lunes, 24 de febrero de 2020

Chernóbil y la puesta en tela de juicio de la visión del mundo

Yo soy testigo de Cherbóbil..., el acontecimiento más importante del siglo xx, a pesar de las terribles guerras y revoluciones que marcan esta época. Han pasado veinte años de la catástrofe, pero hasta hoy me persigue la misma pregunta: ¿de qué dar testimonio? ¿del pasado, o del futuro? Es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror.

Pero yo miro a Chernóbil como al inicio de una nueva historia, Chernóbil no solo significa conocimiento, sino también preconocimiento, porque se el hombre se ha puesto en cuestión con su anterior concepción de sí mismo y del mundo. Cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción de tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo. Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien, doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos ignorándolo casi todo?
(...)

Chernóbil es un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del sigo xxi. Un reto para nuestro tiempo. Ha quedado claro que además de los desafíos comunista y nacionalista y de los nuevos retos religiosos entre los que vivimos y sobrevivimos, en adelante nos esperan otros más, más salvajes y totales, pero que aún siguen ocultos ante nuestros ojos. Y, sin embargo, después de Chernóbil, algo se ha vislumbrado.

La noche del 26 de abril... Durante aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no solo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación. Se ha roto el hilo del tiempo. De pronto el pasado se ha visto impotente; no encontramos en él en qué apoyarnos; en el archivo omnisciente (al menos así nos lo parecía) de la humanidad no se han hallado las claves para abrir esta puerta.
(...)

Entre el momento en que se produjo la catástrofe y cuando se empezó a hablar de ella se produjo una pausa. Un momento para la mudez. Y lo recuerdan todos. Allá por las altas esferas de tomaban decisiones, se confeccionaban instrucciones secretas, se mandaba que levantan vuelo los helicópteros, o que se trasladaran por las carreteras enormes cantidades de transportes, abajo se esperaba recibir información y se pasaba miedo, se vivía a base de rumores, pero todos guardaban silencio sobre lo principal: ¿qué es lo que realmente había sucedido? No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar, así es como podemos definir hoy nuestro estado entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos, aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía. Estábamos ante el efecto de una conmoción (...).

Ante Chernóbil todo el mundo se ponía a filosofar. Las personas se convertían en filósofos. Los templos se llenaron de nuevo. Se llenaron de creyentes y de gente que hasta el día anterior era atea. Gente que buscaba respuestas que no les podían dar ni la física ni las matemáticas. El mundo tridimensional se abrió y dejé de encontrarme con valentones que se atrevieran a jurar sobre la biblia del materialismo.

De pronto, se encendió cegadora la eternidad. Callaron los filósofos y los escritores, expulsados de sus habituales canales de la cultura y la tradición. Durante aquellos primeros días, con quien resultaba más interesante hablar no era con los científicos, los funcionarios o los militares de muchas estrellas, sino con los viejos campesinos. Gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo. Y su conciencia no se destruyó.
(...)

Todo lo que conocemos de los horrores y temores tiene más que ver con la guerra. El gulag estalinista y Auschwitz son recientes adquisiciones del mal. La historia siempre ha sido un relato de guerras y de caudillos; y la guerra constituía, digamos, la medida del horror. Por eso, la gente confunde los conceptos de guerra y catástrofe. En Chernóbil se diría que están presentes todos los rasgos de la guerra: muchos soldados, evacuación, hogares abandonados... Se ha destruido el curso de la vida. Las informaciones sobre Chernóbil están plagadas de términos bélicos: átomo, explosión, héroes... Y esta circunstancia dificulta la comprensión de que nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes... Pero el hombre no quiere pensar en esto, porque nunca se ha parado a pensar en esto, se esconde tras aquello que le resulta conocido. Tras el pasado. Hasta los monumentos a los héroes de Chernóbil parecen militares.

En mi primer viaje a la zona, los huertos se cubrían de flores, brillaba alegre al sol la hierba joven. Cantaban los pájaros. Era un mundo tan familiar..., tan conocido. La primera idea que te asaltaba era que todo estaba en su lugar, como siempre. La misma tierra, el mismo agua, los mismos árboles... En ellos, tanto las formas como los colores, así como los olores, son eternos, y nadie será capaz de cambiarlos, ni siquiera un poco. Pero ya el primer día me explicaron que no hay que arrancar las flores de la tierra, que es mejor no sentarse en el pasto, como tampoco hay que beber agua de los manantiales. Al atardecer, vi como los pastores querían dirigir hacia el río al cansado rebaño, pero las vacas se acercaban al agua y, al instante, daban media vuelta. De algún modo intuían el peligro. Y los gatos, me contaban, dejaron de comer los ratones muertos de los que estaba lleno el campo y los patios. La muerte se escondía en todas partes, pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso.

El hombre se vió sorprendido y no estaba preparado para esto. No estaba preparado como especia biológica, pues no le funcionaba todo su instrumental natural, los sensores diseñados para ver, oír, palpar... los sentidos ya no servían para nada: los ojos, los oídos y los dedos ya no servían, no podían servir, por cuanto que la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorpórea. Nos hemos pasado la vida preparándonos para la guerra, tantas cosas que sabemos de ella, ¡y de pronto esto!. Ha cambiado la imagen del enemigo. Nos ha salido un nuevo enemigo... enemigos. Mataba la hierba segada. Los peces pesados en el río, la caza de los bosques... las manzanas... el mundo que nos rodeaba, antes amoldable y amistoso, ahora infundía pavor. La gente mayor, cuando se marchaba evacuada y aún sin saber que era para siempre, miraba el cielo y se decía: "Brilla el sol. No se ve humo, ni gases. No se oyen disparos. ¿Qué tiene esto de guerra? En cambio, nos vemos obligados a convertirnos en refugiados". Un mundo conocido, convertido en desconocido.

¿Cómo comprender dónde nos encontramos? ¿Qué nos está pasando? Aquí. Ahora. No hay a quién preguntar.

En la zona y su alrededor, asombraba la enorme cantidad de maquinaria militar. Los soldados marchando en formación con sus armas recién estrenadas. Con todo el armamento reglamentario completo. No sé por qué razón no se me quedaron grabados los helicópteros ni los blindados, sino solo esos fusiles. Las armas. Hombres armados en la zona de Chernóbil. ¿A quién iban a disparar o contra qué defenderse? ¿De la física? ¿De las invisibles partículas? ¿Ametrallar la tierra contamina o los árboles? (...)

