestar, la muerte parece haber sido domesticada. Resulta especialmente significativa la forma misma de hacer propaganda a los cementerios. La palabra muerte no sale para nada en ese "marketing" mortuorio. En su lugar, se emplean formas eufemísticas para insinuar el tema sin aludir a la muerte. Se ofrecen "parques del recuerdo", "jardines olímpicos"... Todo parece ser únicamente vida. El producto anunciado consiste en "algo" que tiene que ver con una forma de vida más confortable, de tal manera que quien adquiera ese especial "producto del mercado" podrá olvidarse del problema de la muerte y vivir tranquilo en su deliciosa seguridad familiar.

Antonio Bentué (2002) en Muerte y búsquedas de inmortalidad. 

sábado, 24 de octubre de 2015

La muerte en el centro de la vida


Si uno quiere reflexionar seriamente en el fenómeno de la vida, tiene que comenzar planteándose el problema de la muerte (...). La muerte está situada, no en la periferia, sino en el centro de toda vida humana. (...). La impotencia del hombre ante su destino mortal lo llevó a refugiar su esperanza en la religión, por eso no es posible tocar el tema de la muerte sin encontrarse con la historia religiosa del ser humano"

Antonio Bentué, "Muerte  y búsquedas de inmortalidad" (2003)

Vida y muerte

Si uno quiere reflexionar seriamente en el fenómeno de la vida, tiene que comenzar planteándose el problema de la muerte.


Antonio Bentué, "Muerte  y búsquedas de inmortalidad" (2003)

En cuanto a la muerte, siempre hay fe

En una ocasión, unos amigos míos me dicen que ellos consideraban que no había que preocuparse de la muerte; simplemente hay que vivir hasta que la vida se acabe, puesto que la vida es así y no hay más que eso. Toda preocupación acerca de la muerte sería, pues, una pura vaciedad sin sentido. Aparentemente ellos nos creían nada ni se hacían tampoco cuestión de cosas por las que no valdría la pena preocuparse. Sin embargo, esta misma afirmación ¿qué es sino una "creencia" tranquilizadora, si es que en realidad tranquiliza? Hay también ahí una actitud práctica que no está justificada por ningún "saber". Hay, pues, una fe "negativa"; pero que no por ser así e menos fe que la contraria. ¿Quién ha visto, en efecto, lo que hay después de la muerte, para poder "saber" que después de ella no hay nada?.

Jorge Eduardo Rivera en "Muerte  y búsquedas de inmortalidad" (2003)