Asistí a cómo el hombre anterior a Chernóbil se convirtió en el hombre post Chernóbil.

Más de una vez - y aquí hay que pararse a pensar - me han llegado opiniones según las cuales el comportamiento de los bomberos de la primera noche apagaron el incendio de la central atómica, así como el de los liquidadores, recordaba al de los suicidas. Un suicidio colectivo. Los liquidadores trabajaban a menudo sin los uniformes especiales de protección, se dirigían sin protestar allí donde morían los robots, se les ocultaba la verdad sobre las altas dosis recibidas, y ellos se resignaban a aquello, y luego se alegraban al recibir los diplomas y medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte. Y a muchos ni siquiera llegaron a tiempo de entregárselos.

Así pues, ¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviética? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa. ¿Quién puede imaginarse aunque sea por un segundo el panorama si hubieran explotado los tres reactores restantes?

Son unos héroes. Héroes de la nueva historia. Se los compara con los héroes de las batallas de Stalingrado o de Waterloo, pero ellos han salvado algo más importante que su patria, han salvado la vida misma. El tiempo de vida. El tiempo vivo. Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros seres vivos. Animales y plantas.

Cuando fui a verlos... Y cuando escuchaba sus relatos sobre cómo se dedicaban (¡los primeros y por primera vez!) a una nueva tarea, humana e inhumana a la vez, que era la de enterrar la tierra en la tierra, la de enterrar en búnkeres de hormigón especiales las capas contaminadas junto con todos sus habitantes: escarabajos, arañas, crisálidas... Los más diversos insectos cuyos nombres incluso desconocían. O no recordaban.

Estos hombres tenían una idea completamente distinta de la muerte, y esta idea se extendía a todo: desde el ave a la mariposa, su mundo ya era otro mundo; un mundo con un nuevo derecho a la vida,  con un nuevo sentido de la responsabilidad y un nuevo sentimiento de culpa.
(...)

El tiempo se había mordido la cola. El principio y el fin se habían unido. Para aquellos que estuvieron allí, Chernóbil no terminaba en Chernóbil. Y estos hombres no regresaron de una guerra... sino se diría que regresaron de otro planeta. Yo comprendí que de manera completamente consciente aquellos hombres convertían sus sufrimientos en un nuevo conocimiento. Nos lo regalaban diciéndonos: habrán de hacer alguna cosa con este conocimiento y emplearlo de algún modo.

Los héroes de Chernóbil tiene un monumento. Es el sarcófago y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del sigo XX.

En la tierra de Chernóbil, uno siente lástima del hombre. Pero más pena dan los animales. Y no he dicho una cosa por otra. Ahora lo aclaro... ¿Qué es lo que quedaban en la zona muerta cuando se marchaban los hombres? Las viejas tumbas y las fosas biológicas, los así llamados cementerios para animales. El hombre solo se salvaba a sí mismo, traicionando al resto de los seres vivos.

Después de que las poblaciones abandonaran el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiro a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanos..., también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.

Hubo un tiempo en que los indios de México e incluso los hombres de la Rusia precristiana pedían perdón a los animales y a las aves que debían sacrificar para alimentarse. Y en el Antiguo Egipto, el animar tenía derecho a quejarse del hombre. En uno de los papiros conservados en una pirámide se puede leer: "No se ha encontrado queja alguna del toro contra N". Antes de partir hacia el reino de los muertos, los egipcios leían una oración que decía: "No he ofendido a animal alguno. Y no le he privado ni de grano ni de hierba".

¿Qué nos ha dado la experiencia de Chernóbil? ¿Ha dirigido nuestra mirada hacia el misterioso y callado mundo de los "otros"?

En una ocasión vi como soldados entraron en una aldea de la que se habían marchado sus habitantes y se pusieron a disparar. Gritos impotentes de los animales... Gritaban en sus diferentes lenguas. Sobre este hecho ya se ha escrito en el Nuevo Testamento: Jesús llegó al Templo de Jerusalén y vio allí a unos animales dispuestos para el sacrificio ritual: con los cuellos cortados y desangrándose. Entonces Jesús gritó: "Habéis convertido la casa de oraciones en una cueva de ladrones". Podía haber añadido "en un matadero". Para mí, las centenares de "biofosas" abandonadas en la zona representan aquellos mismos túmulos funerarios de la Antigüedad. Pero ¿dedicados a qué dioses? ¿Al dios de la ciencia y el saber, o al dios del fuego? En este sentido, Chernóbil ha ido más que Aushwitz y Kolimá. Más allá del Holocausto. Nos propone un punto final. Se apoya en la nada.

Veo el mundo de mi entorno con otros ojos. Una pequeña hormiga se arrastra por el suelo y ahora me resulta más cercana. Un ave surca el cielo y me resulta más próxima. Se ha reducido la distancia entre ellos y yo. No existe el abismo de antes. Todo es vida.

También se me grabaron cosas como ésta. Me contaba un viejo apicultor (y más tarde lo escuché de otra gente): "Salí por la mañana al jardín y noté que faltaba algo, cierto sonido familiar. No había ni una abeja. ¡No se oía a ni una abeja! ¡Ni una! ¿Qué es esto? ¿Qué pasa? Tampoco el segundo día levantaron el vuelo. Ni al tercero. Luego nos informaron de que en la central nuclear se había producido una avería, y la central está aquí al lado. Pero durante mucho tiempo no supimos nada. Las abejas se habían dado cuenta, pero nosotros no. Ahora, si noto algo raro, me fijaré en ellas. En ellas está la vida".

Otro ejemplo. Entablé conversación junto al río con unos pescadores y estos me contaron:
"Nosotros esperábamos que nos explicaran la cosa por la televisión. Que nos dijeran cómo salvarnos. En cambio, las lombrices... Las lombrices más comunes se enterraron muy hondo en la tierra, se fueron a medio metro y hasta a un metro de profundidad. En cambio, nosotros no entendíamos nada. Cavábamos y cavábamos. Y no encontramos ni una lombriz para pescar".

¿Quién es el primero, quién está más sólida y más eternamente ligado a la tierra, nosotros o ellos? Lo que tendríamos que hacer en aprender de ellos cómo sobrevivir. Y cómo vivir.

Han confluido dos catástrofes. Una social: ante nuestros ojos se derrumbó la Unión Soviética, se sumergió en las aguas el gigantesco continente socialista, y otra cósmica: Chernóbil. Dos explosiones globales. Y la primera resulta más cercana, más comprensible. La gente está preocupada por el día a día y por su vida cotidiana: ¿Con qué comprar? ¿a dónde marcharse? ¿bajo qué banderas avanzar de nuevo? ¿o hay que aprender a vivir por uno mismo, vivir cada uno su propia vida? Esto último lo ignoramos, no lo sabemos hacer. Es algo que experimentamos todos y cada uno. En cambio, Chernóbil es algo que querríamos olvidarnos, porque ante él nuestra conciencia se capitula. Es una catástrofe de la conciencia. Es el mundo de nuestras convicciones y valores ha saltado por los aires. Si hubiéramos vencido a Chernóbil, lo habríamos entendido hasta el final y habríamos escrito más sobre él. En cambio, seguimos viviendo en un mundo cuando nuestra conciencia habita en otro. La realidad resbala sobre nosotros y no tiene cabida en el hombre.
(...)

Un ejemplo. Hasta hoy empleamos los viejos términos de "lejos-cerca", "nuestros-extraños"... Pero, ¿qué quiere decir "lejos" o "cerca" después de Chernóbil, cuando ya al cuarto día sus nubes sobrevolaban África y China? La Tierra ha resultado ser tan pequeña. Ya no es la Tierra que conoció Colón. Es limitada. Ahora se nos ha formado una nueva sensación de espacio. Vivimos en un espacio arruinado.

Más aún. En los últimos años, el hombre vive cada vez más, pero, de todos modos, la vida humana sigue siendo minúscula e insignificante comprada con la de los radionúclidos instalados en nuestra Tierra. Muchos de ellos vivirán milenios. ¡Imposible asomarnos a esa lejanía! Ante este fenómeno experimentas una nueva sensación del tiempo. Y todo esto es Chernóbil. Sus huellas. Lo mismo ocurre con nuestros conocimientos. El pasado se ha visto impotente ante Chernóbil; lo único que se ha salvado de nuestro saber es la sabiduría de que no sabemos. Se está produciendo una perestroika, una reestructuración de los sentimientos.

Ahora, en lugar de las frases habituales de consuelo, el médico le dice a la mujer acerca de su marido moribundo: "¡No se acerque a él! ¡No puede besarlo! ¡Prohibido acariciarlo! Su marido ya no es un ser querido, sino un elemento que hay que desactivar". ¡Ante esto, hasta Shakespeare se queda mudo! Como el gran Dante. Acercarse o no, ésta es la cuestión. Besar o no besar. Una de mis heroínas (embarazada en ese mismo momento) se acercaba y besaba a su marido, y no lo abandonó hasta que le llegó la muerte. El precio que pagó por su acto fue perder la salud y la vida de su hija. Pero ¿cómo elegir entre el amor y la muerte? ¿entre el pasado y el ignorado presente? ¿y quién se creerá con el derecho a echar en cara a otras esposas y madres que no se quedaran junto a sus maridos e hijos? Junto a esos elementos radioactivos. En su mundo se vio alterado incluso el amor. Hasta la muerte.

Ha cambiado todo. Todo menos nosotros.

La zona... es un mundo aparte. Otro mundo en medio del resto de la Tierra. Primero se la inventaron lo escritores de ciencia ficción, pero la literatura cedió su lugar ante la realidad. Ahora no podemos creer, como los personajes de Chéjov, que dentro de cien años el mundo será maravilloso, ¡la vida será maravillosa!. Hemos perdido ese futuro. En esos cien años ha pasado el gulag de Stalin, Auschwitz,... Chernóbil... El 11 de septiembre en Nueva York... Es inconcebible cómo se ha dispuesto esta suceción de hechos, cómo ha cabido en la vida de una generación, en sus proporciones. En la vida de mi padre, por ejemplo, que tiene ahora ochenta y tres años. ¡Y el hombre ha sobrevivido!

Un destino construye la vida de un hombre, la historia está formado por la vida de todos nosotros. Yo quiero contar la historia de una manera que no pierdan los destinos de los hombres... ni de un solo hombre.

Svetlana Alexiévich (1997). "Entrevista de la autora consigo misma..." en VOCES DE CHERNÓBIL.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Sentirse

Un hombre se siente mojado cuando cae en el agua porque el hombre no es un animal acuático. Es decir, el pez no sabe que está mojado.

 C.S. Lewis

Verdad y consuelo

Si buscas la verdad, al final encontrarás consuelo; si buscas el consuelo, no encontrarás ni el consuelo ni la verdad, sino castillos en el aire al principio y desesperación al final.

C. S. Lewis en Mero Cristianismo (1952)

Saber retroceder en el camino

Cuando un reloj no está señalando la hora precisa lo más sensato es hacerlo volver atrás.
Progresar es acercarnos al lugar al cual queremos llegar. Si hemos tomado un sendero extraviado, avanzar por él no nos lleva más cerca de la meta propuesta. Si estamos avanzando por el camino equivocado, progreso es dar media vuelta y regresar al camino correcto; en tal caso el hombre que más pronto lo haga es el más progresista.

Todos hemos experimentado esto cuando hemos sacado cuentas. Cuando se empieza mal una suma, mientras más pronto se reconozca esto y se empiece de nuevo la operación, más rápidamente se efectuará la suma. No hay progreso en estar equivocado y rehusar reconocerlo.

C. S, Lewis en Mero Critianismo (1952)

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Sabiduría del mundo

¡No te quedes sobre el suelo llano!
¡No te eleves demasiado alto!
El mundo se ve más hermoso
desde media altura.

Fiedrich Nietzsche. La gaya ciencia (1882).

Dolor y placer

El dolor siempre pregunta por la causa, mientras que el placer se inclina a quedar en sí mismo y no mirar hacia atrás.

Fiedrich Nietzsche. La gaya ciencia (1882(.

Amistad como ideal de amor sin posesión

Sin duda, existe en uno y otro lugar de la tierra una especia de continuación del amor, en la que aquel codicioso anhelo de dos personas entre sí ha cedido a un nuevo deseo y codicia, a una sed común más alta por un ideal que se encuentra por encima de ellos: ¿pero quién conoce ese amor? ¿quién lo ha vivido? Su nombre correcto es amistad.

Fiedrich Nietzsche. La gaya ciencia (1882).

martes, 24 de diciembre de 2019

Sueños y sentido de existencia

Un día, un niño se paró ante un pensador y le preguntó:
- ¿De qué tamaño es el universo?
Mientras le acariciaba la cabeza, el hombre miró hacia el infinito y le preguntó:
- El universo tiene el tamaño de tu mundo.
Perturbado, el niño indagó otra vez:
- ¿Y de que tamaño es mi mundo?
Y el pensador respondió:
- Tiene el tamaño de tus sueños.

Si tus sueños son pequeños, tu visión será pequeña, tus metas serán limitadas, tus blancos serán diminutos, tus caminos serán estrechos, tu capacidad de soportar las tormentas será endeble.
(...)

Los sueños infunden sentido a la existencia. Si tus sueños son frágiles, tu comida no tendrá sabor, tus primaveras no tendrán flores, tus mañanas no tendrán rocío, tu emoción no tendrá romances.

Augusto Cury, en Nunca renuncies a tus sueños (2004)

domingo, 22 de diciembre de 2019

Cristo: transformación del absurdo en misterio

La experiencia cristiana tiene como elemento central "el escándalo de la cruz" (1Cor 1,23). Ese escándalo se da a dos niveles distintos. En primer lugar, hay un desenlace trágico de la vida de Jesús. Una persona valiosa e inocente, que es eliminada de forma malvada. Cuando uno lee el Evangelio no puede menos de sentir el absurdo escandaloso de la muerte de Jesús. Se trata de la muerte cruel de un inocente que, por lo demás, no hizo nada para evitarla, aún cuando la preveía perfectamente.

Si la existencia humana, vivida sin camuflajes, puede experimentarse como absurda o trágica, donde más se agudiza esa experiencia es sin duda en la constatación del atropello mortal sufrido por gente inocente (...). Si embargo, es cierto que la historia humana, casi constantemente, es una historia de sufrimiento de inocentes, acompañada a menudo de otra historia escandalosa, como lo es el triunfo descarado de los culpables.

En ese contexto general se ubica de forma culminante el escándalo de la cruz del inocente siervo de Yahvé, Jesús de Nazaret. Pero hay un segundo nivel del mismo escándalo. La cruz no solo es asumida de hecho, sino que es valorizada como misterio de la significación de la existencia: "El que quiera salvar su vida, la perderá, el que pierda su vida por mí, la hallará" (Mt. 16,25) "Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y, con mentira, digan contra vosotros todo género de mal, por mi nombre" (Mt 5,11). ¿No hay un abuso en estas consignas religiosas? ¿en virtud de qué el sufrimiento del inocente puede instituirse como un valor? Si así fuera, el escándalo del sufrimiento inocente no solo disminuye, sino que aumenta. En efecto, sin Dios, lo trágico y lo absurdo de la existencia es una simple fatalidad; en cambio, con un Dios "dueño y señor" de la existencia ese escándalo tiene un responsable. Dios es todopoderoso y nosotros simples criaturas suyas, obligadas como tales a aceptar el realismo, impuesto por Él, de una existencia aparentemente trágica. De ahí que ciertos pensadores como Sócrates o el neoplatónico Plotino afirmaban que la existencia terrena era indeseable y, por ello, este último consideraba poco sabio celebrar el día del nacimiento.

Dios puede aparecer así como un señor arbitrario y déspota que abusa de su omnipotencia y de nuestra limitación, al darnos una existencia "inconsistente" y mortal. Ante ese Dios, la actitud más legítima del hombre debería ser, no la obediencia, sino la rebelión. Aun cuando con ello saliera perdedor, puesto que Dios es más fuerte, el hombre debería rebelarse por dignidad. Esa actitud es la propia de los héroes de las tragedias griegas. Éstos luchan contra el destino de los dioses arbitrarios e implacables. Finalmente sucumben; pero se convierten en héroes precisamente por su rebelión contra el destino, a pesar de su fracaso.

El fundamento de la exigencia divida sobre nosotros, que nos obliga a obedecer, no puede ser simplemente que Dios es nuestro dueño y nosotros sus criaturas. Para el cristianismo, el fundamento solo puede estar en la persona de Cristo. Todo está ahí. ¿Y cómo? El cristiano sabe que, por Cristo, Dios se revela no como un espectador que observa el drama o la tragedia del hombre, desde fuera, conociendo de antemano el desenlace y, así, deja pasar sin inmutarse todo el sufrimiento humano a la espera de su "arreglo" final. No, Dios se coloca en medio de la tragedia humana y realiza el mismo gesto de confianza obediente que exige del hombre (He 5,8-9). Esto hace que esa exigencia ya no sea una arbitrariedad que incita legítimamente a la rebelión. Gracias a ese gesto de Dios en Cristo, la realidad dura de la existencia de ser un absurdo y se convierte en un misterio. Un Dios omnipotente que permite el mal y la muerte del inocente, no merece respeto, sino rebelión, aun cuando él se imponga y nos fulmine con su poder. Pero, ante el sufrimiento del hombre inocente Jesús, que es al mismo tiempo Dios en persona, la rebelión resulta inhibida y el hombre se siente llamado a admirar y confesar el misterio ahí presente.

Lo que funda la obediencia cristiana no es, pues, tanto el poder de Dios, sino su debilidad manifestada en Cristo (Fil 2,6-8 y 12).

El suicidio, en cuanto es una actitud de protesta y rebelión frente a una existencia absurda o trágica, halla, en la muerte incompresible de Cristo crucificado, su negación. El hombre debe aceptar la vida con confianza, porque Dios, en Cristo, aceptó con confianza la muerte (Lc 23, 46).

El misterio de la "muerte de Dios", puede, así, hacer posible, o incluso exigir, al hombre la plena aceptación de la existencia, sin rebelarse contra ella. Esta existencia, aparentemente absurda o trágica, ha valido la muerte de Dios, en Cristo. Toda la esperanza cristiana tiene ahí su razón de ser. No se funda en promesas utópicas, de futuro, que pretendan desmentir el problema radical del hombre, ni en alineaciones presentes que lo camuflen. La verdadera esperanza del cristiano se asume en la tragedia o el absurdo real de la existencia y espera contra toda esperanza, fiándose de que Dios, en Cristo, no ha muerto en vano.
(...)

El cristiano no puede desesperar de la vida, porque sabe que tiene ya ahora la vida en plenitud. Cristo, hombre y Dios, constituye la mejor buena nueva que puede recibir el hombre su situación angustiante de falta de fundamento autónomo. Como hombre, Cristo nos es accesible y, por su humanidad, tenemos acceso al único fundamento posible de la existencia, Dios. De la misma manera que, por su muerte, igual a la nuestra, nos es posible la vida inmortal. Este mensaje, que constituye la esencia del cristianismo, toca el fondo del problema del hombre. En Cristo es posible, no solo afrontar la existencia y evitar, así, la protesta desesperada del suicidio, sino agradecer esta existencia, a pensar de todas sus penalidades y angustias.

De esta manera, se puede producir la situación paradójica siguiente: por un lado, la tentación humana del suicidio es superada y, por otro, el cristiano puede también desear la muerte. Pero este deseo no es ya debido a la protesta provocada por la experiencia angustiante del absurdo o de la tragedia, sino que, justamente lo contrario, se debe a la íntima felicidad experimentada por la seguridad de estar bien anclados en ese fundamento absoluto de la existencia, el Dios vivo. Esta íntima seguridad explica también la actitud de los mártires que deseaban morir para poder ver esa Vida de la que ya vivían por su existencia mortal. Tal deseo, aparentemente suicida, está, pues, en la antípoda del suicidio por desesperación o protesta. Constituye, más bien, un canto al sentido maravilloso de la vida y de la muerte, fundado en el sentido salvador de la muerte del Justo o inocente Jesús, en quien muere Dios mismo para que el hombre pueda tener vida en abundancia.

 Antonio Bentué (2006), en Muerte y búsquedas de inmortalidad.





























sábado, 21 de diciembre de 2019

En busca de las flores brillantes

A un buscador de la verdad le cuentan que existen flores que brillan tanto como el sol. Comienza infructuosamente a buscarlas. Se le convierte en una obsesión. Durante años recorre el plantea rastreando estas luminosas flores sin encontrar ninguna. Decepcionado, convencido de que no existen, se sienta al borde de un camino con la decisión de ayunar hasta morir de hambre. Al cabo de unos días ve pasar a un viejo campesino llevando en sus brazos un enorme ramo de flores que brillan tanto como el sol. Asombrado, le pregunta:
- Dígame, buen hombre, ¿cómo puede usted encontrar tantas de estas flores cuando yo, a pesar de haber recorrido el mundo entero, nunca las vi?
- Muy fácil -responde el viejo-: por la mañana, apenas me despierto, miro fijamente el sol. Luego, veo estas flores por todas partes.

Alejandro Jodoworsky, en Cabaret Místico.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Ser hombre es saber esperar

Ser hombre es saber esperar, y al decir "saber" quiero decir: pasar de un simple "estar sometido" a la esperanza como un impulso ciego y motor incontrolado, a una asunción lúdica, responsable y arriesgada de la esperanza como autoexpresión propia. (...) Si la verdad del hombre es su futuro y si, por ello, la esperanza es una exigencia cristiana, esto se traduce diciendo que lo cristiano es caminar (...). Todos sabemos que una de las imágenes más clásicas de la exigencia humana, cristianamente vista, es aquella del pueblo peregrino que marcha día tras día por el desierto. Y repito: lo cristiano no es desear la vuelta a Egipto ("con Franco vivíamos mejor") pero tampoco es pensar que mañana o pasado mañana concluirá nuestra marcha; caminar es lo contrario de estar parado, pero también es lo contrario de ese "violar el futuro" que está empezando a ser una tentación nuestra. Lo cristiano es la cansada e ilusionada perseverancia en el seguir caminando, y a un ritmo que permita esta constancia.

José Ignacio González Faus, en Acceso a Jesús.

Afectivo en vez de racional

El hombre dicen, es un animal racional. No sé por qué no se ha dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y, acaso, lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato por no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado".

Miguel Unamuno. Del sentimiento trágico.

jueves, 24 de octubre de 2019

Antropologías Sexuales

La sexualidad se ha vivido siempre, a lo largo de la historia, en un clima de enigma y de misterio, como una realidad asombrosa y fascinante que ha provocado con mucha frecuencia una doble y paradójica actitud. Por un lago, produce instintivamente una dosis de miedo, recelo y sospecha, y, por otro lado, despierta al mismo tiempo la curiosidad, el deseo, la ilusión de un acercamiento. Es un hecho fácilmente consta table en la psicología de cada persona, donde aparece, si no se ha reprimido ningún elemento, esta tensión contradictoria. Se busca, se desea.. e, incomprensiblemente, se teme  rechaza.

Es lo que ha sucedido con mucha frecuencia en la historia cuando se ha intentado comprender su naturaleza insistiendo con exclusividad en el aspecto negativo y misterioso o, por el contrario, subrayando únicamente su carácter atractivo y placentero. Desde la antigüedad, esta doble postura se ha indo entretejiendo de manera casi continua en todos los tiempos y con matices diferentes.

Antropologías rigoristas:
recelo y desconfianza hacia lo corporal

El sexo, en primer lugar, ha sido un terreno abonado para la génesis y el crecimiento de muchos tabúes. Cuando una zona resulta arriesgada y peligrosa por su aspecto mentiroso, se levanta de inmediato una barrera a su alrededor que impide el simple acercamiento. Es como una frontera que conserva en su interior algo cuyo contacto mancha: cuya violación, aunque involuntaria, produce una sanción automática. Las costumbres más antiguas de todos los pueblos testimonian este carácter de la sexualidad. Determinados factores biológicos y naturales exigen una serie de ritos y purificaciones. La abstinencia sexual es obligatoria en algunas épocas especiales, como durante el período de guerra o de siembra. Ante el asombro que revela lo desconocido, se intenta evitar cualquier contagio y huir lo más posible de lo que se vivencia como un peligro inconcebible. Es una actitud de alejamiento respetuoso frente al mido que brota de un misterio inexplicable.

El rigorismo de la antigüedad en torno a estos temas fue impresionante. La distinción clásica entre el logos (la razón) y el alogon (lo irracional) adquirió una importancia extraordinaria. Para la filosofía estoica, lo fundamental consistía en vivir de acuerdo con las exigencias de la razón humana, mientras que el placer y los deseos corporales eran los enemigos básicos de ese ideal. La virtud aparecía como una lucha constante para evitar todo tipo de placeres. Su moral se centraba en un esfuerzo heroico y continuado para eliminar las pasiones y liberar al hombre de sus fuerzas anárquicase instintivas, hasta conducirlo a una apatía (falta de pasión) lo más completa y absoluta posible.

Lo más opuesto a la dignidad humana era el obnubilamiento de la razón que se opera en el placer sexual. Esta lucidez intelectual se mantenía como norma suprema por otras corrientes de pensamiento. Por eso el acto matrimonial, donde la persona renuncia precisamente a esta primacía de la razón, es algo indigno y animalesco. El mismo nombre de pequeña epilepsia, como era considerado por la ciencia médica de entonces, supone ya un atentado contra la condición básica del ser humano. Sería vergonzoso cualquier conducta en la que el alma entrara en relación con el instinto.

Las tendencias maniqueas añaden un nuevo aspecto pesimista en esta atmósfera cargada de sospechas y desconfianzas. El cuerpo y la materia han sido creados por el reino de las tinieblas y se han convertido en la cárcel y tuba de alma, que de esa forma queda prisionera y sometida a las exigencias de la carne. De nuevo el cuerpo aparecía como el lugar sombrío, como la fuente del mal, como la caverna del pecado. Su ética será también un intento de evitar el contacto con la materia, que mancha, culpabiliza y rebaja el espíritu a una condición brutal.

El esfuerzo, como una lógica consecuencia, estaba orientado hacia la liberación progresiva de esta prisión para el conocimiento limpio de la verdad y de la belleza eterna. La muerte aparece en el horizonte - recuérdese a Sócrates en el Fedón - como el momento cumbre de conseguir la libertad. Las rejas y mazmorras de los sentidos dejan paso al alma, liberada ya de sus bajas pasiones y sin obstáculos para la contemplación.

De ahí toda la corriente ascética y rigorista que se manifestaba en las máximas y consejos de aquellos autores. El matrimonio era una opción prohibida para los verdaderos elegidos y, si se toleraba para aquellos que no pudieran contenerse, era con la condición de no procrear, a fin de que no se multiplicaran las esclavitudes del alma en el cuerpo. Podría elaborarse un amplio florilegio de frases y sentencias donde la hostilidad hacia la materia, el alejamiento de la mujer, la malicia de la procreación

Antropologías espiritualistas:
la dificultad de un equilibrio

Esta corriente negativa seguirá teniendo otras múltiples traducciones históricas. Los gnósticos de los primeros tiempos y las tendencias maniqueas y estoicas en el ambiente grecorromano tendrán su prolongación en otras ideologías posteriores, que comparten, en este terreno, la misma mentalidad de fondo: una desconfianza, lejanía y miedo frente a todo lo relacionado con el cuerpo, el placer, la sexualidad, el matrimonio, aunque las razones que han conducido hasta este desprecio hayan sido muy diferentes. Bajo el influjo de estas ideas, el alejamiento de estas realidades aparecía como un ideal filosófico y cristiano.

A partir de tales presupuestos, la imagen de una antropología demasiado espiritualista - sin darle a este adjetivo ningún contenido religioso - ha estado presente en todos los tiempos. La ética que se deducía era coherente con semejante proyecto. Una buena educación debía estar orientada a que todos estos elementos negativos se mantuvieran alejados lo más posible de la vida humana.

La Iglesia, es cierto, no cayó en estas doctrinas radicales y condenadas, que surgieron en ambientes ajenos a ella. Su magisterio recoge también todas las herejías y exageraciones relativas al sexo, al cuerpo o al matrimonio, aunque estuvieran muy extendidas y se justificaran con argumentos espirituales. Las razones para esta condena han sido muy varias, pues existen demostraciones de tood tipo. Pero resulta confortante y consolador encontrarse con una, en concreto, que utiliza con mucha frecuencia y constituye un rotundo mentís a cualquier pesimismo exagerado: Dios es el autor de la sexualidad y del matrimonio, y nunca podrá ser perverso lo que brotado de sus manos y ofreció como un regalo a los hombres en aquella primera aurora de la creación. La idea aparece ya en los primeros Padres y se repite de nuevo siempre que sobre estos temas recae una acusación extremista y radicalizada. A un nivel ideológico, la actitud eclesial frente a toas las corrientes negativas y rigoristas ha sido clara y explícita.

Con esto, sin embargo, no lo hemos dicho todo. El equilibrio pretendido no se ha conservado siempre en el centro, si tenemos en cuenta las consecuencias prácticas que muchas veces se han derivado de su doctrina. Hoy está de moda echar en cara a la Iglesia su oscurantismo y hacerla responsable de todos los conflictos, neurosis y represiones en ese terreno. Sería absurdo negar su influencia negativa, pero no convendría olvidar tampoco que la explicación última se haya en otros factores ajenos a ella.

El rigorismo de las ideologías paganas en torno al placer sexual era bien significativo, como hemos dicho. Y habría resultado incompresible y hasta escandaloso que el cristianismo predicara una moral más laxa y amplia que la de los filósofos paganos. Las citas y ejemplos de los autores clásicos se utilizan con frecuencia cuando se abordan los temas sexuales. De esta manera, el paganismo se convierte en una fuente de autoridad para fundamentar las exigencias cristianas. El intento de evitar los peligros del sexo le ha hecho fomentar, en la práctica, una actitud de sospecha a veces excesiva. La historia ofrece abundantes testimonios de esta orientación.

A pesar de que el matrimonio se ha considerado siempre como un sacramento de gracia, no ha constituido nunca un verdadero camino de santidad. El seguimiento verdadero de Cristo solo era posible en la opción virginal, que se consideraba como un estado superior y más perfecto. Quedaba reservado a los que, por una u otra causa, no podían aspirar a una perfección tan sublime. La división clásica de la moral sexual, mantenida hasta nuestros días, resultaba ya expresiva al contraponer la castidad perfecta de los solteros con la castidad imperfecta propia de las personas casadas, como si la cima de esta virtud estuviera reservada exclusivamente para aquéllos.

Durante mucho tiempo, la entrega sexual exigía un motivo justificador, pues la simple expresión de amor no parecía suficiente para evitar el pecado de la incontinencia. La procreación y el débito conyugal eran las únicas razones para permitir el uso del matrimonio, como solía decirse. Todas las demás expresiones que no estuvieran orientadas hacia esa meta no estaban exentas por completo de pecado. Cuando la Iglesia permitía el matrimonio a los viejos y estériles, era, según algunos autores, para que vivieran castamente o para evitar el adulterio del cónyuge. Las prácticas cristianas, que aconsejaban una abstinencia sexual los días de comunión o en determinadas épocas litúrgicas y festividades, aparecían en los libros de espiritualidad, y aún quedan restos de estas ideologías en ciertos ambientes.

(...)

Lo curioso es que ha conseguido lo contrario de lo que se pretendía. El lugar de olvidarle, se ha convertido en el centro del interés y la preocupación cristiana. Mientras que nos manteníamos insensibilizados a otros problemas éticos más urgentes e importantes, el esfuerzo religioso recaía de ordinario sobre este tema, que se vivía con una dosis de mayor ansiedad, inquietud y culpabilidad.

Si aplicamos estos a la pedagogía practicada en muchos ambientes, comprenderemos cómo hemos fomentado, sin querer y con buena voluntad, situaciones malsanas desde un punto de vista psicológico. El deseo se rechaza por las presiones de una rígida educación, pero, al mismo tiempo, es alimentado en su dinámica interna por esas barreras psíquicas de las medias palabras y del misterio, que lo impulsan al descubrimiento de lo imaginado.

A veces se ha conseguido una reacción contraria, pero todavía más absurda y desastrosa: la de poner entre paréntesis la sexualidad, marginarla de la vida, como si se tratase de un dato del que es posible prescindir. El ideal cristiano se ponía en la búsqueda de un cierto angelismo que eliminara todo lo relativo al mundo del sexo, incluidas las más mínimas reacciones o mecanismo instintivos. La castidad ha sido siempre designada como la virtud angélica por excelencia. Esta denominación puede entenderse de manera aceptable: la anarquía instintiva de la libido debe evolucionar hacia un estado de integración y de armonía. Pero la expresión no deja de ser peligrosa, porque, de hecho y en la práctica, muchos la han traducido como un intento por suprimir la sexualidad en cualquiera de sus manifestaciones. Ya decía Pascal, a pesar de su rigorismo, que el que pretende vivir como un ángel termina convirtiéndose en una bestia.

Un ideal de pureza que no tuviese presente esta dimensión caería en un irrealismo catastrófico, pues el ser sexuado es una exigencia fundamental de la persona e implica un mundo de fuerzas, pulsiones, deseos, tendencias y afectos qu se habrán de integrar a través de un proceso evolutivo del que nunca se puede prescindir. La castidad no es sinónimo de continencia. Ésta puede darse también en sujetos inmaduros, sin problemas aparentes en este campo, pero cuya tranquilidad es periférica por haberse obtenido con fuerte represión. Las consecuencias no tardan en manifestarse por otros caminos que, aunque parezcan no tener relación con la sexualidad, se disfrazan con otras máscaras para no crear conflictos a la conciencia. La psicología ha sabido denunciar el auténtico significado de algunas actitudes y comportamientos muy castos que estaban provocados por otros mecanismos inconscientes.

Como el constatar la realidad instintiva del seco, con todo lo que ella supone, rompería nuestra imagen ideal y narcisista, lo mejor es evitar esos desengaños mediante la represión de los deseos, tendencias, impulsos, curiosidades naturales. El individuo así se cree casto, pues no experimenta ninguna tentación, pero sólo habrá conseguido, durante el tiempo que pueda mantenerla, una pura continencia biológica. La castidad no trata de eliminar la pasión ni el impulso, sino que busca vivirlo de una manera adulta, madura e integrada. Es la virtud que humaniza el mismo deseo para canalizarlo armónicamente. Y mientras no partamos de la realidad que todos llevamos, como seres sexuados, no existe ninguna posibilidad de progreso y maduración.

Antropologías permisivas:
el nacimiento de nuevos mitos

De lo que no cabe duda es de que el peligro del mundo actual no es fomentar estas antropologías rigoristas o desencarnadas. La sexualidad, por esa expectación que suscita en su misterio, junto con el miedo que la acompaña; aparece siempre también como algo atractivo y tentador. Hay que acercarse a ella para lograr una plena reconciliación que evite la sospecha y el desprecio de las posturas anteriores. De una o de otra manera, se ha buscado sacralizar su existencia para vivirla sin miedo, como una realidad benéfica o positiva. Es la función que han tenido los mitos de todos los tiempos. Si el tabú asusta y aleja, el mito hace del sexo una realidad sagrada con la que es necesario llegar a encontrarse y vivir en perfecta armonía.

El mito relata siempre una historia sagrada que tuvo lugar en la aurora de los tiempos. Algo que los dioses realizaron como un acontecimiento primordial. Es un mundo de arquetipo, cuyas imitaciones quedan reflejadas en la naturaleza y en la sociedad humana. Así, la sexualidad encuentra también un modelo en el mundo de los dioses, donde la fecundidad, el amor y el matrimonio son funciones sagradas. La encarnación de estas realidades se manifiesta no solo en los fenómenos de la naturaleza, como la siembra, sino en los gestos humanos y acciones rituales que imitan los comportamientos divinos. El ser humano se asocia a lo sagrado con esta imitación, y el hecho profano se consagra de esta manera. De ahí el sentido religioso que se descubre incluso en las orgías y en la prostitución sagrada.

Las variaciones históricas de estas ideologías han sido también muy variadas, pero con un mismo denominador común: defender el derecho a seguir las apetencias biológicas y naturales, a las que no se puede renunciar sin caer en la represión; la exaltación de gozo sexual como fuente de bienestar y alegría; la denuncia y el aniquilamiento de todo obstáculo que impida la búsqueda de cualquier satisfacción; la libertad sin cortapisas en la utilización del propio cuerpo... Frente al miedo y al oscurantismo de otras épocas, hay que recuperar la reconciliación con el sexo y el placer, que humanizan la existencia humana. De una forma generalizada, podríamos encontrar esta mentalidad bajo dos antropologías algo diferentes.

Las afirmaciones de los que se consideran en la cabeza de este movimiento progresista son de una claridad impresionante:hay que liberarse de cualquier sentimiento de culpa y dar cauce a los propios sentimientos sexuales sin necesidad de avergonzarse. La sociedad debería incluso ofrecer las estructuras indispensables que favorezcan este tipo de comunicación, de acuerdo con los gustos y apetencias de cada persona, sin que ninguna conducta llegue a condenarse como inaceptable. Solo ha de considerarse libre aquella sociedad en la que se acepte sin limitación alguna cualquier tipo de comportamiento.

W, Reich ha sido para muchos el símbolo de esta nueva revolución. Según él, la regulación del instinto por la moral es algo patológico y dañino para la salud. Su primera exigencia psicológica es el rechazo de toda norma o regla absoluta. El conflicto no se da en el fondo del psiquismo humano, como pretendía Freud, sino entre el mundo exterior y la satisfacción de sus necesidades. La persona normal es la que no encuentra ningún obstáculo y puede dar salida tranquilamente a estas exigencias orgiásticas, mientras que el neurótico se siente reprimida por la familia y por la sociedad. Lo único importante es liberarlo de su esclavitud y orientarlo hacia una actividad sexual completa. Negarle a cualquier individuo el derecho a esta satisfacción es un grave atentado contra su libertad.

Al recorrer las páginas de este autor, comprueba uno las consecuencias radicales de semejante postura. No hay que mantener la abstinencia de ningún tipo, pues, además de ser peligrosa y perjudicial para la salud, ella misma constituye un síntoma patológico. Recomendarla a los jóvenes equivale a preparar el terreno a una neurosis que aparecerá con posterioridad. Nadie puede reprobar el adulterio, la poligamia o la infidelidad en el amor, pues, como él mismo dice, sería tan aburrido e insoportable como alimentarse todos los días con lo mismo. El que nunca haya mantenido una relación adúltera ni se haya permitido otras licencias, es que vive aún amenazado por un sentimiento absurdo de culpabilidad. El amor se convierte en un féretro cuando sobre él se quiere fundar una familia.

Las antropologías naturalistas 

Una mentalidad parecida está presente en esta nueva orientación. Su punto de partida ahora es el estudio del ser humano como un simple mamífero. No se acepta nada que esté fuera o por encima de la experiencia. El interés se centra en el análisis de los componentes biológicos, los únicos que se pueden examinar con criterios científicos sin necesidad de recurrir a otras interpretaciones que escapan a este único tipo de experiencia. La sexualidad humana y la de los animales están reguladas por los mismos mecanismos automáticos, marginando los componentes afectivos y racionales que se dan en nuestra psicología.

Todo tiene una explicación en los constitutivos genéticos y biológicos del individuo, ya que no existe ninguna diferencia significativa en el comportamiento sexual de los diversos mamíferos. Cualquier valoración ética no tiene cabida en este planteamiento, pues constituiría una violación de la ciencia experimental. Así, con una pseudojustificación científica y sanitaria, se presenta una imagen de la sexualidad despojada de contenido humano para reducirse a al descripción objetiva de los fenómenos biológicos. Con personas que se ofrecen a este tipo de experiencias, incluso pagadas a sueldo, se analizan los estímulos más adecuados, el tiempo de reacción orgánica, la presión sanguínea, el número de pulsaciones en cada fase de la respuesta sexual, las condiciones que la favorecen o dificultan, las diferencias en los mecanismos del hombre y de la mujer... La observación directa, la encuesta y la filmación son los métodos elegidos para medir con exactitud la base fisiológica de la conducta sexual, como condición primera e indispensable para el conocimiento de su naturaleza.

Nada hay que oponer a la información sobre estos aspectos, que resulta también necesaria y conveniente, sino a la primacía que se les otorga como si fueran lo más importantes, y al olvido de otras dimensiones a las que no se da mayor relieve, a pesar de que forman parte de la estructura y la psicología humanas. Por otra parte, se repite con énfasis que se trata de presentar una descripción neutra de la sexualidad para que cada cual tome después sus propias decisiones en este terreno, sin el deseo de influir en las convicciones personales; pero ellos mismos se encargan, a partir de la antropología presentada, de sacar sus propias conclusiones valorativas.

Cuando las exigencias fisiológicas exigen ser satisfechas, como si se tratara de verdaderas necesidades a las que no se debe renunciar, es lógico que los esfuerzos de una autodisciplina no sirvan más que para dañar permanentemente la personalidad de un individuo; o que se subraye, por citar solo un ejemplo, el carácter tonificante y enriquecedor de las relaciones extramatrimoniales para superar el aburrimiento de una fidelidad monógama. Y es que, si el ser humano es un simple mamífero, no hay por qué regular sus demandas biológicas y naturales.

Los peligros de toda antropología dualista

En el fondo de todas estas antropologías apuntadas, existe un mismo punto de partida: la absoluta separación entre el psiquismo y la corporalidad, entre el espíritu y la materia, entre lo racional y lo biológico. La única diferencia consiste en la valoración que se otorga a cada uno de esos elementos. Lo que para unos tiene la primacía, no cuenta apenas para los otros. En cualquiera de ellas se constata un claro y perfecto dualismo. Es unas ocasiones se despreciaba todo lo corpóreo y sexual como indigno del ser humano, para fomentar un espiritualismo descarnado; y en otras, se cae en una visión puramente biológica y materialista, con olvido de la dimensión espiritual, como si el ser humano fuese un simple mono desnudo (...).

Es decir, para expresarnos de una manera simbólica, de un espíritu sin sexo hemos pasado a un sexo sin espíritu. La opción entre angelismo y zoología aparece como la única alternativa posible.



Eduardo López Azítarte en Simbolismo de la Sexualidad Humana

Coplas por la muerte de su padre (extractos)




  Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
  contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
  tan callando;
  cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
  da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquier tiempo pasado
  fue mejor.
          

  (...)
                  
  Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
  que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a su acabar
  y consumir;
  allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
  y más chicos,
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
  y los ricos.

Jorge Manríquez



        

Las cosas

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.

Jorge Luis Borges, en el Aleph. 

Cuento: La Casa de Asterión

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz  de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que ho hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, cro, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madra; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.


El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprndiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distacciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suel, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensantgriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redeentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
 El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
    -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Jorge Luis Borges, en El Alpeh

¿Por qué los pobres tienen tantos hijos?

¿Por qué los pobres tienen hijos? Y además tantos hijos.
Los pobres tenemos muchos hijos, porque es lo único que podemos tener. Y luego por que cada uno se convierte en una razón para levantarse al día siguiente, y andamos escasos de razones.

Mayra Arena, en charla TED.

¿En qué ayudo?

- ¿En qué ayudo? Pregunta quién quiere ayudar porque no es el responsable.
- ¿Qué hago? Pregunta el que se sabe responsable.

Daniel Harper

Palabras

"Las palabras son seres vivos"
Hannibal en serie de televisión "Hannibal"

El Mar

Antes que el sueño, o el terror, tejiera
mitologías y cosmogonías,
antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.
¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
y antiguo ser que roe los pilares
de la tierra y es uno y muchos mares
y abismo y resplandor y azar y viento?

Quien lo mira lo ve por vez primera,
siempre. Con el asombro que las cosas
elementales dejan, las hermosas
tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
ulterior que sucede a la agonía.

Jorge Luis Borges en El otro, el mismo.